Es necesario comprender que la vida como proceso gradual de crecimiento conlleva enfermedad y muerte. La ausencia total de enfermedades no es compatible con los ritmos vitales. Asumir la muerte como el misterio de la vida, como un paso a renacer. El proceso cíclico, salud, enfermedad, muerte, va inherente al proceso de vivir.
Hemos vivido épocas históricas en las que descubrimos "epidemias" que deterioran nuestro mundo. Epidemia del cólera, del sida, de los virus sin nombres. Hoy nos encontramos con epidemias que amenazan nuestro amor por la vida, que deterioran nuestra vitalidad.
- Epidemia del desencanto: desproporción entre las expectativas que tenemos y la realidad que vivimos. Era la enfermedad de la pareja de Emaús: "Nosotros esperábamos...." Lc. 24,21
- Epidemia de la depresión: un descenso de nuestra tonalidad vital, una tristeza, una falta de energía para vivir.
- Epidemia de las desvaloración: Nada vale, ausencia de autoestima.
- Epidemia de la prisa: una aceleración que deteriora nuestra relación y la vuelve carrera incomprensiva de ocupaciones tensas.
- Epidemia de la eficacia: Típica de la sociedad de mercado imperante hoy en nuestro mundo neoliberal. Transformamos todo en una relación funcional y autoritaria. Sin embargo, las personas más que función, somos vínculos.
Podemos seguir descubriendo nuestras enfermedades, nuestras epidemias, en las realidades que vivimos, en nuestros entornos vitales.
¿Qué medicinas ofrecemos a nuestras enfermedades epidemias?