Madre,
quizás hoy el corazón se torne puño dolosoro
y hasta me duela la vida
que originaste,
quizás
las campanas de los ojos
toquen una sorda llamada al origen.
Hoy
todo parece inútil,
la cresta de la vida es luto preparado.
Las manos, fermentos agonizantes
donde se acumula
el saludo de la muerte.
Nos han rifado madre,
como si fuéramos tristes premios,
cenizas,
pertenencias de una tómbolas;
balcones donde se asoman
las impertinencias del poder,
las bocas acucharadas de quienes rompen
el origen
y el aliento de la vida.
Ya ves,
no preguntes por qué somos tristes.
La indiferencia,
el poder y el papel de transacción
se hacen cemento y en otras entrañas
se originan cantaros de dolor.
Estos manatiales
de los cuales somos mendigos
se han encontrado con el azufre de la muerte.
No tenemos nada
solo una losa de estrellas.
El propio hierro que asumió la legumbre
se hizo cómplice obligado
y edifico carrozas aéreas.
Ya ves,
¿de qué podemos alegrarnos?
¿de qué nos asombramos?
mas
que
dos
mas
dos
con un final tenebroso
o para engordar con la lepra de papel
que nos despampana y confunde.
Existe un aire guardado
en unas palomas frías,
traen corpúsculos, cargas eléctricas nulas,
todo y nada.
Así nos dejaran.
Como campos yermos y agonizantes.
Como fuentes de estertor
Olvidados del gesto y de la vida
para que alguien juzgue,
calcule en una suma
la dimensión de la osadía.
SURCOS
Veo a mi madre en una tarde de verano
sentada en su cama y siento el tiempo acumulado
haciendo pliegues en nuestra piel.
Ella lee en sus manos el tiempo que fue,
y yo no soy capaz de leer el tiempo que viene.
Ella le pide a sus ojos un esfuerzo de entendimiento
que pase por su memoria y explique la lectura,
O que vaya mas allá.
Yo me asusto de mis manos y mis ojos
saltan alocados por saber donde estoy y adonde voy
O adonde iré.
Y la memoria no me dice nada de antes,
ni de ahora
ni de después,
nada, nada quedó.
Arrugas van quedando sobre mi vida.
Pliegues profundos de sueños condenados
a unos aires desorientados que se posan en mis manos
como palomas llenas de sombras y aleteos confusos.
Jesus Hermida Gonzalez Pontevedra. Galicia. España
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