Le doy las gracias a la muerte, bajas,
tímidas y calladas gracias le doy.
Se las doy por este cada día alargado,
sabe ella que no vivo la vida,
sino su gesto que me perdona momentos.
Le doy las gracias a sus tinieblas,
esas cortinas de tiempo espeso y mensurado
que en tertulia de búsqueda me resumen.
Saben ellas que no vivo la luz,
sino sus sombras descubriendo mi camino.
Le doy las gracias al barro construido,
ese barro ya consumido antes de hacerse.
Ese barro marcado con firma de vencimiento.
Esencia de pesada ligereza que transporto.
Nombre que se nutre en llamas y en llamadas,
avisos rendidos en la cuenta de un constructor.
A VECES INVENTO DIAS
A veces invento días, días cortos
o largos días pero siempre nuevos días,
o eso es lo que creo.
Algunos son rotundos y, otros son oscuros,
o vienen de una falsa luz, o vienen de un silencio negro,
o eso es lo que siento.
Creo que a veces sobrepaso la fantasía
y me encuentro con lo que no es,
o eso es lo que en mi golpea.
Los guardo como vientos en calendarios
de usurero intranquilo en su confianza.
Con mirada extraviada los repaso
y así la duda de lo que pudo ser sospecho.
Otras veces aparecen en forma de espiral,
como un agua marchando sin sentido,
y una humedad de metal destemplado
se queda alrededor de las horas
como un residuo de sombras y fracasos.
También las horas son lanzas de agua acostumbrada.
Disparos acostumbrados de un sonido fatigado
que se pega en mi piel arrugando las arrugas,
sentenciando las horas dadas en resultados nefastos.
Son actos de labor que a veces con ahínco
y con manos de memoria descastada revuelvo,
pétalos de luz desgranados, diseminados
por un capitán esencial que mana de ordenes dispersas.
Son légamo, esencia fatal, cieno, lodo donde
los días entran como vertientes suicidas,
como paramos construidos sobre los minerales de otros días.
Estatuas diurnas o momias nocturnas coronadas en un mal sueño.
Se amontonan en el olvido como papeles de un administrativo desorientado.
Olvidados están en el recuerdo de lo apremiante.
De vez en cuando los ordeno, municiosamente,
pero ya no los conozco o no se parecen o en realidad no quiero verlos.
Y así me olvido lo que fui y siento la pérdida en el contraste
de los días que quiero sumar para la experiencia.
A veces construyo días, a veces, si, a veces.
En otras ocasiones ya vienen hechos y,
son tan extraños, pesan tanto, tanto, tanto.
Guardan entre sus telas
campanas estiradas como cuchillos
o campanadas que muerden el aire de lo vivido.
Jesus Hermida Gonzalez Pontevedra. Galicia. España
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