Es curioso, pero mi barba mide los días.
Interpreta con urgencia los pasos y los tránsitos.
Asume la circunstancia pródiga de unos campos.
Nace como expulsada de un tiempo inconcluso,
como un residuo de recolectas, de diezmos vividos.
A veces se adjudica la quietud de la sombra,
o la ausencia de una claridad que se insiste.
Tiene en realidad sus raíces en las barberías del tiempo
y con gesto extraño allí nace y se desorienta.
Son testigos a talar, a deshacer en su intención.
Testigos ajenos de un juicio repetido.
Pasos y medidas olvidadas en una arquitectura.
Movimiento sísmico de la sonrisa.
A mis barbas, testigos de palabras y besos ausentes.
De penas y sonrisas, de coquetas intenciones,
le pido lo cierto del fin y el continuo nacer.
Le pido me explique las consecuencias de la vida y el fin.
Que me explique que se siente al ser talado de golpe.
HOY
Hoy, como gustar, no me gusto nada.
Parece como si el alma se repartiera
entre dos orillas de un rio revuelto.
Que ya no se conocen a mitad de camino
después de haber nacido juntos, agua y orilla.
Me resulta difícil decirme, nombrarme a mí mismo
en medio de este caos de nubes y soles a rachas.
Esas nubes que avecinan engorde para el rio
y negros presagios para tierra firme.
En mis orillas nacen frutales desesperados
para una hambruna que me fustiga cada día,
y tapan mis ojos espuelas de tiempo y fecha
y no veo mas que orilla sobre orilla y orilla punzante.
Parezco una metáfora amarga que se retrasa
en su explicación, y así, con voluntad tullida,
voy torpe y confuso de opinión en opinión
como un tertuliano desorientado y aglomerado en silencios.
Casi no noto en mi lo verdadero de lo falso
y la viceversa que se versa en su propio contenido.
Están los diccionarios almacenados, apilados, como pasajeros
acribillados a preguntas a la puerta de mi cueva.
Asomo los ojos a los cristales de mi escuela
y encuentro a un niño que me mira confundido,
y veo paisajes que eran mas sueños que la realidad
que me achata las evidencias de este calendario crecido.
Existen días en que me exteriorizo con abandono
y con malentendidos que no son sino humos
de presagios que azotan el pupitre de mi memoria.
Y así, constantemente y con insistencia suicida
circulan mis instintos por los cementerios de la esperanza.
Me harto a remendar los bolsillos rotos de mi alma,
zurcido sobre zurcido y mis dedos en su fuerza
crean callos de dolor que impiden restaurarse.
Espero que mañana me aprecie un poco más.
Que los contrastes de mi cueva tengan argumentos
que absorban este vagar continuo y desorientado,
este perder mis monedas de cambio para el destino.
Jesus Hermida Gonzalez Pontevedra. Galicia. España
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