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Tengo la carta debajo de donde escribo.
Están las palabras afincadas en la ira.
Destila su sintaxis una cadencia de despedida.
Esta hecha de silencios ruidosos.
Son sus palabras vidrios rotos, cristales
que en otro tiempo reflejaban otros verbos,
accedían a paisajes de ternura sin horizontes.
Están allí, perezosas, harapientas
sobre un lujo de explicaciones, verborrea,
hornos de cólera, despedidas en látigos de recuerdo amargo.
Se dobló la vida en mitad de un recorrido
y las distancias parecen ahora mojones de dolor.
Va su contenido acrecentándose hacia el final,
levantando presagios y lutos reunidos.
Se instalan sus verbos en el muelle de mi memoria
y yo balbuceo palabras como si quisiera
expulsar lo que no quiero entender.
Ya todo es roto y lo roto deshecho en conciencia.
Me parece todo tan bajo que la tristeza
vuela dueña del aire. Siento su aleteo como un
mosquito lanzarse en busca del dulce de la sangre.
Son hoy mis labios volcanes apagados, negros.
Ya no sé ni como son ni donde me han caído.
Siento un viento helado entrado en mi ser.
La vida pudo mas que la razón.
Hoy he muerto desde la cabeza al corazón.
II
Mañana, no sé, quizás sea errante.
Atormentado por una nostalgia.
Como llevando un velero sin mástiles.
Estaré repartido, escéptico, vacío de memorias.
Me levantaré murmurando, desorientado,
enfadado y confuso, sombrío, aterido
por no dormir en la piel de siempre..
Después... no sé, tendré las manos como escarcha
de no poder acariciar la piel y la dulzura.
Se me caerá el alma salpicando tinieblas.
III
Así fui el heredero lúgubre de la
sangre que cuelga de mis actos.
Yo, que fui perseguidor de los silencios
con el fin de que este interior
de partitura de completara, me encontré
con el golpe escondido en la búsqueda.
Ahora y en las noches,
paso a paso, fuente a fuente,
me hago compañero del insomnio de los relojes,
siento la actitud quebradiza del apartado.
Vivo la sed que pregona la fuente saqueada.
La de aquellos desiertos que caen como trozos polvorientos
justo después de lo que se destruye.
Mi vacío no descansa ni por un momento
y siento un final de gestos heridos, melancolías.
Cuchillos dispuestos sosteniéndose en su caída:
a punto del soplo que justifique su destino fatal.
IV
Una turbia lanza vive en mí
con un gesto de acostumbrado ímpetu.
Un acero de descarado final
confundió el latido de mis armaduras:
sumergiéndose de golpe y certero.
Y en la lejanía de los horizontes,
donde la forma no es mas
que un estallido de dudas,
habitan negras auroras.
V
¿Y los pasos transitados en una tierra fértil?
tenaces, residuos petrificados de intenciones.
Los cubrió un agua negra de negra sustancia,
de una sola marejada, sola y fría y helada marejada.
VI
A roto y rotura me suenan las palabras,
como objetos cayéndose de un empujón,
llevando en su caída el sabor,
lo mas profundo de su palpable propósito.
Abriré el libro de mis instintos.
Buscaré la página donde se comienza todo.
Y otro sol distinto repetidamente
iluminara la labor de mis campiñas.
Le dará nuevo gesto al trigo
que incesantemente crece y dobla.
LOS REFLEJOS DE UN FIN
En un estanque,
donde prisioneros están
los silencios marinos,
el reflejo amargo
de tus ojos vi.
Allí también caían
transparentes hilos de lluvia
como puntadas
de un sastre presuroso.
Cruces, testigos caminos
de fuego y agua
encontrándose cuajados
en el frío, en la facturación inmediata
de lo que se rompe.
Sentí el golpe tenebroso
de lo que se embarga,
la melancolía carnal,
el gemido solitario
de la cadena que se rompe
en silencio y a despedidas.
Nada decían tus labios
de cerrojo insistente.
En el túnel de tus dientes
el silencio rechinaba como gravilla de cera.
Nada había que ya no estuviera
destrozado y los ojos, aquellos ojos
de vidriera sobrecogida
residían ya en opacos destellos.
Así lo adjudique a mi memoria
y sentí la cuenta urgente,
el resultado de la suma soledad.
Hasta mi casa
me fueron pisando los talones
altas olas y anchos mares,
sentí lluvias repiquetear su
música sobre la piel tamboril de mi dolor.
Sentí una invasión de palomas negras
derretirse en mis arterias,
un acontecimiento funerario,
un traje de luto feroz
vistió mis entrañas con insistencia suicida.
Jesus Hermida Gonzalez Pontevedra. Galicia. España
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