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Fui poco a poco por las calles
y más bien mirando a los pies
cuando caminaba; a esa proporción
de reparto que tiene el andar.
Como si fueran puertas abriéndose
en un transito silencioso.
Sobre un mantel de piedras.
En un movimiento al infinito.
Me acompañaba la soledad
como una fiebre instalada sin tregua.
Era espada establecida
en mi espalda, insistente,
definitivamente haciéndose prenda
de mi sombra, socavando mi piel.
Sentí dolores lentos, calcinados
por la imagen y el recuerdo.
Sentí tu figura sobre mis ojos
como dos brasas, como una tempestad
física que se destroza asimismo.
Subí las escaleras de mi casa poco a poco,
como si una pesada carga gobernara mi ímpetu.
Como si un lastre de penas y sentires
acarreara arrastrando y penando.
Al llegar, el vacío estaba anegado de tu ausencia
y sentí los mordiscos dolientes de la soledad.
Quise dar vuelta detrás de ti pero me quedé
en medio de mi canto doliente y entreabierto:
no podría alcanzarte.
Sentí de nuevo la fuerza de tu presencia
y mis ojos te enviaron un saludo.
En mi alcoba te imaginé sentada en la cama
y las ruedas de mi cariño estallaron en tristes giros.
Y en mi mesa encontré estas palabras
que venían dispuestas desde un dolor.
Palabras construidas paso a paso, golpe a golpe
por las calles que transité escuchándome.
TU Y UN SUEÑO
Abrí un antiguo libro
y encontré entre sus páginas
algunos cabellos tuyos.
Los sostuve largos momentos
entre los arrabales de mis dedos.
Eran evidencias vivas que volvían
a latir en los pozos de mi memoria.
Recuerdos de un tiempo en tu cuerpo
que encontraba sin tu presencia.
Cerré los ojos con la urgencia del deseo.
Reprimí las llamadas de mis sentidos.
Aquel fuego nuestro que reavivaba
los rescoldos de llamas apagadas.
Hogueras que tu mantenías
con el cristal opaco de tu cuerpo.
Chispas latentes se desprendían de tus manos,
vaivenes infernales de tu boca sedienta.
Soñé.
Fui con urgencia colonizador
y bajé las montañas de tus pechos.
Fui caminante obstinado en la insistencia
tranquila por llegar al destino.
Me dejé caer sobre el océano
blanco de tu vientre,
jugando entre olas y mares
de tu continente.
Sintiendo en el terremoto de tu cuerpo
el consentimiento de mi andadura.
Llegue a la capital del deseo,
a la libertad más cercada:
a las profundidades sísmicas
que guardan el secreto de la entrega.
Allí apague mi sed acumulada
que tu consentiste en un gemido.
Me abrazaban cadenas consentidas:
largas columnas de hierro maternal.
Tu gesto íntimo, tu sumisión desnuda.
Se volvieron mis manos despensas de calor
y devolví al tiempo pasado las cenizas.
Cerré el libro y gimió mi garganta.
Soy el pasajero del recuerdo triste
sentado con dolor en el furgón del olvido.
Pero me queda el sabor
y el salitre de tus poros,
el aire caliente de tu piel en llamas.
Te he vuelto a llamar desde los andamios de la melancolía.
Reconstruí tu cuerpo paso a paso.
Junté el tiempo olvidado de nuestra labranza.
Jesus Hermida Gonzalez Pontevedra. Galicia. España
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