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Desde un largo fondo de soledad podría llamarte.
O golpear tus puertas, que guardan las sombras de mi espera:
restos que aúllan llamadas nocturnas de ecos inciertos.
Esperas que reposan dolientes sobre el firmamento de mi dolor.
Podría llamarte desde una larga lucha, desde un combate ronco.
Desde el imposible brillo de mis espadas desangrándose.
Desde las filas de este ejercito que conoces y venciste.
Desde esta retirada donde me atosigan las lagrimas y el vencimiento.
Podría dejar mi nombre, de latidos y esperanzas de ceniza hechos,
sobre la calcinada tierra del tiempo en que luchamos.
Buscar las palabras que sustituyeran la presencia inquieta del acero,
que mordió el aire que nos unía y rompió las cuerdas que nos rodeaban.
Desde un largo fondo de soledad podría llamarte.
Podría echar al viento los sonidos de mi alma
y dejar mi estructura vencida al pie de cualquier molino,
en espera de la molinera que aprovechara su elemento sombrío:
pan acumulado que ya se hace duro como metales tercos.
Mi alma al viento de un Apocalipsis podría echar.
Me agobia la sustancia de tu nombre.
Los mástiles de mi barco son cruces que combatiste.
No hay trajín en la cubierta de mi corazón,
están vacías las sentinas de la esperanza
y todo es altas olas y embravecido naufragio.
No encuentro donde cobijar mi ejercito vencido.
Perdí la cueva y perdí la sombra y la luz
De nuevo siento vientos helados y horizontes vacíos
azotar el puerto de mis derrotas.
SOLEDAD NOCTURNA
Te escribo desde casi tan cerca.
Lo hago desde casi tan lejos,
que las palabras se parten
como cristales de manejo violento.
Te escribo desde casi tan adentro.
Lo hago desde casi tan afuera,
que en vez de escribir, quisiera
sangrar las palabras a borbotones.
Hoy me cruce con tu sombra en los pasillos.
Hoy sentí en mi casa un trasiego de calor
que hizo frío donde todo era frío.
Cene tu ausencia en una mesa intacta.
Fui conversador solitario y comí los restos
de mi soledad mojados con agua de mis ojos.
Pasé la noche conversando con el aire.
Volviéndome el cuerdo más loco.
Lanzando palabras que el rebote en las paredes
devolvía a mis oídos como silabas apatridas,
como largas heridas confusas,
como banderas de dolor y profundas y como.
Pase la noche ante un papel en blanco
y escribí mis palabras hacia dentro,
tragué mis versos llenos de espinas.
Se rompieron mis dedos en señal de luto.
Jesus Hermida Gonzalez Pontevedra. Galicia. España
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