29. - MUERTE Y SEPULTURA EN EL CAMINO DE SANTIAGO
Capilla funeraria de Torres del Río. La Rioja |
No
todos los peregrinos que salían de sus casas en
dirección a Compostela volvían a ellas. Muchos morían
en el camino a causa de las enfermedades contraídas. El
tránsito de la enfermedad, muerte y sepultura estaba
contemplado en la piedad de quienes los atendían,
procurando dignidad en ese último recorrido hacia el
otro mundo. Las medidas que se habían de tomar en esos
casos estaban redactadas en los estatutos de los
hospitales y de las cofradías que los atendían.
Procuraban quienes lo hacían que confesasen, compañía
en la hora de la muerte y digna sepultura con ceremonial
solemne. En el Hospital de San Juan de Oviedo, en 1586, las ordenanzas obligaban a procurar confesor y administración de Sacramentos a peregrinos y enfermos. En 1524 se ordena lo mismo en el Hospital Real de Santiago, si fuese necesario; dato que se repite después en las ordenanzas de 1804. Las de 1700, del mismo hospital, precisan que cuando un peregrino enfermo apuntase mortandad, los capellanes deberían de ser avisados para ayudarle a "bien morir". Lo mismo se recoge en el citado hospital de Oviedo, donde el hospitalero acompañaba a los peregrinos enfermos en peligro de muerte para que " los sepan aconsejar y esforçar ". Hemos relatado ya en esta columna la especificidad de una persona encargada de acompañar profesionalmente al peregrino moribundo, y que recibía el nombre de "agonizante". |
Cuando el peregrino moría se procedía a su amortajamiento para ser sepultado convenientemente. Muchos de ellos especificaban en testamentos previos la forma y el lugar en el que deseaban ser enterrados. Tras el depósito del difunto en la capilla del hospital, si la había, se procedía a su traslado al cementerio con toda solemnidad. La procesión que se organizaba, llevaba en Santiago según la documentación, cruz alzada con dos cirios ardiendo delante. Después se decía una Misa de Réquiem en la capilla del cementerio o donde se enterrase. En el rito del traslado debería participar la cofradía que regentaba el hospital., como caridad pietista estipulada en sus estatutos. En Oviedo el ritual era todavía más solemne al intervenir el Cabildo de la catedral, que tras hacer repicar campanas se hacía cargo del cuerpo del difunto. También en la procesión había cruz alzada y candelabros. El cuerpo era trasladado a la catedral, donde se enterraba con responsos y oraciones. Como el óbito del peregrino podía suceder en cualquier lugar, habría que pensar que estas grandes atenciones y solemnidades sucedían en los locales eclesiásticos que disponían de la infraestructura funcional y pietista adecuada. Pero ofrezcamos nuestro recuerdo a aquellos que afrontaban la muerte en el Camino con la angustia de su soledad, con la sola presencia de Santiago en su cabecera, que no había de abandonar a sus devotos en trance tan decisivo.
Había en el Camino de Santiago muchas iglesias y cementerios. Sólo algunas estaban especialmente dedicadas a enterrar peregrinos. Es lo que se ha venido denominando "capillas funerarias", porque hacían tal función específica. En Roncesvalles la capilla del Santo Espirito realizaba tal cometido. Todavía hoy existe la capilla, al lado de la iglesia de Santiago del siglo XIII, pero reformada y destinada en estos momentos a cementerio de los habitantes de Roncesvalles. Hace la tradición a Carlomagno constructor de esta capilla para el entierro de sus 12 Pares. En León se enterraba a los peregrinos en la iglesia del Santo Sepulcro. En Oviedo, en la Catedral o en la capilla de Romeros, detrás de la Cámara Santa. En Eunate (Navarra), preciosa iglesia poligonal románica del siglo XIII, se hacía en el pórtico o claustro, que servía de cementerio. En Sarria (Lugo), en la capilla aneja al convento de los Agustinos. En Santiago debió ser el cementerio anejo al Hospital Real el lugar específico, solar que había sido cedido por el arzobispo Gelmírez el 20 de julio de 1128. El Códice Calixtino cita la iglesia de "Sanctae Trinitas" como lugar "que est peregrinorum sepultura", al lado del Hospital Real. Había también otros lugares de enterramiento de peregrinos en Compostela que omitimos, pero que no dejamos de señalar por cuanto la ciudad debió ser lugar importante de sepultura de muchos de ellos.
La crónica de esta columna de hoy cumple el principio que se proponía a su comienzo, el de ilustrar cómo los peregrinos enfermos y moribundos del Camino de Santiago, recibían las debidas atenciones espirituales y funcionales en el momento en que lo necesitaban, no siendo abandonados a su suerte, encontrando siempre refugio y consuelo en personas e instituciones bondadosas que los atendían en el tránsito hacia el más allá. Lo hacían con respeto y veneración, por su condición de moribundo y de peregrino a Santiago. Descansen en paz quienes no volvieron a sus casas.