editorial
SepTIembrE de 2005. El enterrador.
Cuando mi mente se transporta a aquel septiembre, creo ver al enterrador cavando con su aire enrarecido y el sombrero de copa sobre la esquina de la lápida. La figura es aún más patética que la dibujada por Poe, y por más que me esfuerzo no recuerdo haber visto sus ojos ninguna vez, siempre evitados por escorzos de su cuello, por los útiles con los que desempeñaba, meticuloso, su trabajo. Me dijo una santera, que conoce bastante bien estos menesteres, que cuando cava en la tumba su azadón, untado de aceite de oveja, recoge el aliento del muerto para que aquellos huesos no quiebren azotados por la bruma de la humedad que permea la tierra. Yo permanezco siempre a unos cincuenta metros, con las manos recogidas, tratando de dar un aire de respeto y veneración por su trabajo. Aquel hombre entierra muertos. Sólo una vez lo vi entretenerse. Pareció rebuscar algo, y, al cabo de varios minutos, emergió con una calaver en su mano. Alzó la otra mano teatralmente sobre su cabeza y pareció decir algo para luego volver a desaparecer en aquel abismo sin fin. La santera susurró algunas palabras y le pregunté si era algún conjuro especial. No, me dijo extrañada y con los ojos vueltos. Ese era Yorick. Cuando volví la vista, el enterrador había desaparecido, y la tumba estaba en perfecto estado, como si la hubiera parido la tierra. Recuerdo que la santera me conminó a rezar. Luego le di algo de dinero. Un cuervo pareció posarse levemente sobre un árbol próximo, y luego desapareció. La santera me miró con los ojos vueltos y me indicó que regresara a casa. Las luces eléctricas se apagaron y el leve amanecer aparecía allá al fondo. Dí un largo rodeo hasta llegar a casa. Lo demás es un secreto.
NO TE SALVES
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo. |
Mario Benedetti
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