editorial
JULIO de 2007. Máximas.
"Como llegó a pensar Baudelaire, la crítica de arte ha de ser poética, apasionada, parcial y política". "Porque la afirmación de Montaigne es ahora más cierta que nunca". ¿Qué mal es este que inunda los ensayos e infecta los artículos de opinión? Los articulistas y ensayistas no hacen más que rememorar el pasado: para cada situación, cada explicación ya está encerrada en un pensamiento, a su vez encerrado en una máxima que consta del peso, el estilo y la extensión necesarias. En un momento en que la historia ha pasado, quizás, de ser una mirada al pasado a ser una contemplación del presente, a causa de la sobreinformación y de la imposibilidad misma de acceder a toda ella a un tiempo -y no digamos ya procesarla-, esa mirada atrás también supone una huida hacia delante. La diversidad de corrientes y la misma historia demuestran que nos encontramos en una perpetua potencia de cambio de valores. Y no digamos de vanguardias. Podemos ver la deconstrucción, ya no tan de moda, como una vanguardia estructuralista.
Encuentro una rimbombante pedantería en aquellos que recurren a las máximas de los grandes pensadores como el churrero saca churros de la freidora. En no pocos casos, se hacen descubridores de la tierra nueva, sin detenerse a pensar en la gran interrogante de los descreídos del almirante Cristóbal Colón en su "descubrimiento". Y tampoco son pocos los que, no habiendo escuchado nada sobre los valerosos vikingos, se comparan en eminencia juntando sentencia tras sentencia. Cualquier día de estos leeremos un ensayo o artículo que, desde la primera a la última línea, sea un compendio de máximas, frases célebres y conclusiones extraídas de, por ejemplo, El arco y la lira . Tampoco es una dieta aconsejable la de aquel que procura elevar su estilo y dar muestras de su erudición incluyendo niveles de abstracción que exige un concienzudo repaso, cuando no ser un especialista, a tal o cual pensador. Los humanos tenemos recetas para todo: podemos, tan simple como esto, disimular. No se acomplejen: alumno de mucho, maestro de nada.
Me preocupa esa recurrencia, en verdad. Por ejemplo, llama la atención cuando el autor de moda se hace referente inexcusable. Los tiempos de Baudelaire han vuelto -he encontrado referencias a sus idearios en no menos de cinco artículos sobre crítica de arte-. En el ensayo moderno, es prácticamente imposible crear un texto sin hacer referencia a otros, y es lógico porque requiere pensamiento, y éste es un proceso que viene desde atrás. En tiempos de multidisciplinaridad, no hay razón para no hacer referencia a otros estudiosos de ciencias diversas. No voy a ser yo quien hable de las propiedades del ensayo contemporáneo, pero calidad, lo que se dice calidad, no les cuento las tesis doctorales que se leen en mi universidad porque no quiero echar piedras contra mi propio tejado
Esos malditos griegos se cuelan también por todas partes. Y qué decir de los humanistas. El mundo se ha dualizado y las minorías, también en política, son aplastadas por las concentraciones ideológicas de la izquierda y la derecha. En el mundo de la crítica artística, da igual que especialidad, podemos trazar una línea tan simple como la de la guerra fría: aquellos que ven l'art pour l'art , detractores del mercantilismo, y los que piensan en obtener beneficios. El mundo-peonza que gira en torno a estos dos polos y que, desde los griegos, no ha cesado (Platón y Aristóteles).
No me negarán ustedes, lectores, que no son conscientes, no digo que tengan que hacer un análisis deconstructivo(1), de que bajo ese barniz de conocimiento y sapiencia se esconde la vanidad de hacer ver que "uno sabe", que se es "una persona leída", que, en definitiva, se tiene "nivel cultural". Me preocupa, más que todo esto, lo que padece el ingenio. El ingenio hay que entrenarlo. Atrévase, cree -crear y creer-. Y qué si ya dijeron lo mismo, y mucho mejor. No diga que la crítica debe ser parcial y política, como dijo Baudelaire. Es difícil escapar de la cultura, sus tenazas son firmes y además, moldean el modelo de pensamiento. ¿Acaso cree que, como piensa alguno, no recurrir a esas construcciones, que se han convertido en el cotidiano diario, desvirtúa la cultura? ¿La empobrece? No se preocupe usted: por cada nuevo pensador que rehaga la máxima, cuente usted con un club de pedantes dispuesto a perpetuar la normativa del ensayo moderno. El pensamiento no tiene corsés. Montaigne sólo hay uno: reciclarlo es tan buena idea como enunciar la propia idea. Nos convertimos, sin quererlo, en altavoces de los genios, los grandes pensadores y los que llegan raspando a notables. Puede que sea ésa la verdadera herencia.
No hay muchos como yo, enciclopedia en mano para, a cada descubrimiento del ingenio y cada renovación estilística, buscar su predecesor -esto es ironía-. Recuerdo, a propósito de los descubrimientos, a un catedrático de Literatura Española Contemporánea que se jactaba en sus -maravillosas- clases de que no había concurso literario en el que, como jurado, no encontrara semejanzas, semiplagios, copias de estilo de tal o cual autor; ese a Conrad y Durrell; aquel otro a Cortázar, Carpentier y el realismo mágico, y ese tercero, a Philip Roth y Kerouac. Los hay, ven ustedes, tan obsesivos como yo. También me gustaría que no estuviera usted en nada de acuerdo con mi -dispersa- tesis. Como dijo Tzvetan Todorov en su maravilloso ensayo El jardín imperfecto , el diablo nos otorgó la libertad y pensamos que no teníamos que dar nada a cambio. Vaya hombre: se me pegó el virus.
(1) La esencia de la estrategia desconstructiva es la demostración de la autocontradicción textual. Difiere de la técnica filosófica establecida para detectar los errores lógicos en la argumentación de un oponente en que las contradicciones puestas de manifiesto revelan una incompatibilidad subyacente entre lo que el escritor cree argumentar y lo que el texto dice realmente. Este divorcio entre la intención del autor y el significado del texto es la clave de la desconstrucción