editorial
eNeRO de 2005. Uno que fue feliz .
Un estremecimiento se iba revelando:
un salto al vacío de la mente en el que no encontraba
ningún deseo formal para el año que estreno.
Por un instante temí lo peor: que se me acabaran
las iniciativas originales. Al parecer no tener deseos excitantes
o responsable no sólo no está de moda sino
que, ademas, angustia. Pensé que si, por lo menos,
fumara, podría intentar dejarlo: tatuarme los hombros
con esos parches indisimulados de adicto y ajustar el diámetro
de los poros con agujas de acupuntura. Sería lo más
cerca del tatuaje tribal que pensé en llegar nunca.
Pero he tenido suerte: la mayoría
de los propósitos del año anterior no se han
cumplido -las personas, como los países, pasamos
también por transiciones-, así que permanecen
vigentes: les sacudo el polvo y ya parecen inmaculados,
como si en vez de en saldos los hubiera comprado de primera
marca.
Las iniciativas no son originales,
no vayan a pensar. El que no las haya cumplido se debe,
precisamente, al carácter humano y a la inconsistencia
de mi carácter. ¿O conocen a alguien que se
haya comprometido a adelgazar y lo mantenga durante un año
entero? ¿Conocen a alguien que haya terminado ese
curso de alemán turístico por correspondencia?
¿Alguien que ahorrara algo a fin de mes -y esta pregunta
es agarrarme al tópico, lo reconozco-? ¿Conocen
a alguien que haya cambiado su -desahogante- manía
de ventosearse bajo las sábanas? Serrat cantó:
"uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo, que
dice conocer un tipo, que un día fue feliz...".
Si es cierto aquello de que es tan usual cambiar las aficiones
como extraordinario las inclinaciones, este tipo era un
provocador, o no se entiende que lo vaya contando por ahí.
Ironías las justas; porque
yo también conozco a un amigo que dice conocer un
tipo que un día dejó de ir a misa. Así,
sin avisar a su eminencia, tomando una iniciativa que sólo
le correspondía a él. ¿Qué se
habra creído? Yo, qué quieren que les diga,
sin el juicio ajeno hay quien no sabe vivir, y yo tampoco
me libro de ese pecado social.
Dirán que divago y diré
¡mienten!: y se los agradezco, porque escucharme me
hace recordar que no hay nada peor que un tipo (o tipa)
que sólo dice la verdad. Que sean ustedes unos mentirosos
dice mucho y bien, si es que alguna vez lo son. Estos sujetos
que van disparando verdades son más peligrosos para
la salud mental que ver a George uve doble Bush deseando
feliz navidad y paz en la tierra a los hombres de buena
voluntad, y sé que ustedes dirán que exagero.
Y tendrán razón: fue peor aún verlo
ganar las elecciones. Puestos a elegir entre divagar y exagerar,
prefiero exagerar que es más divertido, con mucho;
así, por lo menos, siento que puedo navegar en una
cierta abundancia, aunque sólo sea de epítetos,
y ya eso, a un servidor de ustedes, le consuela un poco.
Quiero concluir este primer editorial
-en verdad quiero concluirlo- del año confirmando
lo inconfirmable: hago acopio de fuerzas y me digo que,
como poco y dentro de la irresponsabilidad que me caracteriza,
desconozco si cumpliré un cien por cien de las iniciativas.
Lo único que puedo prometer y prometo es no enmendarme;
ser maleducado, peor hablado y faltón; un provocador,
un escéptico, escupir desde, por y para las aceras,
pintarles lunares azules en el redondo culo a las -mmm-
nenas, girar como peatón en contra del sentido de
las masas, decirle a casi todo el mundo lo que pienso mientras
me señalan con las uñas verdes, encontrar
una mujer liberada y que haya leído el informe Hite
sobre la sexualidad femenina y, con la ayuda del prójimo,
comprender -aliviado- que no soy la única mala persona
que habita en este planeta, ministros de defensa mundiales
incluidos. Me conozco. Sé que terminaré perdonándolos
y reuniendo a todos aquellos con carnet del Partido Anónimo
en una macro fiesta estruendosa y animal. Y en esa unión
de karmas, llamar a Serrat cuando acabe el año y
cantarle: "no conozco de nada a tu amigo, pero yo soy
ese tipo, que un día fui feliz....".
TODOS IBAN
Todos iban desorientados
perseguían un objeto prójimo,
unos iban a su trabajo,
otros al trabajo de otros...
Los ojos errantes y vagos,
hacia la mancha de los pinos
pasó indolente un enlutado...
- ¿A dónde vas?
- No sé, me dijo.
Todos iban desorientados,
y el enlutado hacia sí mismo. |
Luis Enrique Mármol (Venezuela, 1897-1926)
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