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AbriL de 2005. Sol, sol, sol.

    Si no fuera porque me conozco, diría que el sol representa todo aquello que siempre anhelé. Si uno mira fijamente, el sol te devuelve la vista, dañada por la frustración del sueño incumplido. En esta hermosa isla, el sol sale por todas partes, y, sin embargo, no lo cambio por el gris invierno.
    ¿Y no caminamos alguna vez juntos el mismo camino que aquella vez nos plantaron delante? Casi diría que de la tierra al sol hay un único camino: el de la esperanza, el deseo de erguir la cabeza y buscar una ilusión que sabemos inexistente, pero que nos reconforta, como un ejemplo de voluntad hacia la derrota esperada, como si fueramos todos, en el fondo, antihérores y sólo leyéramos -los que leemos- en busca de caballeros andantes y matadragones. Bien pensado, los primeros libros de autoayuda comenzaron con la Chanson de Roland y el Mío Cid. Veo a aquellos nobles tratando de escapar de su rutina del castillo imaginando gestas. Claro que entonces había infieles contra los que luchar y pecadores como para llenar pateras y más pateras.
    Si no fuera porque me conozco, diría que esta isla se me queda pequeña. No sólo físicamente, sino en un plano espiritual. Es como una pequeña cárcel encerrada en la que uno no crece porque nunca florece nada de forma que el espíritu se sienta acompañado, sino, más bien, acomplejado. Ya dicen que el crecimiento de una flor es inapreciable, que, cuando uno menos lo espera, lo tenemos todo perdido de abejas, pulgones y demás chinches. Pero qué hacemos los impacientes, entonces.
    Bajo la dulce caricia de la brisa, que seda el azote del so, escucho a menudo a Pink Floyd; un álbum conceptual el de The Dark Side of the Moon, los pies creando arcos en la arena. Hecho de menos la compañía femenina, quizás porque no la encuentro, y disfruto de un deambular de miradas a mis congéneres femeninos. Algunos lo llaman mirón, otros vouyerismo, otro libertad de acción, pero qué tiempos, entonces una malla invisible me bloquea la visión. Como si no tuviera suficiente con los canales digitales.
    Héchese usted, cristiano o no, a la playa y déjese llevar por el arrullo de las olas y el sueño vigilado por el miedo a la quemadura. No se estrese, ni nos estrese a los demás. Aporte su pequeño granito de arena a la convivencia y deje que los niños jueguen a la pelota; lo más que le puede pasar es recibir un balonazo que le despeje la mente en medio del rostro, y, dulcemente, conteste a esos jóvenes, reflejo de lo que fue o quiso ser usted: ¡Cabrones! ¡Váyanse a jugar a otro lado!

ES UN CUENTO

(A mis nietos)
Te voy a contar un cuento,
que me aprendí siendo niño;
Erase una vez un niño
que quería oir un cuento
donde fuera siempre niño
el personaje del cuento.

Todos conocen el cuento...
Tú sabes por qué no sigo.

Agustín Millares Sall

 

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