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françois de la rochefoucauld


Texto: Extracto del prólogo [ Máximas, Planeta, Barcelona, 1984]

    François de La Rochefoucauld (1613-1680) nace en París cuando Luis XIII es aún menor de edad, en medio de la perpetua agitación de los grandes del reino, pero su niñez y su primer adolescencia las vivirá fuera de la capital. Por lo que sabemos, no recibió una educación muy esmerada; un gran señor no ha de tener demasiadas letras, según juzgaba el siglo, la mejor escuela son las armas. La Rochefoucauld se sabe tan ilustre, de cuna tan alta, que todo le parece divertido y posible; no basta hacer la guerra bajo las banderas del rey, también hay que conspirar contra Richelieu, desafiar al propio soberano, infringir leyes y normas, porque él está por encima de todo eso; concebir los planes más audaces y disparatados, como por ejemplo ayudar a que se fugue la reina, Ana de Austria, y llevarse también a Marie d'Hautefort, por quien suspira el rey. Doble jaque, siempre bajo la inspiración de su duquesa, la duquesa de Chevruse, trece años mayor que él, viuda de un condestable, casada luego con el duque de Chevreuse, un torbellino y intrigas y de amores: Moret, Holland, Câteauneuf, el conde de Chalais, Carlos IV de Lorena, el marqués de Laigues... A su lado, La Rochefoucauld hará todo género de insensateces, pero éste no es más que el principio, porque siempre habrá un revuelo de faldas a su alrededor, mientras en el hogar le esperaría la esposa, que le daría ocho hijos, y de la que apenas dice nada.
    En 1652, en el combate del arrabal de San Antonio, recibe un mosquetazo que le deja mal herido y medio ciego. Para entonces ya ha roto con la duquesa, y la que salva la situación es otra mujer, fea y animosa, Mademoiselle, prima de Luis XIV, que manda disparar oportunamente los cañones de la Bastilla sobre el ejército real. Luego La Rochefoucauld compone sus maltrechas finanzas, restaña sus heridas en lo que queda de sus castillos, y piensa en la muerte: redacta sus dos primeros testamentos. Es el fin de un conspirador, tiene cuarenta años y las grandes emociones de su vida han quedado atrás.
    Tuvo una vejez maniática y con pocos amigos, siempre atenta a la literatura y apasionada por todo lo español; gracias a la marquesa de Sablé conoce el Oráculo manual de Gracián, quien directamente o no fue una fuente importante para ambos. Poco después el duque se congracia con la Corte, recibe una pensión real, honores, pero para Luis XIV sigue siendo un rebelde, lo cual nunca es de fiar. La Rochefoucauld está sumiso y gotoso, se acabaron las grandes aventuras, aunque en 1667 toma las armas por última vez.
    Por fin da a conocer sus memorias y ultima sus máximas: ambos libros se publican en el extranjero con falso pie de imprenta y sin nombre de autor, para tantear el terreno. Hay quien se escandaliza -madame de La Fayette escribe a madamde de Sablé: "¡Qué corrupción hay que tener en la mente y en el corazón para ser capaz de imaginar todo eso!"-, pero también hay quien se lo toma a bien, y madame de Maintenon -futura esposa morganática de Luis XIV- dice en una de sus cartas: "Decid al señor de La Rochefoucauld que el Libro de Job y el libro de las Máximas son mis únicas lecturas".
    Se suceden las reimpresiones de las Máximas, siempre retocadas, afinadas, corregidas. En la hora final quema sus papeles, recibe los últimos sacramentos y acepta la fe, pero abdica del decoro y la compostura.
    La posteridad le ha recordado siempre, desde La Bruyère y Voltarie a Saint-Beuve, Nietzsche, Eugendio D'Ors y Roland Barthes, por citar algunos. Su fama la debe a ese librito que es como un repertorio de decepciones que se expresan de un modo pulcro e impersonal, sin salirse del ámbito genérico de la naturaleza humana, fiel al precepto gracianesco de "no hablar de sí mismo". Y no obstante, bajo la severa apariencia del abstracto moralista, todas sus palabras nos remiten a su camuflada intimidad.
    En las Máximas hay de todo: lugares comunes de desconfianza un poco chata y cazurra, y observaciones memorables; pensamientos que delatan una vanidad maltrecha, incurables heridas de orgullo, y aforismos que son delicados arabescos de ideas, con una pizca de sal y otra de desengaño, y que calan hondo. Ingenio de salón, un poco afectado y relamido, y clarevidencia, venenosas boutades y enseñanzas de edad.
    Sus límites y la fuerza de su personalidad se entienden mejor comparando las Máximas, con las del gran maestro de la aforística barroca que fue Gracián, una de las fuentes de La Rochefoucauld, conocida gracias a los entusiasmos hispánicos de madame de Sablé. A pocos años de distancia, son dos visiones muy diferentes de un pesimismo semejante: desconfiemos, finjamos, no hay que creer a nadie, y a nosotros mismos menos aún. El tono vital les hace opuestos. Ambos son dutos y llenos de amargos, peor mientras La Rochefoucauld resume sus múltiples experiencias en un sistema bastante sencillo, Gracián extrae inteligentemente de su soledad algo más complejo; uno parece haber vivido tanto que las decepciones le moldean el talento, al otro, con un pasado sólo interior, de puertas adentro, no le estorba lo vivido, y sobrevuela toda simplificación. El jesuita ve la naturaleza humana de una manera más rica, más matizada, más honda que el hombre de mundo y el antiguo político.
    En La Rochefoucauld nos admira el contraste del hombre que ha vivido con tanta intensidad, y que doma sus experiencias para expresarlas en un lenguaje nítido y de una perfección casi exagerada; hay en él cierta gelidez invernal dispuesta con un arte exigente y contenido, armónico, como el de los fríos y bellos palacios del gran siglo francés. Con la muerte en el alma, impregnado de desilusión, quiso ir más allá de su desesperanza con ese juego agudísimo y terrible que legó a la posteridad con el título de Máximas.
    

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