Talentos para la Siembra o Siembra de Talentos
Teodorus Leandrus era un comerciante griego con ciudadanía romana, ello le permitía viajar libremente por todo el territorio del imperio Romano y comerciar con vinos, pieles y otros productos de las provincias de Siria y Judea.
Teodorus amaba la sencillez, en eso era de formación espartana y le atraía sobremanera las fábulas de aquel esclavo griego llamado Esopo, por la simple enseñanza que se podía deducir de cada una de estas fábulas.
Los dioses si eran grandes!, utilizaban cualquier evento para resaltar su influencia sobre los mortales. Aunque a veces eran veleidosos, como cuando el gran Zeus se convertía en lluvia fina o en un Toro, para poseer a alguna agraciada doncella griega, pese a los celos de Hera, su celosa esposa, el se las arreglaba para echar alguna canita al aire, y muestra de ello era el formidable Heracles (Hercules para los romanos), el cual nació fruto de una de estas uniones furtivas del rey de los Dioses con una mortal.
A diferencia de los griegos, que amaban la filosofía y las artes, ellos, los romanos adoraban la simpleza, el pragmatismo. Por ello habían hecho suyos a los dioses griegos y a algunos egipcios, y por ello el soberano emperador, el gran Cesar era un dios más a quien adorar.
Ahora se hallaba en Judea, y no lograba entender la religión de aquellos malditos judíos. Todo en ello era diferente, exclusivista, se consideraban el pueblo elegido, no por los grandes dioses del Olimpo, sino por aquél Jehova que ellos consideraban el único Dios, habrase visto!, y a pesar de que Roma los gobernaba con mano de hierro, aún tenían el valor de querer independizarse del poder del Cesar y un grupo de fascinerosos conocidos como los zelotes, desarrollaba una guerra de guerrillas contra el imperio.
Pero lo que más le había llamado la atención de esos judíos, era que con relativa frecuencia aparecía entre ellos algún iluminado que se consideraba así mismo como mensajero de su Dios y arremetía contra los sacerdotes y gobernantes judíos. Generalmente ese pobre diablo terminaba lapidado o crucificado por instrucciones del Sanedrín, la máxima asamblea religiosa de esos tunantes.
Ultimamente estaba de moda un tal Jesús de Nazareth, que en unión de una banda de desarrapados pescadores galileos, proclamaban que había llegado el reino de su Dios y ejecutaba ciertos actos circenses que la plebe consideraba milagros con el objeto de atraer la atención del vulgo.
Sin embargo el tal Jesús tenía algo en común aquél esclavo griego Esopo a quien él tanto admiraba. De vez en cuando narraba a sus seguidores ciertas historias llamadas parábolas, que tenían dentro de sí alguna práctica enseñanza para la educación de sus rústicos seguidores. Generalmente se referían a sucesos comunes relacionados con la vida normal de su pueblo. Historias pastoriles, hechos de sus gobernantes, historias caseras de las mujeres judías y cosas por el estilo, con las cuales el pueblo fácilmente podía identificarse y hasta obtener algo de utilidad de las mismas.
Teodorus Leandrus, ahora se encontraba como un curioso más, entre la turba de asistentes a una de esa reuniones campestres del galileo, el cual montado en una barca, se dirigía a la gente que acampaba a orillas del mar de Tiberiades.
Teodorus había escuchado la historia del rey que a raíz de un viaje, repartió una cantidad de dinero entre sus ministros para que la administraran durante su ausencia. La moneda local se llamaba talento y por ello la historia era conocida como la parábola de los talentos.
El resumen de la misma era que el Rey había distribuido una cantidad determinada de dinero entre sus ministros para que estos la invirtieran y a su regreso le rindieran cuenta del rendimiento de esa inversión. Dos de sus ministros la invirtieron duplicando su valor, pero el tercero, temiendo perderla en alguna inversión riesgosa, la guardo debajo de su colchón y le regresó la misma al rey, cuando este volvió.
El rey alabó a los dos primeros ministros por su sabia inversión, retribuyéndoles con la administración de sendas provincias del reino por su sabia inversión, pero al tercero de ellos lo destituyó por ineficaz y su ministerio se lo dio al que obtuvo mayor beneficio por la inversión.
Esta sencilla historia era de lo más simple, enseñar que la sabia administración de los bienes produce beneficios que un buen patrón sabe reconocer y recompensar. Fomentar la virtud del trabajo entre aquellos flojos judíos y motivarlos a ejecutar bien sus tareas. Nada más, algo sencillo.
Sin embargo, aquellos holgazanes, trataban de justificar su natural ociosidad, buscándole significado religioso (lo único que les interesaba era su Dios y hasta tenían la cachaza de no hacer nada durante el último día de la semana, ya que y que era sagrado. Los haraganes buscan justificación para todo, con tal de no trabajar). El caso es que habían inventado que la historia de ese tal profeta Jesús, tenía algo que ver con su Dios y lo que llamaban el Reino de los Cielos, y que el Rey de la historia era su Dios y los ministros los sacerdotes de su Sanedrín, mientras que los talentos eran la forma como ellos debían predicar el mensaje religioso, mientras que el beneficio de la inversión era el número de fieles que habían logrado captar para su Dios.
Ni los imaginativos griegos hubieran sido capaces de inventar un cuento tan rebuscado como ese; como si los Dioses tuvieran tiempo de ocuparse de minucias como esa de captar almas y otros cuentos de camino.
Por eso era que no progresaban, porque en vez de dedicar su tiempo al trabajo, lo perdían en elucubraciones tan rebuscadas como esa y desperdiciaban las enseñanzas de aquel práctico galileo.
Ahora el tal Jesús estaba comenzado a narrar otra historia, esta se refería a un tema agrícola y de seguro tenía el objeto de impulsar a aquellos ociosos a la siembra y recolección de los frutos de la tierra.
La historia era esta:
"El sembrador salió a sembrar, al ir sembrando unos granos cayeron cerca de la carretera, vinieron algunos pájaros y al verlos en el suelo, se los comieron.
Otros granos cayeron entre las piedras y, como había poca tierra allí, brotaron rápidamente, pero al salir el sol, quemó las maticas que habían nacido y por falta de raíces se secaron.
Otras semillas cayeron entre maleza y espinas, es decir monte, y al crecer al mismo tiempo que la maleza, esta ultima la ahogo y también se secaron las maticas.
Finalmente, una parte del grano cayó en buena tierra, creció y produjo buenos frutos, dependiendo del terreno en que había nacido, unos produjeron 60%, otros 80% y otros 100%.
Finalizada la historia, repitió varias veces estas palabras: El que tenga oídos, que entienda.
Esa historia era de cajón. Aquellos descuidados judíos, cuando sembraban la tierra eran tan flojos que tiraban las semillas donde fuera, sin estar pendiente si el terreno era adecuado o no, y por eso el rendimiento de sus tierras solo era del 25%. Si prestarán atención al terreno donde sembraban y toda la semilla caía donde tenía que caer, la productividad de sus plantaciones podría llegar hasta duplicarse, y su producción económica sería óptima y no subdesarrollada e ineficiente como era hasta ahora.
Ese Jesús era un sabio práctico y quería el progreso económico de su pueblo. Teodorus pensaba, que a veces tenía que disfrazarlo bajo un manto religioso para que aquellos holgazanes le prestarán atención. Pero la mayoría de esta gentuza, solo se le acercaban para pedirle favores y mendigarle. Que si les sanara a sus cojos y ciegos, que si los curara de sus enfermedades, que si los alimentara con pan y peces, pero nada de trabajar, cuando les hablaba por parábolas sobre esto, siempre le buscaban la vuelta y veían algún motivo religioso enmascarado en cada una de estas historias.
Teodorus escucho un vocerío cerca de él, y al voltearse, escucho a uno de los seguidores del tal Jesús dando una interpretación a la parábola, que era más de lo mismo y enfocada al mensaje religioso. Ni sus seguidores más cercanos lograban comprender las enseñanzas del galileo. Por lo visto todos eran sordos, por que no tenían oidos para entender el mensaje práctico de esta parábola.
Para que comparen la lógica y simple interpretación que Teodorus, habituado a ese medio de aprendizaje por su profesión de comerciante romano, había dado a la parábola: una interpretación sencilla, directa, sin rebuscamientos, con respecto a la capciosa interpretación del malentretenido discípulo, a continuación presentó el cuento que les metía al grupo de gente que lo rodeaba:
Señores, a ustedes, nuestros seguidores más cercanos, vamos a presentarle la verdadera interpretación de la parábola del Sembrador.
Toda ella esta imbuida de un profundo sentido religioso, la carretera donde cayeron los primeros granos es el corazón de aquellos de ustedes que oyen la palabra de Dios, pero no la escuchan con atención, no la entienden y entonces viene el diablo y les arranca lo que les acaban de sembrar en su corazón.
Los granos que cayeron entre las piedras, son las personas que al principio oyen la palabra con gusto, pero no tienen raíces y duran poco. En tiempos de prueba y persecuciones por causa de la Palabra, inmediatamente saltan la talanquera.
La Semilla que cayo en el monte, entre maleza y espinos, son las personas que oyen la Palabra, pero las preocupaciones materiales y la ceguera propia de la riqueza ahogan la palabra y no puede producir fruto (En este punto Teodorus Leandrus pensó, que si esta explicación fuera verdad, un supuesto negado, ese sería su caso, porque la riqueza era algo que el deseaba con ansia, pero eso requería mucho esfuerzo y preocupaciones. Ya tenía una anécdota que contar sobre su búsqueda hasta ahora infructuosa de la riqueza, de ahora en adelante se llamaría asimismo Teodorus el espinoso).
Finalmente, los granos que cayeron en buena tierra, son los hombres que oyen la Palabra, la meditan y la hacen producir fruto."
Teodrorus esbozó una sardónica sonrisa; hábrase visto, mezclar a los dioses y los demonios en una lucha por el corazón del hombre, como si estos tuvieran tiempo para ocuparse de esos zarrapastrosos. Esa cuerda de haraganes no daban pie con bola. Siempre serían unos acomplejados religiosos, en vez de trabajar de sol a sol y utilizar eficientes técnicas de trabajo para desarrollar ese desértico territorio en que vivían.
Si el tal Jesús en vez de ser judío, fuera griego, que buen consejero sería para el Divino Cesar.
Y Teodorus Leandrus, se levantó y reanudo la marcha hacia Jerusalén, con una nueva historia que contar.
(Esta parábola inventada por mí, esta dirigida a aquellos que siempre andan buscando una explicación práctica a las enseñanzas que a cada momento se le presentan a su alrededor).
Edinson Puche