![]() |
![]() |
||
Coincidencias asombrosas
Ciertas
«casualidades» insólitas pueden salvarnos de una muerte segura o imponer un
cambio radical en nuestra vida. ¿Son fruto del azar o, por el contrario,
obedecen a fuerzas desconocidas que guían nuestros pasos en secreto y los
convierten en destino? Durante el último siglo numerosos investigadores han
intentado hallar la respuesta a este tipo de eventos que escapan a la ley de la
probabilidad y carecen de explicación.
Cuando
el actor Anthony Hopkins fue contratado para actuar en la película La Mujer de
Petrovka, no consiguió encontrar en ninguna de las Librerías londinenses la
novela de George Feifer en la que se basa el guión. Frustrado y aburrido se
dispuso a tomar el Metro para regresar a su casa. Estaba sentado en la estación
de Leicester Square cuando, de pronto, halló el libro en un banco. Se quedó
tan asombrado de su buena suerte que ni siquiera reparó en las anotaciones que
el volumen tenía en los márgenes. Dos años más tarde su sorpresa fue aún
mayor. Al conocer al autor durante el rodaje del filme, éste le dijo que había
perdido su ejemplar anotado. Como el lector habrá adivinado, era el mismo libro
que Hopkins había encontrado en la estación olvidado sobre un banco.
Naturalmente,
puede pensarse que, aunque raro, el caso puede ser explicado por un extraño
azar. Pero la respuesta no es tan sencilla. Hay miles de casos similares
documentados, muchos de ellos más extraordinarios que éste. Y, si les
aplicamos la ley de probabilidades, no deberían haber sucedido nunca.
El ángel de biblioteca
Como han argumentado detalladamente los expertos en este fenómeno,
coincidencias como la ocurrida a Hopkins son tan frecuentes en las vidas de todo
tipo de personas y escritores que casi nadie carece de una que contar, e incluso
hay un tipo que se conoce con el nombre de «ángel de bibliotecas, porque suele
venir en nuestra ayuda siempre que necesitamos información. De pronto, al abrir
un libro al azar, comprar un periódico o escuchar un programa de radio, la
información que necesitábamos y no hallábamos aparece, como si alguien la
pusiera ante nuestros ojos cuando menos lo esperamos. Pocos días antes de ser
entrevistado para este reportaje, el escritor Juan Manzanera, antiguo lama,
psicoterapeuta y conocido escritor, experimentó una coincidencia de este tipo.
«Normalmente nunca leo los e-mail que me envían de la universidad y suelo
tirarlos a la papelera del ordenador. Pero hace unos días, sin saber por qué,
decidí leerlos en esa ocasión puntual. Fue así como me encontré
inesperadamente con información sobre trastornos de la personalidad, un tema
acerca del que buscaba documentación en ese preciso momento», nos explicó.
Sin duda,
fue también un «ángel de biblioteca» el que vino en ayuda de Mark Twain, el
célebre autor de Tom Sawyer, una mañana en que buscó inútilmente durante
horas en su archivo un texto que había escrito para un periódico veinte años
antes. Harto de su luctuoso registro salió a dar un paseo, De improviso, un
hombre se abrió camino entre los coches y se le acercó: «Señor Twain, aquí
tiene algo que puede interesarle. Son unos artículos suyos que he conservado
durante años. Iba a enviárselos por correo, pero ya que le he encontrado a
usted, prefiero entregárselos en mano», le dijo. Por supuesto, entre esos
recortes estaba aquél que el escritor no encontraba.
La ley de la Serialidad
La
fascinación que algunos científicos han sentido por estas «casualidades» ha
dado lugar a diversas teorías sobre su sentido y el papel que juegan en
nuestras vidas. A principios del siglo XX, el biólogo austriaco Paul Kammerer
(en la foto) se sintió tan atraído por lo que llamó «coincidencias seriales»
que coleccionó durante veinte años cientos de ellas. Se trataba sobre todo de
hechos que tienden a presentarse en secuencias y que él definió «como una
recurrencia coherente de cosas o acontecimientos similares que se repiten en el
tiempo o en el espacio sin estar conectados por una causa activa».
Algunos son tan comunes que la sabiduría popular ha inventado refranes para
describirlos, como «hablando del rey de Roma, por la puerta asoma», «no hay
dos sin tres» o «el mundo es un pañuelo». Un ejemplo aportado por Kammerer
nos bastará para ilustrar este tipo de «casualidades». El 18 de septiembre de
1916, su esposa esperaba turno en la consulta del médico cuando, al hojear una
revista, quedó impresionada con el trabajo de un pintor llamado Schwalbach y
pensó en comprarle algún cuadro. En aquel momento entró la recepcionista y
preguntó: «¿Está la señora Schwalbach?, la llaman por teléfono».
¿Quería decir esto que la señora Kammerer haría bien invirtiendo en la
pintura de ese artista? Las coincidencias guardan sus mensajes celosamente, en
general, sólo pueden ser interpretadas por la persona que las experimenta y ésta
nunca sabrá con certeza cuál es su significado. En cualquier caso, Kammerer
vio en este fenómeno la manifestación de fuerzas inexplicadas en acción, e
incluso escribió un libro, La ley de la Serialidad, en el cual afirmó que
dichas fuerzas posiblemente actúan de acuerdo con un principio universal de la
naturaleza, tan fundamental y desconocido como la gravitación universal antes
de ser descubierta.
Este principio físico operaría, según él, independientemente de la ley de
causa y efecto y nos llevaría «directamente a la imagen de un mundo caleidoscópico
que tiende a reunir siempre los factores semejantes».
El asombro
y desconcierto que producen las coincidencias recurrentes también queda patente
en las historias en las cuales se «repite un hecho», como la sucedida a los
actores Michael Caine (en la foto) y Charles Chaplin. Ambos nacieron en
Kensington, un barrio del sur de Londres; y, en las dos únicas ocasiones en que
Caine sintió nostalgia de su antiguo barrio y decidió visitarlo de incógnito,
se encontró «casualmente» con Chaplin, que también estaba dando un paseo
nostálgico.
Existen historias aún más raras, denominadas «salto en el tiempo», como la
que ilustra la experiencia del chofer de autobús británico D. J. Page. Durante
la 11 Guerra Mundial, éste vio cómo su correspondencia era entregada por error
a otro hombre llamado también Page y cuyo documento de identidad tenía el número
1509322, mientras que el suyo era el 1509321. Tiempo después de terminar la
guerra, Page fue a reclamar a Hacienda los excesivos impuestos deducidos de su
salario. Y comprobó que habían confundido su nómina con la de su viejo «amigo
desconocidos Page, cuyo número de carné de conducir era curiosamente 29222,
mientras el suyo era 29223.
Existen
asimismo «resonancias» como la ocurrida al actor Malcolm McDowell,
mundialmente famoso por haber sido el protagonista de La naranja mecánica.
McDowell comenzó su vida laboral vendiendo café y fue representando el papel
de un vendedor de café en la película Un hombre de suerte que habría de
saltar a la fama.
La «resonancia» se produce a veces de forma espectacular entre personas muy
distantes. Es el caso de dos gemelos de Ohio cuya historia fue relatada en 1980
por el Readers Digest. Tras ser adoptados por familias distintas y vivir
alejados durante 39 años, se conocieron y descubrieron que los dos se llamaban
Jim; ambos habían estudiado diseño industrial; se casaron con mujeres llamadas
Linda y tuvieron hijos llamados James; se divorciaron y se volvieron a casar con
mujeres llamadas Betty y, por si fuera poco, cada uno tenía un perro llamado
Toy.
¿Quieren decir esto que los gemelos permanecían unidos a través de la
distancia por un hilo tan sutil como desconocido? Más fáciles de interpretar
son las coincidencias recurrentes que trasladan los hechos «de la ficción a la
vida real», porque en ese caso parecen confirmar que la imaginación del
escritor está inspirada por las musas. Así, cuando Norman Mailer comenzó su
novela Barbary Shore, no sabía nada de espías rusos. Pero su protagonista se
convirtió paulatinamente en uno de ellos. Acababa de terminar la obra cuando,
en el mismo edificio donde vivía, fue detenido el espía ruso Rudolph Abel.
Este caso
es incluso mucho menos extraño que la exacta predicción que los ficticios astrónomos
de Liliput, país que Swift inventara en Los Viajes de Gulliver, hicieran de la
órbita y el diámetro de los satélites de Marte, un siglo y medio antes de que
éstos fueran descubiertos. Asimismo, en 1838 Edgar Allan Poe (en la foto)
describió, en Las aventuras de Arthur Gordon Pym, el fallecimiento de un
grumete llamado Richard Parker, devorado por los supervivientes de un naufragio.
Y, en 1884, el periódico The Times relataba la muerte de un grumete del mismo
nombre y en idénticas circunstancias que las imaginadas por el escritor.
Historia no menos escalofriante es la de la actriz Julie Christie que, al llegar
a su casa de campo en Gales, se encontró con una imagen idéntica a la de una
escena que ella había protagonizado seis años antes en la película No mires
ahora: la de una madre que lleva en brazos a su hijo recién ahogado en el lago
que había frente a su casa.
En otras ocasiones, las recurrencias parecen indicamos que hemos elegido una
dirección correcta en nuestras vidas. Es lo que le sucedió a la autora de este
reportaje. En 1978 viajé a Atenas para realizar mi tesina doctoral. Llevaba una
carta de presentación, dirigida a una joven que él había conocido en Viena.
Fui a la dirección que indicaba y un vecino me dijo que acababan de mudarse.
Aquel año conocí a Vivi, una chica griega que trabajaba en un bar situado
frente a mi casa. Un día estábamos juntas. Yo ordenaba papeles y tiré la
dichosa carta de presentación. Vivi la cogió muy nerviosa de la papelera y
preguntó: «¿Por qué tienes tú una carta con mi antigua dirección?». La
joven que el abogado conoció en Viena era su amiga y habían vivido hasta hacía
un año en la misma casa. Repetimos a menudo que el «mundo es un pañuelo»,
pero hay veces en que sufrimos un estremecimiento al comprobarlo.
Sincronías
Frente a las recurrencias de Kammerer, que en ciertos casos
parecen hechos casuales, pues no está claro su sentido, Carl Gustav Jung reparó
en otro tipo de casos conectados de forma tan significativa que el azar
representaba un grado de improbabilidad demasiado alto. El psicólogo pensó que
estaban conectados por un principio que denominó «sincronicidad» y que, por
definirlo de forma concisa, sería «la concurrencia no causa¡ de un -suceso psíquico
y otro físico, que desafía la ley de la probabilidad y tiene sentido».
En una ocasión, Jung estaba tratando a una joven que le contaba haber soñado
con un escarabajo dorado. De pronto oyó un ruido en la ventana, a sus espaldas.
«Me levanté -escribe él mismo-, abrí la ventana y cogí al vuelo, en el
momento en que entraba en la habitación, un insecto que era lo más semejante a
un escarabajo dorado que pudiera hallarse en nuestras latitudes». ¿Qué había
llevado al insecto a meterse en una habitación oscura justo en esos momentos?
El hecho de que el escarabajo sea, en culturas como la egipcia, un símbolo de
renacimiento y que a partir de ese día la joven mejorara de su dolencia, hizo
pensar al psicólogo que el insecto había aparecido como un mensaje arquetípico
surgido del inconsciente: una señal para indicar que al fin ella podía iniciar
el proceso de transformación buscado. Ello le llevó a pensar que esta clase de
sincronía provenía de algún mecanismo desconocido. Aunque, por otra parte,
acabó razonando que, cuando los hechos fortuitos parecen tener un significado
simbólico, dejan de ser coincidencias para la persona interesada, ya que la
psique puede estar actuando sobre la realidad externa para causarlos. Una
explicación que, por cierto, nos sitúa ante el enigma que plantean las extrañas
y desconocidas relaciones entre la mente y el mundo llamado «objetivo».
En los años setenta, el húngaro Arthur Koestler, editor científico de los
periódicos Ullstein en Alemania, se interesó por las teorías de Kammerer y
Jung, dada su implicación con la no-causalidad, que la física cuántica
acababa de descubrir a escala subatómica. Su acercamiento a estas teorías iba
a marcarle para siempre. Tras publicar sus conclusiones sobre percepción
extrasensorial, física cuántica y coincidencias en el libro Las raíces del
azar, comenzó a recibir numerosos testimonios espontáneos sobre este fenómeno.
Uno de ellos le intrigó especialmente. Se trataba de la historia de Harold, un
joven arquitecto que se tiró a las vías del Metro en 1971 para suicidarse.
Pero, en esos mismos momentos, en el interior de un vagón un pasajero anónimo,
que nada sabía de lo que ocurría fuera, accionó la palanca de freno «por
casualidad» y el tren no llegó a arrollar a Harold; sólo le golpeó. Esta
intrigante coincidencia, que Koestler clasificó con el nombre de «Deus ex
Machina», en una clara alusión a la intervención de una misteriosa
providencia, le llevó a creer que quizá existe un «principio rector de
nuestras vidas»: un plan oculto de la naturaleza, que se manifestaría a través
de estas convergencias no causases de dos series autónomas de hechos. La gran
recopilación de casos contrastados que realizó pasó, tras su muerte, a ser
objeto de estudio de la Fundación Koestler en Reino Unido.
A finales del siglo XX, se ha dado en llamar «coincidencias significativas» a
todas aquellas que parecen tener un propósito personal, sean «sincronías
junguianas» o «recurrencias seriales kanunerianas». Se reconocen, en todo
caso, porque sus protagonistas las experimentan en momentos de necesidad y van
unidas a un gran impacto emocional. Además, son hechos que a menudo establecen
la dirección de nuestro progreso en el mundo.
La protección inesperada del azar es evidente en una historia ocurrida al músico
Julián Ramos que podríamos clasificar en la categoría «Deus ex Machina». «Era
una tarde lluviosa y viajaba en coche con mi familia por la carretera N. IV -nos
relató-. El pavimento estaba muy resbaladizo y el vehículo derrapó. Dimos dos
vueltas de campana y quedamos en posición correcta sobre el arcén, entre las vías,
y justo encima del enorme boquete de una alcantarilla abierta. Ninguno de los
cuatro pasajeros teníamos ni un rasguño. Ni siquiera se rompió uno de los
huevos que llevaba en el maletero».
Alguien a quien el azar protegió dulcemente mientras vivió fue el bailarín
Antonio Chiwerto, que debido a su profesión realizó numerosas giras por todo
el mundo. Su hijo Miguel Chiwerto, director del programa Cielo abierto de la
Cadena Cope, ha recordado para nosotros algunas de las ocasiones en que su padre
se salvó, siempre por dormir más de la cuenta: «Una vez, en Taiwán, se quedó
dormido y llegó tarde al aeropuerto, para ver cómo el avión en el que debía
viajar sufría un accidente que le costó la vida a la mitad de los pasajeros.
El terremoto que asoló México D. F. en los años sesenta le habría encontrado
en la calle si no se hubiese dormido, y habría sufrido las consecuencias como
otra gente. A su hotel no le ocurrió nada».
Interrumpir un hábito casualmente también puede salvarnos de una tragedia.
Cada mañana a las nueve, el publicista Chema Jiménez lleva a su hija Eva al
colegio, pero un día del pasado otoño la niña tenía fiebre y no fue a la
escuela. Chema recorrió ese trayecto una hora más tarde. «Gracias a ello -nos
comentó- me libré de sufrir las consecuencias que a aquella misma hora tuvo el
atentado de ETA, en la calle Torrelaguna, en Madrid, en noviembre 2000».
Romper con
la rutina también salvó a la modelo Raquel García (en la foto). «Ocurrió
cuando yo era adolescente -nos relató-. Cada tarde acompañaba a mi tío,
conserje de un instituto, a hacer su ronda de vigilancia. Pero aquel día no
pude, porque empezaba a ir a clase de ballet. Él fue solo y, al llegar al
Instituto, sorprendió en secretaría a unos estudiantes que querían cambiar el
resultado de los exámenes. Los alumnos tuvieron miedo de ser delatados, tiraron
a mi tío por una ventana y le mataron. ¿Qué habría pasado conmigo si le
hubiera acompañado? Nunca lo sabré».
Objetos perdidos
Las
coincidencias son a veces tan benignas que nos permiten la «recuperación de un
objeto perdido o robado que para nosotros es importante. Así, Julián Ramos (en
la foto), que sufrió el robo de una guitarra mientras descargaba el maletero de
su coche, se enteró un año y medio después de que un amigo suyo iba a comprar
una guitarra eléctrica de segunda mano. «Sospeché por su descripción que era
la mía. Fuimos juntos a casa de quien se la quería vender y confirmé que
estaba en lo cierto. El ladrón confesó y me la devolvió».
Durante su primera visita a París, hacia 1920, la escritora estadounidense Anne
Parrish encontró, también de forma casual, algo muy querido. Paseaba por un
mercadillo junto al Sena cuando vio un ejemplar de los cuentos de Jack Frost que
de pequeña había disfrutado. Al tomar el libro y abrir la primera página halló
escritos su nombre y la dirección de la casa de su infancia. Había comprado su
propio libro.
Otras veces las coincidencias nos hacen un guiño gracioso, como si fueran obra
de un malicioso «bromista», para advertimos que pongamos más cuidado en algo
o simplemente para llamar nuestra atención. En determinada ocasión, uno de los
clientes de la agencia publicitaria donde trabaja Chema Jiménez le pidió que
hiciera un casting entre vendedoras de cosmética para que una de ellas
protagonizase un anuncio. El encargo era difícil, pero al fin encontraron a la
chica ideal. Sin embargo, cuando el cliente vio la prueba sufrió una auténtica
conmoción. Era la misma mujer con quien, tras mantener un idilio apasionado,
había roto en humillantes circunstancias.
Autora de
numerosos obras de ficción, Ángeles Irisarri asegura que ha experimentado una
coincidencia que parece obra de un mago burlón. Según nos contó, «en una
ocasión en que una inspección de Hacienda me requirió una serie de papeles,
cometí la equivocación de incluir entre ellos un documento que podía haberme
puesto en una situación difícil. Cuando me di cuenta ya era tarde y el
inspector tenía la carpeta en sus manos. Recé para que no reparara en el papel
y, aunque lo tuvo delante de sus narices, no lo vio». Más allá de la situación
que se manifiesta o se percibe como coincidencia, su caso sugiere otras
definiciones, corno el poder de la oración o el de la voluntad inconsciente de
un individuo de influir en la psique del otro para que no observe lo que no
deseamos.
Las coincidencias de «líneas telefónicas cruzadas» parecen ocurrir para
recordamos que estamos unidos a nuestros seres queridos por lazos invisibles. Un
relato recopilado por Koestler cuenta la historia de Peter Moscardi, un policía
que al darle a un amigo el teléfono de su comisaría se equivocó sin querer en
un par de números. Una noche, haciendo su guardia nocturna pasó delante de una
fábrica donde había una puerta abierta y luz encendida. Entró a comprobar si
todo estaba bien y, en esos momentos, sonó el teléfono. Era su amigo. Le había
dado por error el número de esa fábrica.
Otras
veces nuestros destinos se cruzan con el de otras personas que resultarán
fundamentales en nuestro futuro. Juan Manzanera no habría pasado quizá 12 años
en un monasterio budista en Nepal, si no hubiera sido por uno de es- tos cruces.
«Acababa de llegar a Katmandú y busqué un hotel. Cuando entraba en la recepción,
un español pagaba su cuenta y se iba. Entablamos conversación. Él se dirigía
a un monasterio y me habló de este lugar, logrando interesarme. Si hubiera
llegado unos minutos más tarde al hotel o él se hubiera ido antes nunca habría
ido a visitar el monasterio, pues se hallaba en una ciudad que ya había
visitado».
También
las personas que acaban amándose llevan a veces destinos paralelos cuajados de
casualidades que anuncian su futuro encuentro. Es el caso de Ángel Alcalá y su
novia Julie (en la foto). Un año antes de que empezaran su relación, Ángel
fue contratado como entrenador en un gimnasio, situado en la misma calle a la
que por aquella fecha se trasladaba a vivir Julie, una chica danesa que
trabajaba durante una corta temporada en España. Julie comenzó a frecuentar el
gimnasio. Ángel estaba entonces casado y nada habría ocurrido entre ellos si
el «azar» no hubiese hecho que el contrato laboral de Julie se prolongara unos
meses más, «coincidiendo» con el divorcio de Ángel. Al poco tiempo, los dos
iniciaban una relación. «Dos días antes de que empezáramos a salir, los dos
tuvimos un sueño en el que nos veíamos con el otro», explica Ángel.
Este sueño parece llevamos directamente al hecho de que un número excesivo de
coincidencias son el resultado de sueños, visiones e intuiciones. Algo que ha
llevado a pensar a los estudiosos que quizá haya en ellas una función activa
del inconsciente -como si éste obtuviera una información que luego queda
reflejada en la coincidencia- y que podría tener conexión con fenómenos psí
como precognición, telepatía, etc. Así, es muy común pensar, sin motivo
aparente, en un nombre determinado, y a continuación oímos por la radio o
leemos en un Ebro ese mismo nombre. Otras veces recordamos a una persona que
hace tiempo no vemos y ésta llama por teléfono o nos la encontramos. No se
trata de situaciones en la vida cotidiana de cualquier persona.
También
hay sueños y visiones que se manifiestan como coincidencias. La famosa actriz
Concha Cuetos (en la foto) es una enamorada de Buenos Aires, urbe a la que se
siente extrañamente unida, y experimentó insólito la primera vez que la visitó.
«Estaba con una amiga a punto de cruzar una calle cuando sentí la necesidad de
decir: aquí a la vuelta hay un parquecito y una mansión del siglo XIX con un
portón grande y, efectivamente, al doblar la esquina allí estaba el caserón
que yo nunca había visto antes, pero que me resultaba muy familiar». Aunque
esto se puede atribuir a un Deja vu o al supuesto recuerdo una vida anterior.
Irene Fernández, ganadora del premio Reina Sofía 99, vivió su infancia en
Galicia. «Un día le dije a mi madre que mi tía Lourdes y a mi tío José Luis
se acercaban caminando por las montañas -nos confió-. Era algo imposible de
ver desde donde yo estaba y mi madre lo tomó como una historia de críos. Una
hora y media más tarde mis tíos llegaban inesperadamente a visitarnos». ¿Acaso
fue una premonición o un fenómeno de visión remota?
Pero no se
trata siempre de casos espectaculares. Ángeles Rodríguez (en la foto),
coautora con Julio Herrero de La llave olvidada, nos contó: «Al pasar junto a
una vendedora de flores por la calle sentí la necesidad de comprar un ramo de
rosas rojas. Por la tarde fui a ver a una amiga y se lo llevé. Curiosamente,
ella se había pasado toda la semana buscando rosas rojas sin encontrarlas». ¿Cuántos
de nosotros hemos vivido situaciones de este tipo, en las cuales una feliz
coincidencia creó un instante mágico en nuestra vida?
Científicos como Jung y Pauli interpretan como una sincronicidad más que como
una adivinación de un hecho futuro, las predicciones acertadas por astrólogos
y videntes. El citado psiquiatra Julio Herrero -que fuera presidente de la
Asociación Internacional de Terapias Holísticas Tradicionales- recibió la
predicción astrológica de que su mujer, que estaba embarazada, tendría un
parto difícil durante el cual ella o el niño podían morir. «Busqué ante
todo un buen ginecólogo y trabajamos mentalmente, concentrándonos en un futuro
positivo -nos narró evocando su caso-. Pero, cuando llegó el momento, el parto
se adelantó. Gracias a que estábamos avisados salimos corriendo para urgencias
y mi esposa y mi hija se salvaron. La niña traía el cordón umbilical
enrollado al cuello y de haber tardado una hora más en acudir al hospital habría
muerto».
Ante el lector dejamos la tarea de reflexionar sobre si unas y otras
coincidencias son proyecciones de nuestra mente o la manifestación de un
principio no causal invisible y secreto que rige nuestro destino y el de todos
los seres, poniendo orden en el caos aparente de nuestras vidas, o determinando,
sin que nos percatemos, algunas decisiones cruciales que pensamos son el
resultado nuestra libre elección o del azar.
Gloria Garrido 6/2/01