Suiza detiene al nazi Papon


L. VÁZQUEZ/0. MARTÍ, Ginebra/París--EL PAÍS sábado 23 de octubre de 1999


Papon abandonó el aeropuerto de Berna-Belp a bordo de un helicóptero a las cinco de la tarde. Se hallaba acompañado por cinco policías y un médico. Una hora después, la ministra de Justicia y Policía de Suiza, Ruth Metzler, explicó en una conferencia de prensa que la decisión de expulsarle a Francia fue tomada poco antes en una reunión extraordinaria del Ejecutivo. "El procedimiento que escogimos no le proporciona medios jurídicos ni la posibilidad de presentar una apelación. Dado que su presencia constituía un amenaza para la seguridad de Suiza, el Gobierno optó por su expulsión", precisó Metzler.

La ministra aseguró que el Gabinete se había apoyado para fundamentar la decisión en los artículos 70 y 102 de la Constitución. El primero de ellos prevé que la Confederación tiene el derecho de expulsar de su territorio a todos los extranjeros que el poder Ejecutivo (consejo Federal) tiene el deber de vigilar los intereses de Suiza más allá de sus fronteras, especialmente en lo que afecta a las relaciones internacionales.

Metzler dijo que con esta decisión su país espera proporcionar al mundo "un testimonio concreto de su voluntad de que Suiza no vuelva a convertirse en un espacio de refugio para personas condenadas por crímenes contra la humanidad".

Aplausos en Francia

La noticia de la captura y entrega inmediata de Papon fue acogida con aplausos por los parlamentarios franceses reunidos en la Asamblea Nacional. El primer ministro, el socialista Lionel Jospin, se declaró "profundamente satisfecho" y recordó que su Gobierno "asume sus responsabilidades y siempre actúa conforme a la ley". La Eliseo (del presidente gaullista Jacques Chirac) que achacaba la inesperada fuga de Papon a Suiza como "un caso de negligencia culpable"

Chirac y Jospin agradecieron ayer al unísono la colaboración prestada por las autoridades suizas. Estas pudieron actuar en el instante en el que recibieron la orden de detención, emitida en la tarde del jueves a través de Interpol.

Jospin dijo que su Gobierno había informado al suizo de la presencia de Papon en su territorio. París sostiene que la expulsión y entrega de este ex funcionario francés se hizo en aplicación de un acuerdo bilateral de 1965.

Papon fue sometido a un segundo examen médico tras ser entregado a Francia. La Policía del Aire y Fronteras francesa tenía la misión de entregarlo de inmediato a la Policía Judicial, con el fin de conducirle a la prisión de Fresnes, en la región parisina, donde debe cumplir la condena de 10 años de cárcel, que le fue confirmada el jueves por la mañana.

Papon, que no compareció ese día a la resolución del recurso, se había fugado a Suiza una semana antes, aprovechándose de una laguna legal. Desde allí declaró a través de sus abogados que prefería el exilio antes que una condena de 10 años.

Serge Klarsfeld, abogado y presidente de la asociación de hijos de deportados judíos, y padre de uno de los abogados de la acusación, tildó de "ejemplar" lo sucedido. "La opinión pública siempre creyó que Papon nunca iba a ser acusado y lo ha sido; que nunca sería juzgado y lo ha sido; que nunca se le condenaría y lo ha sido; que nunca iría a la cárcel y ya está en ella"

El ultra derechista francés Jean-Marie le Pen fue ayer la única voz discordante de la jornada al manifestar sin rodeos su disgusto ante lo que él calificó como "caza de viejos"

Papon, saga y fuga

HAY ALGO de tragicómico en el hecho de que Mauríce Papon, el antiguo dignatario de Vichy condenado a 10 años de prisión en 1998 por haber enviado a más de un millar de judíos a los campos de concentración, haya podido evadirse de Francia a los 89 años. Y que hayan tenido que ser los suizos quienes le devuelvan a su país en un ejemplo de expulsión fulminante que puede no ser ajeno a las significativas elecciones del domingo tras una orden internacional de busca y captura.

Papon desapareció de París hace más de una semana, cuando debía iniciar el cumplimiento de la pena que le había sido impuesta, y antes de que su apelación fuera escuchada por un alto tribunal. Hasta el momento de la huida, el colaborador de los nazis que siempre ha mantenido su inocencia, pese a haber firmado numerosas órdenes de deportación, y nunca mostró remordimientos por su ejecutoria en Burdeos -tenía libertad de movimientos. Ni el Ministerio de Justicia ni el de Interior habían hecho nada por mantenerle vigilado; incluso mantenía su pasaporte.

Bien está lo que bien acaba. Pero más allá de las consideraciones sobre la eficacia en este caso de jueces y policías, el rocambolesco asunto invita a reflexionar sobre la manifiesta desgana con que Francia afronta,

cada vez que se ve obligada a ello, su papel en un pasado (el del régimen colaboracionista) que rechaza recordar. De hecho, de los cuatro franceses perseguidos por crímenes contra la humanidad en los lóbregos días de Vichy, sólo uno ha acabado sus días en prisión.

En el caso de Papon tuvieron que transcurrir 17 años antes de que en 1997 y por la tenacidad de los familiares de sus víctimas se iniciara por fin el juicio contra el antiguo secretario general de la prefectura de la Gironda, el más largo y caro de la reciente historia del país vecino. Pese a ello y a su condena final, Francia, sus responsables, no ha sabido impedir la fuga de un anciano enfermo, reconocido culpable de complicidad en crímenes contra la humanidad, el delito más grave de su código penal.


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