Valencianos en los campos de la muerte

Supervivientes del exterminio nazi denuncian que algunas personas se han enriquecido a costa de su sufrimiento

El Levante 20-7-1998


«Al pasar delante de mí, un valenciano me abrazó y me dijo: “Paisano, ya no nos veremos más, dale recuerdos a mi esposa y visita a mis hijos”. Pero no me dio la dirección. Se llamaba Francisco Esteve, lo subieron a un camión. El camión se fue y regresó por la tarde. Cuando los de las SS salieron, fui a ver los cadáveres y entre ellos estaba Esteve. Los habían gaseado en el vehículo.» Cincuenta años después de la liberación, Agapito Martín, vecino de Soneja (Castellón), recuerda el asesinato de uno de los valencianos, que como él, fueron encarcelados en el campo de exterminio de Mauthausen, en Austria.

Las autoridades alemanas preguntaron al ministro de Asuntos Exteriores de Franco, qué hacía con los españoles republicanos a los que había hecho prisioneros. Francisco Aura, de Alcoi, recuerda cuál fue la respuesta: «Los españoles ya están en España, los demás son apátridas, se puede hacer con ellos lo que se estime oportuno.» Al no ser reconocidos como presos de guerra, Agapito Martín y Francisco Aura malvivieron en Mauthausen. Sus verdugos eran miembros del partido nazi y de las SS, pero también, y, mayoritariamente, ciudadanos alemanes corrientes que habían interiorizado las ideas fascistas antes incluso de que Hitler llegara al poder, según sostiene el historiador Daniel J. Goldhagen en su libro Los verdugos voluntarios de Hitler. Los alemanes corrientes y el Holocausto. Goldhagen considera además que la dictadura del Führer se limitó a reforzar el antisemitismo alemán, que, para él, ya existía en el siglo XIX. Esta misma fuente expone en el citado libro que desde 1939 hasta 1945, con la excusa de la Segunda Guerra Mundial, Hitler dio a sus conciudadanos los medios para llevar a la práctica las ideas que compartían. El historiador defiende la voluntariedad de los verdugos de Hitler porque, a su juicio, «los comandantes nazis no obligaban a los alemanes a matar». Para Goldhagen, quien no quería participar en el exterminio se encargaba de otras tareas y no era castigado. ¿Habría que incluir entre los criminales de los campos de exterminio a los prisioneros encargados de vigilar y castigar a sus compañeros? Los cabos de vara, que así se llamaban, obligados por sus superiores, hacían parte del trabajo sucio: «Los SS te mandaban ser cabo y tenías que ser cabo y te mandaban matar y tenías que matar, sino te mataban a ti», comenta Agapito Martín. Francisco Aura señala a este respecto: «Quiero recordar a los kapos españoles y de otras nacionalidades que se prestaron a servir a los esbirros del campo y que intentaban imitar a los profesionales del crimen, pensando que sólo ellos sobrevivirían.» ¿Cómo se construye un nazi? En algunas escuelas de Alemania, los niños aprendían a escribir copiando Heil Hitler y según relata Goldhagen en Los verdugos voluntarios de Hitler... el poema El Padre de los judíos es el demonio contaba que, después de la creación del mundo «el muchacho judío hizo huelga» porque«engañar y no trabajar era su objetivo». Enseñanzas de este tipo tenían por objeto inculcar a los más pequeños que los judíos eran diferentes racialmente, una hipótesis absurda sobre todo si tenemos en cuenta que los nazis marcaban a las personas de origen judío con una cruz amarilla para poder diferenciarlas del resto de presos. De acuerdo con el testimonio de Agapito Martín este método de identificación, en el campo de Mauthausen, era sustituido por un número. Las tesis nacionalsocialistas recibían el respaldo de algunas autoridades, Daniel Goldhagen en su libro sobre el Holocausto incluye entre éstas a la iglesia. En su opinión: «La principal fuente de antisemitismo en el mundo occidental había sido el cristianismo, que atribuía a los judíos el hecho de haber matado a Jesús.» Recientemente, las autoridades religiosas, arrepentidas, han pedido perdón. Es demasiado tarde para algunos. Otros creen que no es suficiente. «No existe perdón válido en este asunto», dice Agapito. El sistema educativo y el ejército alemán también estaban de acuerdo con las ideas de los nazis, según la misma fuente. La violencia, a la que Agapito se refiere con la expresión «instinto de exterminio», es necesaria pero no suficiente para perpetrar un genocidio. Acompañada de medios y de apoyo institucional puede matar a más de seis millones de personas. Sin duda, y a pesar de las tesis revisionistas —que niegan los asesinatos argumentando que de haber existido, hoy no vivirían tantos judíos— este pueblo fue el que más sufrimientos padeció. Según evidencian las cifras de mortalidad del campo de Mauthausen todos los prisioneros judíos murieron. La brutalidad en los centros de exterminio alcanzaba extremos insospechados. Azotes con látigos que en la punta tenían bolas de hierro; palizas mortales; ahorcamientos públicos que Agapito no olvida: «Te ponían un taburete, te pasabas la cuerda y tú mismo tenías que pegarle una patada al taburete»; cámaras de gas y hornos crematorios construídos, según unos, por la empresa Topf & Söhne, según otros, por los mismos presos. Agapito cree que los «crematorios (de Mauthausen) los construyeron los españoles, el primero lo hizo un aragonés». Algunos oficiales nazis también obligaban a los presos a mantener relaciones sexuales con ellos a cambio de alimentos, de acuerdo con el testimonio de esta fuente. Agapito recuerda además: «En 1942 llevaron dos mujeres al campo para que hiciéramos el amor con ellas. Los oficiales te daban un papel con un número y te llevaban donde estaban para que tuvieras relaciones en presencia de ellos. Yo nunca fui.» En otras ocasiones se realizaban investigaciones: «Si entrabas en el campo y llevabas un tatuaje, te cortaban la piel y la guardaban para hacer bolsos y zapatos... Después se han conocido estas prácticas porque muchos bolsos llevaban el número de los presos del campo», señala Agapito. Esta misma fuente comenta: «Si querían que confesases decían “español, vamos a ver cómo dices ¡ay, madre mía!’”Cuando te llamaban así, ya sabías lo que te esperaba. Lo que es la vida, en lo primero en que pensamos es en nuestra madre.» «Es vergonzoso» Francisco Aura está convencido de que sobrevivir a estos y a otros tormentos era cuestión de suerte, y añade: «A los judíos siempre se les han reconocido sus sufrimientos y sus derechos y lo considero justo. Pero, ¿qué tenemos los españoles? Ahora no tenemos ningún derecho, no hemos recibido ninguna disculpa de Alemania... Y leemos que los verdugos nazis cobran compensaciones de jubilación como víctimas de guerra. Es vergonzoso e inconcebible.» Nunca nadie podrá indemnizar a los

supervivientes de los campos de la muerte (todo el oro que los nazis les robaron a los judíos se quedaría corto para este fin) ni evitarle las pesadillas a Aura: «Algunas noches me despierto sobresaltado pensando que todavía estoy en Mauthausen» pero, a su juicio, todos podemos hacer algo para frenar a los jóvenes que, sin saber demasiado bien qué es la cruz gamada, protagonizan actos violentos. Los supervivientes de los campos de exterminio, quienes han conocido a esta juventud a cara descubierta y armada, tratan de evitar con su testimonio que vuelvan a repetirse barbaridades como las vividas por ellos durante la Segunda Guerra Mundial. campo de concentración de Mauthausen

Campo de concentración de Mauthausen


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