26-abril-2000
Julio Fuentes
«Si me dejaran, haría otro agujero de bala en la cabeza de ese monstruo», dice suavemente el almirante retirado Boris Zuvov, un anciano militar soviético que conoció personalmente a Hitler en 1939 y lo describe como un «neurótico incapaz de controlar sus emociones». El veterano marino visitaba ayer la exposición Agonía y castigo del III Reich, que conmemora el 55 aniversario de la victoria soviética sobre la Alemania nazi, una epopeya nacional que la URSS pagó con 17 millones de muertos.
Lo que maldecía Zuvov bajo el cristal de la urna es el supuesto cráneo de Adolf Hitler, el Führer que ordenó el Holocausto judío y provocó la II Guerra Mundial. «Esta es la prueba material en el caso de la investigación del suicida-> de Hitler», se afirma en la nota que explica la pieza, hasta ahora consignada en los archivos secretos del Servicio Federal de seguridad (FSB, sucesor del KGB).
Alexei Litvin, director de la exposición, en la que se exhiben 42 piezas inéditas de soberbio calor histórico, explica que Hitler se suicidó con una pistola de «impacto mínimo» marca Walter de 0,8 milímetros, según el calibre alemán de la época, considerada una «arma femenina».
El orificio lateral que presenta la única mitad del cráneo equivale aproximadamente al diámetro de un cigarrillo extra-fino. Junto a los cuerpos carbonizados del führer y de su compañera sentimental, Eva Braun, hallados el 5 de mayo de 1945 por tres soldados soviéticos, se encontraron dos pistolas.
«Hitler se introdujo una ampolla de cianuro en la boca, pero nunca llegó a envenenarse», explica el director de la exposición, organizada por primera vez en la historia con piezas provenientes del antiguo KGB, el ministerio de Defensa y archivos militares restringidos.
Los servicios secretos soviéticos (NKVD) se disputaron durante años los restos de Hitler, Eva Braun, Goebbels, los seis hijos de éste y dos pastores alemanes. «Fueron enterrados y exhumados en tres ocasiones. El Ministerio del Interior y el NKVD mantenían una guerra por su posesión y se los robaban mutuamente, hasta que finalmente fueron incinerados en secreto por orden del Politburó», relata Litvin.
En 1946, los restos fueron finalmente sepultados en Magdeburgo (antigua Alemania Oriental), dentro del perímetro de Cuartel General del Tercer Ejército Soviético, donde permanecieron 24 años. En 1970, Breznev autorizó que los restos fueran incinerados y arrojados a las aguas de un pequeño afluente del río Elba.
En la exposición también se exhiben cuatro fragmentos de la dentadura de Hitler uno de ellos con siete compactos dientes de oro, el impecable diario de Goebbels, sin una sola corrección ni tachadura. Los restos del diván donde el Führer se quitó la vida, con manchas de su propia sangre, uno de sus uniformes, colecciones de bucólicos paisajes de montaña dibujados por Hitler y otros interesantes objetos y colecciones de fotografías inéditas, realizadas por los corresponsales de guerra soviéticos durante la batalla de Berlín, completan la exposición.
Alexei Litvin admite que la imagen expuesta mas universal, aquella que retrata a un soldado ruso en el momento de clavar la bandera soviética sobre la cima del Reichstag, es lo que hoy se llama un montaje. El fotógrafo de guerra Yevgueni Jaldei la preparó el 2 de mayo de 1945 pidiendo a varios soldados que «colocaran la bandera y dispararan al aire», con lo que obtuvo «varias series».
Una de las piezas más interesantes es el aparato que media la pureza del aire en el interior del bunker porque, explica Litvin, el führer estaba obsesionado con que «envenenaran el aire».
Un general alemán describe al Hitler de los últimos meses en una película documental de la época proyectada en la exposición, con estas palabras: «Era una ruina de hombre, consumido y acabado. Lo veía inclinado sobre los mapas en el búnker con las nanos temblorosas. Hablaba muy bajo y cometía continuos errores de pronunciación».
