LAS APETENCIAS SOBRE CHINA


En los años inmediatos, la espita china sigue siendo el mejor drenaje para un Japón que continúa presionado por la crisis económica y la marea arrolladora del nacionalismo. El fracaso, en 1936, de un golpe de Estado que tiene como principales actores a los cuadros intermedios del Ejército, mostrará el antagonismo existente entre éste y los medios plutocráticos y liberales contrarios a una política de fuerza, que llevó al país a un enfrentamiento con las potencias anglosajonas. Debilitadas éstas también, a su vez, por la crisis y por una opinión pública pacifista a ultranza, aceptarán -diciembre de 1934- la denuncia de los tratados navales de 1922 y 1930 y la ocupación de parte de la Mongolia exterior con la única oposición de Stalin -febrero de 1936-. Al año siguiente se reanudaron ya ñ tambores ha/tatas las hostilidades contra China.

Un nuevo «incidente» a cargo, en esta ocasión, de bandoleros chinos, dio ocasión a que, a finales de julio, el Ejército japonés se comprometiera en una ofensiva en toda regla en la Tierra de Enmedio. Después de la ocupación de la capital en diciembre, tras una matanza espeluznante de cerca de medio millón de personas, las fuerzas de Chiang Kai-shek fueron arrolladas en todos los frentes, pese a la intensa ayuda material prestada por los anglosajones y, de manera muy singular, por Rusia. Ésta, incluso logrará momentáneamente que Mao Tse-tung, establecido después de la «Larga Marcha» -octubre de 1934-octubre de 1935- en las parameras de Shenxi, al noroeste del país, se una a su antagonista para formar un bloque monolítico ante el invasor. Sin embargo, nada detiene a éste, que, tras la ocupación de Cantón -octubre de 1938-, se apoderará de las zonas más fértiles y pobladas del país-continente.

Dos años más tarde, Tokio consigue al fin ver realizado su sueño chino: un gobierno satélite en Pekín. sometido a su custodia y tutela. El inmenso territorio se cerrará a las influencias blancas. En noviembre de 1938 se ha abolido ya el Tratado de las Nueve Potencias y con él el principio de «puertas abiertas.», dogma intangible para el capitalismo occidental.23. Ni el dictador nacionalista ni el comunista, ni tampoco el Kremlin y la Gasa Blanca, aceptarán el nuevo estado de cosas, que acelerará el enfrentamiento entre estas últimas potencias y el Imperio del Sol Naciente. El temor de Hitler hará, no obstante, como ya veremos más adelante, que Stalin se avenga de buen grado a un entendimiento con el Tenno, que así tendrá como único antagonista a Norteamérica.

El monroísmo en versión del siglo XX para el Mikado -«Asía para los asiáticos»- era una amenaza indirecta para una nación, la yanqui, uno de cuyos principales vectores comerciales se remontaba a los días del Comodoro Percius y de la «guerra del opio» -la propia familia del presidente Roosevelt había echado las bases de su inmensa fortuna en Las viejas tierras de China-, y todos los grandes trusts estadounidenses estaban dispuestos a no regatear medios ante el nuevo competidor, cuyo panasiatismo hendía las bases mismas del dominio blanco en un continente que comenzaba a cobrar conciencia de sí mismo. 24


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© 1999 Juan Luis Jimeno juanluis124@hotmail.com/ Madrid (España)

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