LA GUERRA DE ABISINIA Y EL FRENTE POPULAR


Por su parte, el Reino Unido no se mostraba tampoco muy dispuesto al enfrentamiento con una Alemania con la que, a toda costa, el Gobierno conservador de Baldwin (mayo de 1935 a mayo de 1937) deseaba llegar a un entendimiento, para centrar toda su actividad diplomática y militar en detener la ofensiva de Mussolini en el Mediterráneo que hacía peligrar la ruta de la India, ganosa de cuotas crecientes de autonomía y hasta de independencia, como ponían de relieve las campañas de Gandhi y la actuación del Partido del Congreso. 14 En octubre de 1935, desoyendo los ultimátumes británicos, Italia, integrante de la Sociedad de Naciones, al contrario de Alemania, salida de ella por decisión de Hitler en octubre de 1933, violaba las fronteras e invadía otra nación partícipe igualmente de la organización ginebrina, el imperio etíope. Las numerosas tribus que aceptaban la jefatura del Negus opusieron una tenaz resistencia a las tropas europeas, que solamente después de incontables penalidades y esfuerzos lograrían, en mayo de 1936, quebrar la indomable voluntad de independencia de sus contrincantes. La crisis internacional a que dio lugar tal episodio se intentó capitalizar por Gran Bretaña, principal potencia garante de la Sociedad de Naciones. Las medidas adoptadas por ésta a requerimiento inglés -sanciones económicas efectivas e importantes que llegaran a colapsar el sistema productivo italiano- no se tradujeron en resultado práctico alguno por el espíritu de insolidaridad de las otras potencias democráticas. 15

Dicho acontecimiento aproximé grandemente a los dos regímenes totalitarios de corte conservador. Mussolini, que tras el asesinato por los nazis del canciller Dollfuss (agosto de 1934) había frustrado los planes hitlerianos de anexionarse Austria, se acercaría ahora al Tercer Reich con gran algazara del Fúhrer, que contemplaba con indisimulada satisfacción el cuarteamiento definitivo de la Sociedad de Naciones y del sistema de alianzas europeo implantado en los años veinte.

Pocos meses después, la guerra de España soldaría el destino germano-italiano, al ayudar con armas y bagajes al bando de los sublevados y situando, con el triunfo final de éstos, un potencial enemigo de Gran Bretaña en la entrada del Mediterráneo y un eventual adversario de Francia en la retaguardia del cada vez más inminente choque entre esta última nación y el Tercer Reich. 16

La victoria frente populista de Francia (mayo del 1936), que tantas mejoras y adelantos supuso en el campo de la justicia social, no aumenté, por desgracia, la cohesión de la sociedad francesa y su talante de resistencia frente al peligro nazi. «Antes Hitler que Blum», fue el santo y seña de amplias capas conservadoras, cada vez más temerosas del avance comunista y para las que los socialistas no pasaban de ser el caballo de Troya de Stalin. La propia coalición socialista-radical estuvo presidida por numerosos equívocos y ambigüedades que no hicieron sino crecer con el paso de los días. Así, en el conflicto español los deseos intervencionistas de León Blum se encontraron frenados no sólo por la reticente Inglaterra, sino también por la renuencia de los ministros radicales, hostigados crecientemente desde el interior de su partido, desilusionado de la alianza con el SF10. que le hacía perder votos en un electorado enemigo de alterar el statu quo entre las grandes potencias. El entusiasmo despertado por la llegada, por vez primera, al poder del socialismo no tardó en dar paso a un sentimiento de generalizado desencanto y conformismo en un país cuyas viejas clases dirigentes eran presas, cada vez con mayor intensidad, de un talante derrotista. En no pocas ocasiones, en sus conversaciones de aquellos años afirmaría Hitler la hondonera moral y política en que se hallaba la enemiga tradicional de Alemania, coyuntura que dejaba a ésta manos libres para emprender en gran escala la implantación de un nuevo orden europeo.

Con el abandono por León Blum de la presidencia del gabinete en junio de 1937, volvió a imponerse en éste la supremacía de los radicales, hegemónicos dentro de la izquierda en la última etapa de la III República y exponentes ahora paradigmáticos de la crisis que afectaba a la elite política del régimen. Encarnación genuina de la pequeña y mediana burguesía francesa, el partido radical aspiraba a todo trance a aplacar al Eje Berlín-Roma, consciente, sobre todo, de la inferioridad demográfica e industrial de su país con respecto a la Alemania hitleriana. 17


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© 1999 Juan Luis Jimeno juanluis124@hotmail.com/ Madrid (España)

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