La euforia y la confianza económicas sirven ahora, como siempre, de vanguardia para un entendimiento político. A mediados de octubre de 1925, tendrá lugar en Locarno el acontecimiento más importante de política internacional europea de entre guerras. Se entierran odias y recelos y se siembran esperanza y diálogo. Alemania vuelve al escenario como gran potencia comprometida con la paz. La llegada casi simultánea a la presidencia de la República del anciano mariscal Hindenburg confirmará al conservadurismo europeo los deseos de estabilidad de la nación germana. Esta acepta totalmente la garantía ítalo-británica a la inmutabilidad de los acuerdos de Versalles, y Francia no pondrá objeción al abandono del Ruhr y a la desmilitarización de la orilla izquierda del Rin. Sólo falta para colmar el optimismo el ingreso de Alemania en el organismo ginebrino, en el que ocupará un puesto permanente en su Consejo -8 de noviembre de 1926-. La reincorporación alemana queda finalmente sellada en 1929 con la sustitución del Plan Dawes por el propuesto por otro americano, el banquero Young, que recorta la cifra de las reparaciones y elimina las cauciones que sobre ella pesan. 9
No obstante, ese mismo año, el año de la muerte de Stresseman, la crisis mundial de las finanzas incidió con fuerza singular sobre Alemania, volviendo a reproducirse, aunque con mayor y más intenso ritmo, el ciclo infernal de la depresión económica. Sería entonces la hora de Hitler.
En Italia, país al que su tardía participación en el bando aliado le privé de satisfacer todas sus grandes apetencias territoriales a costa de la doble Monarquía, los primeros años de la posguerra estuvieron marcados por el signo de la crisis política y la inquietud social. Las viejas fuerzas no lograban articular un nuevo sistema de convivencia que recogiese las aspiraciones crecientes del proletariado y de las clases medias, cuya contribución a la guerra se había demostrado decisiva. Los intentos de reconversión industrial provocaron cl temor de los sindicatos y partidos obreros y, durante varios años, el desorden en la calle y la polarización social. La impotencia del Estado conduciría finalmente a un clima de preguerra civil, con un comunismo en imparable ascenso y un arrollador movimiento fascista, dispuesto también a imponer por la violencia el triunfo de sus ideales. Las tendencias centristas, representadas por la democracia cristiana, quedaron desbordadas por el pugilato de extremismos y la Corona vio en la entrega del poder a Mussolini y sus fascios la mejor solución provisional hasta tanto no se arbitrase un remozado y sólido bipartidismo. El expediente provisional se trocaría pronto en una situación consolidada, al imponer Mussolini la dictadura ante la pasividad de casi toda la nación y el aplauso de no pocos de sus habitantes. 10
El irredentismo mediterráneo y la suplantación de Gran Bretaña en este mar fue la principal línea de la política exterior del fascismo, que, en un primer momento, se contentó con centrar sus miras expansionistas en los territorios de África del nordeste. En el camino habría de chocar con el imperialismo inglés, al paso que sus simpatías filomagiares le opondrían a Francia, conduciéndole al entendimiento con Hitler, al que durante bastante tiempo despreciaría. 11
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