ASIA EN LA TORMENTA. EL EXPANSIONISMO JAPONÉS


Los vientos de guerra no soplaban sólo en el cuadrante occidental del viejo continente. En las tierras del Celeste Imperio se habían incendiado ya extensas porciones de Manchuria y sus regiones septentrionales.

En efecto, el vasto país se encontraba desgarrado, desde tiempo atrás, por las luchas internas entre comunistas y nacionalistas del Kuomintang y las campañas intermitentes entre estos últimos y Japón a partir de 1931. 18

Penetrados de una cosmovisión europeocéntrica, vigente con toda plenitud en los años treinta, los estudiosos posteriores han escudriñado las causas de la segunda guerra mundial casi exclusivamente a su luz, sin conceder, de ordinario, toda la trascendencia debida al protagonismo de un Japón que convirtió ¡a contienda europea en una conflagración mundial.

Situado a pleno sol de la Historia en el escenario de las naciones líderes de la civilización contemporánea, corno efecto del cambio de bases experimentado por su soc5iedad, todavía feudal en el penúltimo tercio del siglo XIX, los tratados que pusieron fin a la primera guerra mundial en Asia no satisfacieron a la opinión pública nipona, pese a haber adquirido su país un preciado botín a costa de muy escasos riesgos y peligros. 19 Todas las posesiones alemanas en el Pacífico, archipiélagos de las Mañanas, Carolinas y Marshall, así como los dominios y privilegios en la China continental reconocidos por los artículos 156-158 del Tratado de Versalles no bastaron para acallar a los activos sectores japoneses nacionalistas

-Sociedad de las Virtudes Militares, Sociedad de los Antiguos Combatientes-, que acusaban a sus gobernantes de débiles e ineptos al no prever la crisis que se abatiría sin remedio sobre el Tenno a consecuencia de la superpoblación y la superproducción. 20

La vieja China constituía desde todos los puntos de vista el territorio abierto a la expansión demográfica y comercial del Mikado. Para desgracia de éste, sin embargo, sus ambiciones chocaban en «la Tierra de Enmedio» con las de otras naciones -Rusia, Gran Bretaña- y, singularmente, Estados Unidos, dispuestos a todo antes de dejar el mercado chino en poder de una sola potencia, convertida, por contera, en campeona de la causa amarilla como era la japonesa.

El panorama de los años veinte fue muy agitado en toda la zona, especialmente tras la muerte de Sun Yat-sen, figura carismática del Kuomintang, partido que aglutinó a China tras la atomización que dio lugar a la caída del imperio manchú. 21 Por la presión de Estados Unidos, aliado de Sun Yat-sen, Japón debió renunciar a la casi totalidad de sus concesiones. Acto seguido, las naciones anglosajonas se coaligaron para impedir un cambio e1. su tradicional influencia en todo el sudeste asiático. Mientras que por el Tratado de Washington -13 de diciembre de 1921-Japón tenía que renunciar a casi todas sus posesiones en Siberia, en las islas Sajalin y en la misma China, por el polémico tratado naval firmado en la misma capital estadounidense pocas semanas después -é de febrero de 1922-, su escuadra no podría superar las tres quintas partes de la de los Estados Unidos, que por su lado tendría que renunciar al establecimiento de nuevas bases en el área del Pacífico occidental.

Como único país industrializado de Asia, Japón sufrió la restricción del mercado interno, los embates de la gran crisis del sistema capitalista de 1929 y, sobre todo, la contracción de su mercado externo Ello llevaría a la poderosa industria nipona al cierre incesable de establecimientos, al desempleo y a la agitación social. Con unas organizaciones obreras muy mal vistas por las autoridades y las esferas de poder, el ejército, a través, singularmente, de su oficialidad de origen campesino, vehiculará el sentimiento de frustración que invade el país Hasta entonces divergentes, los intereses castrenses y los de la gran burguesía se unirán en el deseo de buscar en la aventura exterior la solución a los apremiantes problemas que atraviesa su patria.

Pretextando el ataque de bandas incontroladas por el Gobierno del dictador rnanchú, Chang Hsue-liang, sobre el ferrocarril meridional de esta región, en construcción y explotación por el Mikado, el general Honjo, jefe de las tropas allá estacionadas para proteger la línea férrea, bombardeó Chingchow y se apoderó, en las si nanas siguientes, de toda Manchuria con el fin de asegurar la suerte de sus compatriotas allí radicados. El incidente de Mukden -17 de septiembre de 1931- estuvo a punto de convertirse en una guerra generalizada cuando, ante el boicot decretado por Nanking a los productos japoneses, hizo que el Tenno desembarcara a su infantería de marina en Shanghai.

En medio de un gran encrespamiento de los círculos diplomáticos internacionales y de la primera gran tormenta que sacudió los débiles cimientos de la Sociedad de Naciones, cl conflicto pudo evitarse con la intervención de Londres. Japón no renunciaba, sin embargo, a su presa.

El último emperador de la dinastía manchú, Pu Yi, fue entronizado a la sombra de las bayonetas niponas como emperador del Manehukúo, que rompía sus vagos e indecisos vínculos con China, no obstante las protestas de ésta. En septiembre de 1932, el gobierno del nuevo territorio aceptaba y reconocía la presencia de fuertes contingentes japoneses.

Aprovechándose de la guerra civil que corroía a China, las tropas del Mikado irían ampliando en los meses siguientes su dominio sobre la mayor parte del área septentrional del inmenso país. Entre tanto, las reclamaciones de Nanking en Ginebra contra el imperialismo nipón y la creación del Manchukúo tendrán como resultado final, después de una inacabable tramitación diplomática, la negativa a aceptar lo construido manu militan por Japón y. consiguientemente, la salida de éste de la Sociedad de Naciones (27 de marzo de 1933) 22


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© 1999 Juan Luis Jimeno juanluis124@hotmail.com/ Madrid (España)

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