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ACERCA DE 'ÉPICA DEL NAUFRAGIO'Los paisajes observados en este libro, ‘Épica del naufragio’, son contemplados desde varias perspectivas. Al igual que la luz forma siempre parte del paisaje, en los versos del libro el tema del amor ocupa de forma continua un lugar inmanente. Todos los sentimientos materializados en palabra escrita, todos los versos nacidos de la inextinguible ansiedad del saberse concluido sucesivamente, son variaciones de un mismo paisaje, de un mismo sentir, de una misma experiencia trastornada por la memoria, por los recuerdos, por el afán de evitar el paso del tiempo, de evitar la pérdida del instante dichoso al ser rememorado y revivido en la memoria y en el verso. Retrospectiva idealizada del único tiempo en que los recuerdos no presentían ser todavía morada constante del presente. Todo nos aleja, o tal vez nos acerca. Quiero reflejar con el título de ‘Épica del naufragio’ una visión de la existencia que advierte un desenlace irrebatible, un final del camino decretado del que somos conscientes. La vida es un viaje urgente que a veces nos parece eterno por su mágica fugacidad, como la estancia de Odiseo en la isla de Ogigia. Pero también es, sin embargo, un continuo naufragar, pues somos concientes de que el tiempo prosigue con o sin nosotros, que la eternidad es precisamente la mitología que define el tiempo que desconocemos aunque creamos soñarlo. La esencia de esta fascinación borgiana y de este naufragio inevitable, del saber de la muerte venidera y presentir su continuidad innombrable, es el desenlace del libro, la única llegada al origen del término, al mar de Manrique en el que todos los ríos acaban tras el tránsito inconstante del que nos habló Heráclito. Pero al igual que Leopardi, yo también siento que ‘el naufragar me es dulce en este mar’. José Manuel Martínez Sánchez Ítaca, 22 de diciembre de 2003 |
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