JUAN JOSÉ DOMENCHINA.
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JUAN JOSÉ DOMENCHINA

Biografía.

    Nace en 1888. Es hijo de una familia de ingenieros de caminos.  Maestro nacional, carrera que nunca ejerció. Fue asiduo colaborador en revistas y diarios madrileños, sobre todo en El Sol, y con el pseudónimo de Gerardo Rivera, en La Voz.

Publicó sus primeros poemas a los diecinueva años, El poema eterno (Madrid, 1917), prologado por Ramón Pérez de Ayala. Más tarde inició en las páginas de El Sol su impagable labor como crítico literario, bajo el seudónimo de Gerardo Rivera que se haría famoso.

Ya en 1921 conoció a don Manuel Azaña, que dirigía entonces La Pluma, junto con el que sería su cuñado más tarde, Cipriano Rivas Cherif. Colaboró entonces en la revista y se inició así una entrañable amistad entre los tres que sólo terminaría con la muerte.

Cuando Azaña funda Acción Republicana en 1925 cuenta con el poeta Domenchina y así mismo en 1934, cuando se funda Izquierda Republicana. Desde entonces, hasta su exilio, ya no se separó de su amigo y mentor.

Las oficinas de Presidencia siguieron establecidas en el palacete de la entrada de la Castellana. "Llevóse allí (Azaña) de subsecretario a Enrique Ramos, y en calidad de secretario particular a Juan José Domenchina, conocido poeta entre los jóvenes y amigo nuestro desde los tiempos de "La Pluma". Era muy devoto de mi cuñado y asiduo de la tertulia del Regina y bienquisto de aquella compañía selecta", escribió Rivas Cherif.

    Acumuló luego a este cargo de secretario particular, el de secretario político hasta que en 1935 dimitió por razones de salud. Padecía dolores reumáticos que en ocasiones llegaban a dejarle paralizado. Pero mantuvo siempre su amistad y devoción por el presidente de la República.

    Es lástima que las notas que el poeta tomó para escribir la biografía de Azaña se hayan perdido, como tantas otras cosas. Pero no se perdieron sus obras en verso y prosa. El hábito, novela corta (1920) y sobre todo La túnica de Neso (1929), novela vanguardista y original.

Más conocido como poeta, La corporeidad de lo abstracto lo llevó a la más alta fama. El libro lleva un prólogo de Enrique Díaz Canedo, crítico reconocido. "Este poeta medita y el tema de su meditación no es otro que el hombre, su origen, su destino, su agonía, es decir, la lucha constante con cuanto le rodea, y, más terrible aún, consigo mismo".

    Al ser nombrado jefe del Servicio Español de Información creó el Boletín de Información y el Suplemento Literario del Servicio Español de Información, en el que colaboró Antonio Machado. Emigrado a Valencia con el gobierno republicano, Domenchina fue miembro del Consejo de Colaboración de la revista Hora de España, y, ya en Barcelona, colaboró en las páginas de La Vanguardia.

    En enero de 1938 fue nombrado secretario del Gabinete Diplomático de la Presidencia y allí permaneció hasta la dimisión de Azaña. Amigo y colaborador inseparable, acompañó al Presidente en todos sus desplazamientos. En febrero de 1939, Domenchina y su mujer, la también escritora Ernestina de Champourcin, abandonaron España para siempre, radicándose en México..

    En México, el poeta trabajó en labores editoriales hasta su muerte en 1959. Azaña nunca olvidó a su amigo y confidente. En carta a don Angel Osorio , el 28 de junio de 1939, ya en Francia, escribe: "He obtenido del Presidente Cárdenas un puesto, también en la Casa de España, para Domenchina, que ha estado tres meses en Toulouse, con su familia, pasando las penas derramadas".

    Como tantos republicanos españoles, Domenchina murió en el exilio, pobre y olvidado, añorando Madrid. En una antología de versos, titulada Perpetuo arraigo, escribió: "Todos los libros que cito, como otros que no están representados en la presente selección, los escribí en México, pero desde España, a través de una década de dolor esperanzado y añorante, de 1939 a 1949".

    Su vida en el exilio fue triste y vacía. El poeta se consideraba una sombra viviente, sin posibilidad de reflejarse en nada ni en nadie. No obstante, publicó libros significativos: Destierro (1942), Pasión de sombra (1944), Tres elegías jubilares (1946), la segunda de ellas dedicada a Azaña; La sombra desterrada (1950) y El extrañado (1958).

    Gracias a su empeño, se difundió la obra de los exiliados españoles y hay que recordar la serie de artículos que publicó en el diario Hoy, con el título general de Pasión y muerte de la República Española. En ellos se narra su experiencia al lado de don Manuel Azaña y se aportan datos de interés para conocer el conflictivo panorama de aquellos años. También en su Antología de la poesía española contemporánea, que se convirtió en toda la América de habla española en referencia y cita obligada, y desconocida entre nosotros.  

Publicó dos tomos de crítica literaria, Crónicas de Gerardo Rivera, y Nuevas crónicas de Gerardo Rivera. Y se le deben ediciones de Espronceda, Fray Luis de León, Unamuno, Cuentos de la vieja España, y traducciones de Rilke (Las elegías de Duino) y -en colaboración con su mujer, la poetisa Ernestina de Champourcín- de Emily Dickinson,

    Parece ser que sintiendo acercarse "la mano de nieve" quiso venir a morir a Madrid. La cruel dictadura le negó la entrada. No podían olvidar que había sido secretario personal del "odiado" Azaña. Así, murió en Méjico, el 27 de octubre de 1959, a causa de un enfisema pulmonar.

Pero nosotros sabemos que murió, como tantos otros, de España, de su ausencia.

Sus restos fueron a parar al glorioso cementerio español de la capital mejicana. Su mujer quiso llevarle un ciprés de Castilla para acompañarle eternamente.  

 

REGRESO

   

 

 

 

 

 

 

Obra  

Por una de esas burlas que el destino perpetuamente juega a los desterrados, Juan José Domenchina (Madrid, 1898-Ciudad de México, 1959), poeta y crítico que con mucha justicia puede situarse dentro de la corriente de la Generación del 27, ha sufrido durante años el desaire intelectual de los estudiosos de las letras de esa época. Víctima más del éxodo literario provocado por la Guerra Civil, el haber escrito una vasta obra que abarca más de veinte poemarios, novelas, traducciones, crítica y un sinnúmero de crónicas periodísticas, no ha coadyuvado a que su nombre permanezca indeleble en las marquesinas de los poetas del 27. Poco asiduo a los cotilleos y tertulias literarias, tan en boga en el Madrid de principios del siglo XX, a las que asistía en contadas ocasiones, y no obstante su fama de hombre culto, desde entonces se vio desplazado del torbellino que envolvía figuras como Lorca, Cernuda, Aleixandre, Salinas, Alberti, siendo considerado como un poeta menor. Su exilio en México, que se extendió hasta su muerte, pues no pudo volver a España durante la dictadura, ya que había sido secretario y amigo íntimo del derrocado Manuel Azaña, propició aún más que su nombre fuera omitido cada vez que se hablaba de la vanguardia española, e incluso podría aventurarse, olvidado.

A pesar de este injusto descuido, la obra de Domenchina merece ser rescatada (labor que, muy acertadamente, ha iniciado Amelia de la Paz, con la compilación y publicación de la poesía completa de Domenchina; empero, esto es apenas un pequeño paso en la revalorización de sus escritos), dada la importancia que supuso dentro del grupo antes mencionado, y sobre todo, para un aspecto que también ha sido hecho a un lado: la vertiente surrealista en España. Esta faceta, aunque imperiosa, naturalmente no fue la única que privó en los textos de Domenchina, quien era un constante experimentador de la renovación estética, pero sí es evidente que representa con indudable vigor el escaso espectro del surrealismo en España.  

A pesar de la precocidad -publica Del poema eterno a los diecinueve años-, Domenchina es antes escritor de oficio que poeta indeclinable. Su punto de partida está en el posmodernismo, con influencias de Juan Ramón Jiménez. Pero Domenchina se parece más a Ramón Pérez de Ayala, prologuista de su primer libro, con quien comparte la sutileza, el rigor conceptual, la sequedad, la inspiración «literaria» (Quevedo, entre los clásicos; Valéry y Guillén, entre los modernos), la tendencia a la ironía amarga y la sátira, el barroco rebuscamiento verbal, que llega al colmo en la críptica, enrevesada expresión de Dédalo, libro con el que su autor se incorpora, bastante externamente, a la boga surrealista. El talento de Domenchina encuentra su mejor cauce en las formas clásicas del barroquismo español: la décima, el soneto. En los últimos años, al tema sexual y al de la muerte se une el de la nostalgia del expatriado: Exul umbra, La sombra desterrada, El extrañado. Este sentimiento, y una mayor tersura formal, dan a los citados libros un acento de sinceridad, dignidad moral, grave estoicismo, por los que Domenchina se hace acreedor, en definitiva, al título del poeta.

Dos son las obras en que Domenchina aborda las técnicas surrealistas: la novela La túnica de Neso, publicada en 1929 (la cual merece un extenso estudio independiente), y su poema Dédalo, de 1932. Sin embargo, esto no es el resultado de emular sin más la corriente francesa; muy al contrario, era un intento por alejarse de la copia fiel y buscar la propia esencia en la vorágine de elementos que fermentaban en España:

"Con Dédalo -escrito en 1931- conseguí yo exonerarme de muchas pesadumbres. A la sazón, cada quisque se desayunaba con su Eliot, almorzaba con su Joyce, se bebía, a manera de té, los posos o rebañaduras de Freud, resignándose, por último, con una colación surrealista o a la francesa. Era un difícil y crítico momento literario que había que superar. El auge de lo andrógino, lo blandengue, lo sibilino y lo contrahecho -es decir, de lo jorobado, de lo confeccionado, contra la naturaleza, adrede- me exasperaba. Como reacción natural, concebí mi Dédalo".

  • Dédalo es un extenso poema escrito en versículos, libertad con que Domenchina abandona sus estrictas normas métricas y rítmicas del pasado, pero que a la vez constituye cima y clímax, pues tras esta experimentación vanguardista, en su poesía posterior retomará las formas métricas tradicionales, hasta llegar en El extrañado (1958) a la máxima depuración estética.

Dividido en treinta partes, cada una correspondiente a las letras del alfabeto, en Dédalo se asiste al desfile de todas las pasiones humanas que, ocultas en lo más recóndito del subconsciente, estallan en forma de los siete pecados capitales: gula, avaricia, pereza, lujuria, ira, envidia y vanidad. Esta preocupación por atraer al mundo material los entes que dominan el espíritu humano ya se había manifestado en un poemario anterior, La corporeidad de lo abstracto (1929), especialmente en la sección titulada “Caprichos”, que al igual que las radiografías goyescas, expone en treinta y dos estampas las virtudes y vicios que más tarde encontrarían su máxima expresión en las redes de la vigilia surrealista.

Pero Domenchina, como antes se ha mencionado, no se concreta a trasladar las técnicas francesas a su temática; en realidad, en Dédalo confluyen un sinnúmero de elementos que lo convierten en uno de los poemas más complejos, barroco y a la vez vanguardista de la literatura española. El uso de la palabra exacta, fundamental en toda su obra, cobrará aquí un importancia vital, llegando tal vez a excesos idiomáticos que exasperaron en su tiempo a más de un crítico y no pocos lectores, quienes acusaban de una obscuridad gongorina a su autor. Y es que para Domenchina, la base de su credo estético se encuentra en el empleo acertado y pulcro de la palabra, lo que lo impulsa no sólo a emplear los más recónditos arcaísmos y términos médicos, científicos y profesionales propios de innumerables áreas, sino a renovar el lenguaje desde dentro, creando neologismos, españolizando frases latinas, verbalizando sustantivos, sustantivando verbos. Además, todo ello imbuido dentro de la herencia modernista que rescataba las alusiones mitológicas, evidente desde el mismo título. Pero este Dédalo moderno, abandonando los sótanos de Creta, se adentra en el laberinto de la mente humana, y recorre los pasillos del inconsciente, donde los peligros que lo acechan son sus propias pulsaciones, y las alas que lo salvan son sus ansias de libertad, a la que se llega por medio del reconocimiento de los vicios como inherentes a la naturaleza del hombre.

El poema se inicia con el nacimiento de los hombres, que son arrojados al mundo tras haber surgido del limo de aguas putrefactas, animados por un sol que no acaba de formarse y que los ubica en ese momento que se hace eterno, entre la noche y el día, entre el sueño y la conciencia, hijos todos de una corrupción perpetua:

¡Fiebres jaldes, fiebres del icor, del lentor,

fiebres del telúrico puerperio,

sobre la tierra monda, aguazal de míseros,

corrupto,

donde aún sobrenadan las siete densidades del

hombre,

es decir, la enjundia de la creación, indeleble!

No hay más, apenas; la resurrección de la carne,

que bosteza ahítos de diluvio sin término

(deidad fecunda y húmeda, mujeres por doquier,

como algas)

bajo la calentura verdinegra de los pantanos

que suben sus mosquitos hacia el desdén de los

cielos incorruptibles.

Tras este alumbramiento, el hombre se erige rebelde ante su creador, ídolo caído que rememora a aquel dios degradado al que cantaba Lautrémont. Y aunque en el poema no se hace una enumeración o referencia totalmente explícita a los siete pecados capitales (y mucho menos se abordan desde una visión de censura o maniqueísmo), en este primer desafío al cielo se encuentra ya el primero de ellos: la vanidad, la soberbia que provoca el enfrentamiento y la burla hacia lo establecido:

(¿Quién habla de derechos que no sean los míos?

¡Nupcias que autoriza mi pierna entre los muslos

de la joven desposada, ineludible privilegio que

me augura y asegura el auge inmarcesible de mi

Semen!)

No son graciosas dádivas los poderes que exhibo.

Porque supe enfrentarme con el primogénito de

los muertos que venía con las nubes,

agitando torrentes de voz “como ruido

de muchas aguas”, y diciéndose el Primero

y el Último, Alfa y Omega de todo lo creado. (274)

La voz poética de Dédalo es la sombra de los hombres, una especie de doble obscuro que se encuentra dentro de cada individuo, atrapada en el sueño, y que domina desde dentro al individuo, metaforizando las pasiones del subsuelo:

Se dice, oímos decir, cosas extraordinarias, sin

interés, magníficas;

cosas seculares, cosas que ocurren en la faz de

la tierra, inverosímiles

para nosotros, hijos de la sombra, raíces inefables

de sombra. (278)

La avaricia es el segundo de los pecados enumerados. Esta sección, que abarca los poemas d, e y f, presenta el tan socorrido tópico de la igualación de la raza judía con la codicia más abyecta ( Algo hay, lucro, bellísimo para los que trafican: la/ señal del converso en el hombro: un pasado/ solvente), y a la riqueza, no como madre de los vicios, sino como la única forma de obtener siempre, por la vía más fácil, todos aquellos placeres que ansía el hombre y que desencadenarán las restantes degradaciones. Poco a poco, pero de manera constante, el oro del judío se extenderá por el mundo, y con ello la marca del siniestro por todos los ámbitos:

Hijo, escucha mi palabra: has de ser varón

prosperado.

No te acongoje el que huyan de tu lecho las

bellas mujeres ortodoxas:

por usucapión serán tuyas, un día.

Vástagos de Israel inundarán el mundo:

todos tendrán tu nariz, como pico de accípitre. (285)  

La sección que ilustra la lujuria es la más larga y donde se hacen más evidentes los elementos surrealistas, con su gusto por lo blasfemo, lo escatológico, el regodeo en la sensualidad de la crueldad (carne cruda de la pasión sexual, delirantes/ omófagos: hay un sadismo caníbal que nutre/ y pone los ojos en blanco). Sin embargo, Domenchina no se deja atrapar por completo, y dedica las primeras líneas a una cáustica advertencia en contra del psicoanálisis (...Pero uno/ no debe exhibir el grito de sus genitales,/ porque los psiquiatras siempre aciertan/ en el peor de los casos), destrozando a Freud y sus seguidores literarios sin compasión.

El amor que se exhibe como resultado de la incontinencia siempre es un amor adúltero y prohibido, donde se presenta a la mujer como receptáculo de todas las maldades y abominaciones, siempre dispuesta, aun la que se supone más casta, a perpetrar sus engaños con cualquiera, lo que convierte a una gran mayoría de los hombres en títeres de las perversiones femeninas:

Tu, quienquiera que seas, de testa bicuspidada o

biastada, quizá ramificado como el ciervo,

posiblemente con más cuernos que el amable

dragón apocalíptico:

di a tu honesta mujer que no minotaurice

a los honrados padres de los hijos que adoptas;

que no los traicione en tu lecho

de genitor estéril, honorario;

de Patriarca putativo. (302)  

Este tipo de hombre pusilánime, al igual las mujeres (a las cuales se les da un tratamiento de inferioridad a todo lo largo del poema, del cual solamente se salva, tal vez, la hembra “hipergenital”, como corolario de la lascivia), es despreciado por su desidia, por su incapacidad para aprehender tanto las virtudes como los vicios que anidan en su laberinto mental. La breve mención al pecado de la ira, en algunos versos del poema, corrobora esta idea, pues desnuda a este tipo de individuos que, si bien aparentemente pueden gozar del aprecio de sus coterráneos, nunca llegarán a las cumbres del éxito, ni lograrán disfrutar, por ende, ninguno de los placeres de la vida:

Todo aquel que no estrangule o degüelle a

su hermano

en el instante puro del furor y la ira,

posiblemente será acepto a los dioses exangües

y bienquisto de los hombres de buena voluntad,

pero no será nunca el ápice de las grandes

empresas,

ni el Conquistador y Fundador de la Gloria,

ni el Poeta caudal, el Magnífico que señoree la

Cima y sus vértigo. (303)

La enumeración caótica, el gusto por lo escatológico, las visiones más absurdas de la vigilia, encuentran su expresión máxima en los excesos de la gula, donde, emulando las pantagruélicas páginas de Rabelais, Domenchina concentra su lenguaje barroco, colocando cada palabra en el sitio exacto y dibujando las escenas más hiperbólicas sin que un solo vocablo sea común y corriente. Al igual que en lujuria, la crueldad, herencia de Lautrémont, va de la mano de este placer, al cual el sujeto lírico nos insta a disfrutar sin reticencias:

Edesia: los pastores crióforos saben que

en nuestros vientres anida una alcahazada

de inexorables buitres

que no conocen la saciedad: como la pituitaria,

nunca ahíta

de los ásperos olores cabríos:

efluvios que enajenan y enloquecen la

voluptuosidad carnívora del anfitrión

que se monda los dientes con el dérmatoesqueleto

de un insectillo acicular. (306-307)

La envidia se encuentra también justificada ampliamente dentro de las pasiones que remueven el corazón de los hombres, como resultado directo de esa ambición que los mueve a tratar de conseguir todo sin detenerse a medir las consecuencias. La continuidad de Dédalo se hace cada vez más evidente: cada uno de los pecados va engendrando, como consecuencia, a su sucesor: la soberbia del demiurgo lo hace anhelar riquezas, con las que se consigue todo cuanto se encuentra dentro de las visiones hedonistas: ocio exacerbado, mujeres, manjares, y la falta de esto impulsa, por medio del furor, a envidiar todo lo que no se posee; y vuelta al círculo, siempre habrá algo que no se tiene, y que arrojará sin miramientos a las aguas de este vicio:

El coridón va a la zaga del diamante, mas no

le muerde el calcañar; preterido, es dos

veces mordido por él.

¿Y queréis que las menos agraciadas de las bellas

no lleven un cangrejo -o cáncer módico- de

rencor y de angustia en la matriz delirante y

sin amigo?

¿Ignoráis acaso que el tahúr perdidosos

propende a soltar la bramona?

Respetad el dolor más profundo: ¡ay, dolor de

las propias entrañas! (310)

La última parte de Dédalo está dedicada al escarnio de la pereza, única podredumbre en la que se deja adivinar cierto halo de censura, y que de forma muy parcial se atañe como propia de la gente del sur de España, situación también extraordinaria en el texto hasta este momento, en que la exposición laberíntica se había hecho en un lugar de ensueño y sin nombre, y que a la vez, resulta por lo mismo la más endeble del poema. Nuevamente, es en la mujer donde se concentra con mayor ahínco la vileza del mal:

Y... ¡ay! Mujeres torvas, desgreñadas, mujeres

percudidas, todas pringue en las greñas,

relámpagos de acero en las negras pupilas,

desgarran su pasión, que ruge descosida y

convulsa

en los faralaes polutos y en los descotes de las

blusas sardosas

¡mugre que se mitiga en el moreno de las carnes

macilentas! (315)  

El recorrido del poema se da forma circular y se mantiene perpetuamente dentro de las visiones del ensueño, atrapado en este nuevo laberinto que forma, ahora, el inconsciente humano, y del cual no se puede escapar, sino simplemente, aceptar tal y como se da. Esa luz endeble del sol “anémico” que hizo nacer a los débiles humanos, y que mantuvo durante este tiempo al yo lírico en la vigilia, se apaga sin haber logrado alumbrar más allá de las regiones del delirio, devolviendo todo, como las caídas alas de Ícaro, de nuevo a las sombras del sueño perpetuo; tras la aceptación de los vicios y su imposibilidad de separarlos de la esencia humana, el único recurso que queda es volver al sueño:

Dejadme. Hay que dormir, frente a la gloria

cruenta

de esta sazón (...)

Es menester dormir, viejo amor de los siglos,

ácrono, delirante. ¡Y se habla de eternidad

en tu nombre! (316)  

Es indudable que el genio de Domenchina no se dejó arrastrar servilmente por el furor del surrealismo francés, sino que logró atrapar las técnicas y temas que más se acercaban a su realidad estética, y transformarlos de forma que adquiriesen un sentido verdaderamente español, propio dentro de la evolución literaria que se fraguaba en su momento, y que lo convierte, a despecho de los que hasta el momento han ignorado su nombre, en un verdadero representante de la vanguardia más pura y aguda que se dio dentro del grupo de poetas que conformaron la llamada “otra” Generación del 27. El exilio forzado no logró apagar esa llama que es de las pocas que permanece en la vigilia española.

 

REGRESO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

POEMAS DE JUAN JOSÉ DOMENCHINA

 

Mañana será Dios.

Esta yacija, donde se desploma

noche a noche el despojo de mí mismo

no es cauce para el sueño, sino abismo

Al que mi angustia de caer se soma.

La sábana, que cubre y que no toma

la forma de mi cuerpo, en su mutismo,

sin un pliegue de amor, dice lo mismo

que mi despego y en el mismo idioma.

...Mañana será Dios, y su porfía

sacudirá, violenta, al mal dormido

con su irrupción de polvo o nuevo día.

Aquí no hay alta noche, y, tras la hora

más oscura de un cielo descendido,

se enciende el sol, de pronto, sin aurora.

            ...ooo000...000ooo...

Dolor humano.

Aquí en mi jaula estoy, con mi jauría

famélica. El escaso nutrimento

de mi carne no sirve de sustento

a la voracidad en agonía

de este tropel devorador que ansía

mi cotidiano despedazamiento

y que ataraza, en busca de alimento,

mis huesos triturados, noche y día.

Pero no me lamento; no podría

dolerme yo, Señor, de mi tormento

junto a tu cruz, que blasfemar sería.

Múltiple fue tu compadecimiento,

-por todos tu sufrir-... y en mi agonía

no cabe más dolor que el que yo siento.

                        (De La sombra desterrada).

         ...ooo000...000ooo...

           Hastío.

   Hastío -pájarraco

de mis horas-. ¡Hastio!

Te ofrendo mi futuro.

 

   A trueque de los ocios

turbios que me regalas,

mi porvenir es tuyo.

 

   No aguzaré las ramas

de mi intelecto, grava

No forzaré mis músculos.

 

   ¡Como un dios, a la sombra

de mis actos -en germen,

sin realidad-, desnudo!

 

   ¡Como un dios -indolencia

comprensiva-, en la cumbre

rosada de mi orgullo!

 

¡Como un dios, solo y triste!

¡Como un dios, triste y solo!

¡Como un dios, solo y único!

    ...ooo000...000ooo...

 

   Señor, ¿Por qué pesa mi alma?

Sus manos débiles, de niña,

¡no pueden jugar con mi alma!

          (De La Corporeidad delo abstracto)

          ...ooo000...000ooo...

 

          Distancias.

   Distancias.

En la vida hay distancias.

 

   El hombre emite su aliento,

el limpio cristal se empaña.

 

   El hombre acerca sus labios

al espejo...,

pero se le hiela el alma.

 

   (Pero... se le hiela el alma.)

 

   Distancias.

En la vida hay distancias.

        (De El tacto fervoroso)

         ...ooo000...000ooo...

 

       Doncel póstumo.

   Caliente amarillo: luto

de la faz desencajada;

contraluz que es atributo

y auge de presunta nada,

muerte! Por la hundida ojera

se asoma la calavera,

ojo avizor de un secreto

que estudia bajo la piel

su salida de doncel

póstumo: don de esqueleto.

               (De Margen)

    ...ooo000...000ooo...

 

   En los almendros precoces

un candoroso aleluya.

 

   Los tomillos tienenflor

y olor de niña desnuda.

 

   Sólo los chopos más verdes

huelen a verdes de luna.

 

   Los vericuetos del monte

suben y quieren que suba.

 

   Como las vides, mi agraz

siente promesas de azúcar.

   

   Los tomillos tienen flor

y olor a niña desnuda.

 

   Sólo los chopos más verdes

huelen a verdes de luna.

       (De Curso solar.)

       ...ooo000...000ooo...

 

            Dánae

   Ya rosas, sí, Pasión en llama. Oler primicias

es júbilo. También el cuerpo, amanecido,

recién amanecido, nacido, es flor. Apenas

sabe su ayer. Ya vive su día y se deshoja

en pétalos fugaces de vanidad, gozoso.

 

   Hondo solaz, o gloria perfecta: el sol me absorbe.

Ya soy lo que supuso mi ambición: elemento.

Elemento, latido de luz, esto es, cántico.

La verdad que te colma, feliz: lluvia de oro.

                (De Elegías barrocas.)

        ...ooo000...000ooo...

 

   La vida -ayer rozagante

y erguida-, bajo la angustia,

pende ya flácida y mustia,

como un despojo colgante.

Ya no es su porte arrogante

niaudaz su paso: inseguro

marcha el hombre hacia el futuro

que, a trueque del esqueleto,

le ha de entregar su secreto:

la luz del dominio oscuro.

       (De Destierro)

     ...ooo000...000ooo...

 

     Nevermore

   Ala de sombra, un cuervo -que crascita

Nunca- repite su áspero graznido

a través de mi día mal vivido

y de mi noche a solas, infinita.

 

   En su agorera convicción imita

mi doble desaliento persuadido

de que nunca la tierra que he tenido

podrá tenerme en pie, que está proscrita.

 

   Nunca... Pico de grajo, el pensamiento

-corvo, corvino- escarba... Lo que siento

sólo puede decirse en ese nunca.

 

-cuervo de negra luz, empobrecida

pitanza, interminable despedida-

que tiene el nombre de mi nombre: Nunca.

        ...ooo000...000ooo...

 

      Añoranza

   Radiante frío de diamante: enero

de Madrid! Nace el día, esmerilado,

mate, lechoso, como algodonado,

bajo un frío de noche, bajo cero.

 

   A trasquila de sol, queda el cordero,

glacial y matinal, desvellonado.

Y el mediodía, limpio y bien tallado

en facetas de luz, como de acero.

 

   ...Tendréis ahora el frío que yo quiero

-lúcido frío de Madrid-, helado

y transparente soplo de nevero,

 

   de cumbre; Guadarrama derramado

en ese sol, tan solo, que yo espero

ardiendo a pleno sol y desolado!..

            (De Pasión de sombra.)

         ...ooo000...000ooo...

 

   Venimos de la noche, de la sombra

polvorienta, del odio rescoldado

a fuego lento, por la lenta alfombra

de la ceniza -polvo, triturado

 

   residuo de un pasado que se nombra

con un nombre pretérito y dejado

de Dios, y que, tendido, desescombra

la sombra de su sueño derrumbado.

 

   Venimos de la muerte sobre un resto

de vida que aún arrastra en su caída

su despensada voluntad sin puesto.

 

   ¡Polvo en el polvo del camino, huida

sin fin! Vanimos de la muerte en esto

-polvo en el polvo- que llamamos vida.

 

          ...ooo000...000ooo...

 

      Epitafio

   Y tú hombre veleidoso y firme consecuente

-que no es contrasentido ni paradoja-, estás

junto al placer humano del yacer, adyacente,

buscándote en lo rígido de tu cuerpo presente

la vida -tan movida- que te dejaste atrás

               (De Exul umbra.)

           ...ooo000...000ooo...

 

 

 

 

REGRESO

 

Juan José Domenchina.

El laberinto surrealista de Juan José Domenchina.

Vida y poemas de Domenchina.

 

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Pedro Salinas, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Dámaso Alonso, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre.