TUM TUM
Cada noche. Las noches de verano, digo. Alberto despertaba súbitamente, después de ese salto chasquido respingo de entresueños, los ojos muy abiertos escudriñando la oscuridad. Al final se había acostumbrado, ya no lo temía. No correspondía sentir y ver tales cosas en la soledad macilenta y gris de la pensión. Pero era así. Un leve, levísimo sonido, un vago resplandor difuso, la cabeza que da vueltas. El sonido de tambores que nace mezclado con el propio latir del corazón pero luego se vuelve otro, distanciándose aterradoramente de uno mismo. Digo, por si lo han escuchado. Tum, tum, tum, tum, TUM TUM TUM TUM hasta el paroxismo, después amaina, después vuelve, como una extraña ceremonia de perpetuo retorno. Ese sentirse más allá de todo y luego dios y nada. Nada y dios. Dios. Pesándole infinitamente las manos, la garganta. Y esa visión de siete andariveles y la opción de siempre. El último empujón sordo de desconocida energía (Nada y dios. Dios) que parece va a llevarlo más allá de este mundo, a otra dimensión sin embargo tan esta misma, despojada de oropeles rítmicos pero tambor, tum, tum, nada y Dios, dios.
Aflojale a la fumata, macho- le dijo Arévalo socarronamente, desde el lugar número veinticinco de la fila en la calle Eduardo Acevedo para un probable puesto de peón de curtiembre. Alberto, desde el lugar veinticuatro, le dijo que no, que fumaba solo armados de tabaco, y nada más, por si queda alguna duda, mirá, le mostró el paquete dorado a medio uso y las hojillas de tapas negras. Te juro, Arévalo, por mi madre te lo juro que es verdad y que no tomo nada. Me pasa eso, todas las noches. Arévalo se esforzaba por entender qué extrañas razones movían a su amigo a decir eso. Sin embargo escapaba a su razonamiento, hábil en criticar capataces y dibujar en el aire soluciones perfectas, masivamente autoritarias pero perfectas al fin. En cambio a Alberto, ves, el mundo se le cambiaba y empezaba a girar desde los siete andariveles, ya con miedo de que ellos se le aparecieran en medio de la calle, encontrando ese ángulo justo o qué se yo, al que confusamente se referían ellos o él mismo, sobresaltándose cuando la Marta o Rosa le salían al paso, con sus ojos expectantes de una noche medio clandestina en la pieza, pero ni Marta ni Rosa, ni noche clandestina, que se dibujaba igual tras la espalda de Marta, o tras los pechos de Rosa, dormidas, como paralizadas sin tiempo, y él no podía hablar, ni gritar, ni siquiera callarse completamente mientras se iba pero no se iba, y tum tum, y Dios, o nada.
Ya ni siquiera parecía entender cuando le decían que esta temporada era la peor de todas para el laburo. La peor, Alberto, no hay nada. Lo vamos a llamar, o a diez pesos la hora. Pesos… rebuscándose como podía, estufa por aquí, reforma por allá, pintura por aquí, siempre el miedo presente.
Un día, justo al mediodía, ellos lo alcanzaron con el tumtum Dios nada, cuando armaba un cigarro, después de sentarse en una lata de pintura, cansado y sintiendo el respiro que trae la noche de la Ciudad Vieja, limpiándose a sí misma en la brisa. Trabajando a full para que el lunes, en la oficina del cuñado de la dueña de la pensión… Lo alcanzaron con el tumtum Dios nada y esta vez por indiferencia o locura o cansancio se movió y anduvo y vio cosas que no hay cómo decirlas, desprendiendo ocasos eternos al andar, desplegándose sin tiempo en locas risas y llantos conjuntos, ocres… resplandores, oscuridades de abismo y respuestas para todas las preguntas, aún las que no han sido jamás formuladas, solo que. Solo que. Y volvió a su camastro aunque no se podía, y de nuevo a la Ciudad Vieja y tum tum Dios nada, tumtum Dios nada, tumtum.
El cuñado de la dueña de la pensión encontró perfectamente pintada la oficina. Pensó: voy a recomendar a este muchacho con el Contador, tal vez también con Pauletti, porque trabaja muy bien. Prolijamente pintado, sin una sola gota, sin nada de más, los pisos brillantes. Un lujo, así da gusto.
Sin embargo, cuando llamó a la cuñada, ella le dijo que no tenía más noticias de Alberto, que se había ido dejándole una carta con una letra horrible, que capaz se había ido de nuevo para Artigas.
El cuñado iba a pensar algo, pero lo llamó Pauletti, y como siempre. Nada, que tum tum, que Dios, que dios, que nada.