TEST PSICOTÉCNICO
El cargo era promisorio. Administrativo técnico de producción, con posibilidades de ascenso a encargado. Claro, había que atender el teléfono, preparar las cuentas para el Contador, pagarle a los proveedores, atender clientes, hacer los trámites en el Banco, además de llevar minuciosa cuenta de los pollitos. Sobre todo, de los pollitos, asunto esencial para la buena marcha de la Empresa. Necesitaban, por ende, alguien especializado en cálculos y estadísticas, preferentemente con estudios de Ingeniería. Sí, se puede pedir algún día para dar un examen, pero no abusar. Si no los pollitos…
Me senté, por tanto, ante la mesa oval. Otras personas compartían mi nerviosismo. Una psicóloga pulcra y monocorde repetía, neutralmente, las instrucciones para completar el test psicotécnico. Trataba de olvidarme de todo y de todos, concentrándome en las cifras, en las preguntas con clave, en los laberintos espiralados de fichas de dominó. Qué tendrá que ver esto con los pollitos, pensaba, pero alejaba ese pensamiento, como cualquier otro, en pos de la debida concentración. En cierto momento, entre la tercera y la cuarta vuelta de la tercera espiral dominizada, lo escuché claramente: PÍO. No otra cosa, no el crujido chirriante de una silla, ni el abrirse de una puerta de bisagras mal aceitadas, ni siquiera el bip de un reloj japonés legítimo, sino PÍO. Y de nuevo: PÍO, PÍO. PÍO, PÍO, PÍO.
Trataba desesperadamente de concentrarme, pero en vano. PÍO, PÍO, PÍO, PÍO. Los demás parecían ignorarlo. Interrumpí el llenado 5 6.. o será 6, 5, o será 0, 0, o (-1, i)… entonces lo vi. Amarillo. Sedoso. Redondo. Como debía ser, en su esencia pura. El paradigma de todos los pollitos. PÍO, PÍO, PÍO, PÍO. Caminó vacilante por la mesa y se detuvo frente a mi hoja. Avanzó, más confiado. Empezó a picotear el papel blanco, formal, adominado, hasta hacerle un pequeño orificio, del tamaño del pico de un pollito standard.
Entonces entró la psicóloga.
-Se acabó el tiempo, la prueba ha finalizado. El día martes a partir de las 14 horas, vamos a tener los resultados. Suerte. Gracias. Buenas tardes.
Me escabullía formalmente, buenas tardes suertepasebien, y nadie se dio cuenta. Bueno, sí, en realidad en el cientoveintiuno una señora me miró intrigada. Pero fue solo un instante. Refugiado en la tibia penumbra del bolsillo del saco marrón, debe haberse dormido enseguida.