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De: Para: Asunto: Re: En las Sierras Fecha: Viernes 20 de Abril de 2001 05:49 PM
Leonardo wrote:
> En aquellos territorios áridos, escuchame bien, en aquel fuego de verano > con el sol casi a plomo quitándote el aire, haciéndote transpirar como > loco, con temor de que alguna banda de delincuentes pasara por allí y > decidiera robarnos todo, a Cacho > y a mí, todo, los seis mil quinientos pesos, las armas, las mochilas > repletas de objetos rituales, el Explorer medio desvencijado, pero con > el motor O.K., impecable, me entendiste? > Mal todo pero el motor impecable, como el corazón de Andrea, esperándome > allá, lejos. > > Y Cacho mal. Amarillo, sudoroso, con los ojos tan sin brillo, sacame de > acá, hermano, un susurro, viste, un susurro… y yo tenía ganas de llorar, > porque no había forma de llegar a ningún lado, porque el celular en esa > inmensidad no comunicaba con nadie, porque se venía la noche y sentía el > ladrido extraño de los coyotes y si atacan al hombre, y porque pensaba > en ella, a pesar de todo, casi rezándole, como a una diosa. Sacame de > acá, le decía yo también, y miraba a Cacho, y Cacho parecía que se iba… > > Llegó la noche, bruscamente. Una noche exageradamente fría, como > exageradamente caliente había sido el día. Cacho se sintió mejor, con el > frío… incluso se rió, bromeó… > > Debía encontrar de nuevo el camino, una senda polvorienta y llena de > piedras sueltas, caracoleando entre las sierras. Cacho dormía pero > parecía, ahora, fuera de peligro. Debe ser la vesícula, me dijo… ni bien > llegue voy al hospital, pero ahora dale, vámonos… se quejaba un poco, en > sueños, y llevaba la mano al vientre, para ubicar el punto exacto del > dolor… > > La áspera soledad de las sierras, los aullidos o ladridos, a lo lejos, > Y yo ya no sabía si todo eso era cierto, pero seguía, y Cacho se quejaba > despacio, y yo de vez en cuando paraba y volvía a revisarlo todo para > que no se fuera a caer nada. Bajé a vaciar la vejiga, viste, porque > estaba que reventaba, y cuando volvía al vehículo > lo vi, vi esos ojos, tanteé el Tiger, me pareció que avanzaba, lo > saqué, tratando de conservar la calma y tiré un poco hacia la izquierda, > el chasquido seco rebotó mil veces en las sierras, poderoso, > definitivo, y el animal, aterrorizado, desapareció, se hizo humo. No, no > quise tirarle a él, porque por ahí el tiro no era preciso y se nos > venía encima. > A esto Cacho me llamaba… Antonio, Antonio! Estás bien, hermano… ¿estaba > temblando de miedo, o le había vuelto la fiebre?. Le di un poco de agua > y le hice tomar otro antibiótico. Estoy mejor, me dijo, me siento mejor, > dejame dormir otro rato y después yo sigo. > > Al alba aparecieron. El ejército. Dos vehículos con cañones. Me dieron > la voz de alto, aunque no había forma de esquivarlos, ni siquiera por > abajo y acelerando a fondo. Me pidieron documentos y tuve que explicar > exhaustivamente lo del yacimiento, la investigación autorizada por el > Ministerio, mostrarles los papeles y las autorizaciones. Recién cuando > vieron la firma de un Coronel se calmaron. Está bon, me dijo. Siga. > Usted comprenda, tenemos ser muito cuidadosos, bicós esta es ruta de > anarcos. > > Cacho había despertado y se sentía bastante mejor. Tomó un trago de ron > y siguió manejando varias horas. Al mediodía, con el sol a plomo, > llegamos al entronque con la carretera principal. Vimos pasar, volando, > un camión descomunal, con dos containers. De allí a la ciudad era > solamente media hora de viaje. > > Se fue solo al hospital, a pesar de mis protestas. Llegué al hotel y > llamé a Andrea, le conté todo lo más sintéticamente que pude y le dije > que la estaba extrañado con locura. Le saqué la tierra a los bolsos con > una franela amarilla desteñida y vertí su contenido en el piso. Sonó el > teléfono. Señor Antonio Fuentes? Sí, diga… claro, ah, sí, me imaginé… > claro, muy afectada, cálculos muy grandes… sí, mañana a las siete lo > operan. Gracias. > > Llegué al hospital a las cuatro, y acompañé a Cacho el resto del día. > A eso de las diez de la noche, bajé a la cafetería y pedí pollo con > papas fritas. De reojo miraba a una mujer morena, evidentemente > indígena, que lloraba en silencio sobre su café. > > Pasé la noche lo mejor que pude, en una silla de madera. La operación > fue una simpleza, un rato, nomás. Cuando volvió, apenas si se veían dos > puntitos rojos sobre su abdomen. Tenía miedo de que alguien entrase en > la habitación del hotel, pero al introducir la llave, una voz femenina > anunció que estaba todo bien. > > Cacho se tiró al piso, como un niño. Miró todos los objetos y los > acarició, uno por uno, con la yema de los dedos. > > Sabés, Antonio? Yo no creo que estos objetos fuesen realmente > rituales. Para mí son objetos de uso cotidiano, probablemente de > Montevideo de fines del siglo veinte. Sí, definitivamente, de fines del > siglo veinte. Antes de la revolución, en todo caso. Ves? Esto, aunque > está muy deteriorado y el plástico se ha derretido casi en su totalidad, > fue un aparato de comunicación. Nada de ritualismo. > > No sé… dije, mirando hacia la infinita arena del desierto, donde > dicen que alguna vez hubo un mar, o un río… no sé, puede que tengas > razón.
Lo recibí ayer, lo reformateé, me quedaron esos >>, pero igual se puede