LÓPEZ Y PÉREZ
El señor López era Ingeniero. Frisaba en los ochenta y cinco años de edad. Conforme a las leyes del trabajo, siendo Empresa Registrada, podía trabajar hasta el último de sus días, o hasta que el Seguro interpusiese alguna restricción, en base a sus exámenes periódicos. El señor López trabajaba para una Empresa totalmente tercerizada, donde una Empresa de Control controlaba la Gestión de dos Empresas más.
Una de ellas era la Empresa de Operaciones encargada de proveer el buen funcionamiento de las máquinas, y, de vez en cuando, traer algún Operario Técnico, que a su vez era Empresa de la Empresa de la Empresa. La otra Empresa era de Vigilancia, Mantenimiento y Seguridad. Consistía en el Señor Pérez. Una larguísima historia de buen compañerismo, casi de amistad, unía a López y Pérez. López era considerado una eminencia, un Gurú de los años cuarenta, porque había trabajado en el antiguo sistema de operarios, teniendo más de doscientos trabajadores y mandos medios a cargo, hasta que se completó la Automatización. El señor Pérez era uno de aquellos doscientos. Destacado, cumplidor. Venía en bicicleta hidráulica al trabajo, con su mochilita. Cuando no quedó ni un solo operario del sistema anterior, el señor Pérez, que ya era Empresa, siguió siéndolo, pero en otro rubro.
El señor Pérez tenía una alta estima por el señor López. Porque el señor López era muy humano: cuando el señor Pérez estuvo enfermo de congestión, el señor López le dijo: no se preocupe, Pérez, no vamos a dar aviso al Seguro porque después le descuentan por estar enfermo, ¿verdad? Le bajan el coeficiente general y después cobra menos, ya se sabe.
Pérez quedó muy agradecido. Bueno, en realidad López estaba en la Franja 4 de exoneración y a esa altura no le descontarían nunca, pero a él sí, porque debía andar por la 2B. La globalización no pudo eliminar todas las desigualdades. Incluso hizo surgir otras nuevas. Por ejemplo: los pueblos irregulares se comunicaban instantáneamente con todo el mundo, y se hacían enviar productos variados para su subsistencia y diversión, sin pago de especie alguna. Era muy difícil y caro controlar o impedir organizaciones tan ramificadas dedicadas por entero a no pagar nunca.
A Pérez le gustaba conversar con el Ingeniero, con el fondo del leve zumbido de los robots de ensamblaje y las pequeñas unidades de inspección y control. Hablaban de gente que habían conocido y el Ingeniero se explayaba en opiniones en general compartidas, como la pertinencia de haber reciclado los antiguos shoppings con fines de vivienda, para evitar o paliar, por lo menos, el tema de las poblaciones irregulares. Después de eso, ambos recordaban lo lindo que era cuando iban con sus respectivos padres a comprar los regalos para las Fiestas. Un tiempo más natural, aunque en esa época no había ni la décima parte del confort actual, decía el Ingeniero. Pérez asentía.
Llegó un verano más. Pérez quería acumular puntaje, de forma que continuó trabajando sin pausa. Tenía planeado retirarse al cumplir los noventa y no el último de sus días, así le quedaban por lo menos veinte años para poder disfrutar de la vida.
El señor López, en la playa, se durmió, totalmente protegido por un bronceador de factor 1350, pero se durmió, al sol, con un ejemplar de la Brujeriscopía de Vennedek, en el cual usaba como marcador una factura emailada por la International con destino al señor Pérez, que tenía email, como todos, pero su receptor no funcionaba bien, de tanto llevarlo en el bolsillo para aquí y para allá, incluso cuando desempeñaba tareas manuales. De todas formas Pérez escribía -con pocas faltas- en uruguayo clásico, y los neologismos no eran su fuerte. De forma que no se le entendía nada.
Dormía y soñaba con viejos tiempos, con su añorada infancia en la que jugaba con una de aquellas computadoras de escritorio, transformadas después en antiguedades valiosas, luciendo su plástica estampa en vitrinas especialmente ambientadas.
Finalmente, como debía ser, el Ing. López despertó. Pero no en forma normal. No se sentía López. Según creía, aún seguía soñando y soñaba que creía ser Pérez, porque su mente le decía: "soy Pérez", pero no creía soñar que creía ser Pérez: despierto, creía ser Pérez. Por desgracia lo comprobó ante el espejo del baño de la casita de la playa: definitivamente, y a todos los efectos, el Ing. López era irremediablemente Pérez. Muchas cosas le habían pasado al Ing. López. En el año 35, un 31 de diciembre, toda la producción de microchips para los juguetes chinos se estropeó, porque falló uno de los robots. El Ing. López estuvo trabajando en compañía únicamente del Sr. Pérez hasta el 5 de enero, en jornadas de 16 horas exhaustas, hasta que se solucionó el problema. Ese mismo año el Ing. López obtuvo la Franja 4, y el Sr. Pérez un mes de aportes fictos libres de comisión. Pero nada, nada le había acontecido al Ingeniero que le preparase para ser Pérez. Nada en la vida le prepara a uno para ser Pérez, si no lo es, y, a veces, aún siéndolo, pero eso es materia para otro cuento.
Después de un instante de horribles temores, el Ing. López recordó la frase famosa de Vennedek: si te pasa algo absolutamente inesperado, actúa normalmente. Decidió comportarse Pérezmente. Por suerte, su familia estaba de viaje por Europa, así que no habría nadie para notar su cambio. Pensó que tal vez no se dieran cuenta de su conversión en Pérez aún estando a su lado. Ese pensamiento le sorprendió. No parecía suyo, sino de Vennedek, que había dicho algo similar en la primera parte de Los Misterios Iniciáticos, en referencia a cierto personaje de los años cuarenta.
Lo horrible y angustioso era considerar qué había pasado con el verdadero Pérez ahora que él era el verdadero Pérez ¿Había sido reabsorbido por el Universo? ¿Estaba allí, en su sitio, en la Cabina, y cuando Pérez se aproximase a Pérez, todo, el tiempo y el espacio, se convertirían en nada en un nanosegundo? ¿Qué pasaría en este caso con el Ser Supremo? ¿O, en definitiva, todo era un designio inescrutable del Señor?
López-Pérez trató de acostumbrarse a su nuevo ser, pensando, hablando y caminando como Pérez sin López observándolo todo, lo cual resultaba harto dificultoso. Siempre había un López atisbando, hasta las tres menos cuarto, hora en que se distrajo y logró ser Pérez-Pérez, para caer enseguida en el desasosiego, porque se sentía orgulloso de su logro y nuevamente era López ufano de que López fuese tan Pérez. Una especie de Metalópez molesto y persistente.
No podía, sin embargo, continuar indefinidamente así. Era preciso actuar. Llamó a su vehículo, que al instante se detuvo frente a la puerta. Entró, puso el piloto automático para el primer tramo, porque había una curva donde la programación fallaba y el vehículo corría el riesgo de desconocer cierto eucaliptus, tal como le había sucedido a Carola Brazzini. No podía uno fiarse de la tecnología hasta ese punto. Las cosas automáticas tenían frecuentemente ese defecto: eran Demasiado automáticas, como los robots que lo guían a uno en las excursiones por el río subterráneo y si por algún defecto inician mal el viaje, lo llevan a uno cabeza abajo y después es muy difícil revertir el proceso; debe llegar el robot que corrige el funcionamiento del robot equivocado. Eso puede demorar algunos momentos, tal como le pasó en una oportunidad al propio Ing. López en dicho lugar, siendo resarcido por el Seguro de viajero con una suma tan interesante que le hizo olvidar los pequeños inconvenientes sufridos y la internación preventiva de dos días.
Sumergido en estos pensamientos, apenas tuvo tiempo de quitar el piloto y girar normalmente la curva. En una hora y media estaba frente al Establecimiento. Le temblaban las piernas y le transpiraban las manos.
El momento de la verdad había llegado. Pérez frente a sí mismo ¿La especie de Metalópez? Difusa, casi inexistente. Un encuentro cósmicamente significativo. Pérez vio a Pérez, que todavía no lo veía. Pérez se dio cuenta de que había alguien. Pérez se dio vuelta y vio a Pérez… en un momento eterno, Pérez le extendió la mano a Pérez, francamente, y Pérez se dispuso a estrecharla calurosamente, como si se conocieran de toda la vida. Entonces…
Las cosas cambiaron mucho. Un viraje hacia lo natural, una cultura más sabia y más sana. Pasaron muchos años, pero siempre, en aquel valle misterioso y pleno de vegetación, donde manaba una vertiente de aguas termales de reconocida eficacia terapéutica, perduró un monolito en granito rústico, solamente pulido en una de sus caras, donde se leía, en letras elegantemente talladas:
Este sitio fue descontaminado el 18 de julio de 2100, encontrándose niveles de radiación compatibles con la ecovida. In memoriam Ing. Angel Walter López (19/02/1990- 18/02/2075), Sr. Walter Angel Pérez (19/02/1990- 18/02/2075).