KARINA FRIZZARIN (Heroína posmoderna)
Había una vez una bella chica, muy bella, bellísima. Se llamaba Karina Frizzarin. Desde la adolescencia había dado claras muestras de una belleza insuperable, y ya en su primer Concurso de Belleza, cuando al recibir entre lágrimas el ramo de flores, la Corona, la Banda, los Premios, con voz entrecortada dijo: "Lo más importante es el grupo humano que hemos formado en estos días", su padre, su madre, sus tíos y hermanos, con los ojos arrasados en lágrimas, intuyeron, premonicionaron, que Karina llegaría lejos, muy lejos en el camino del Yesé.
Y no se equivocaron. Karina se volvía cada vez más alta, sus piernas cada vez más largas, su boca cada vez más plena, su cabellera cada vez más sedosa, su figura cada vez más femenina, sin solución de continuidad, hasta que al llegar a los veinticinco años, más o menos, se estabilizó. No como en el caso de Carola Brazzini, cuyo proceso de enlarguecimiento de piernas no se detuvo jamás, y tuvieron que… es sabido, bah, no sé para qué lo estoy contando si salió en todos los informativos.
Conoció el romance, el amor, los escándalos (su romance con un embajador, su romance con un expresidente, su romance con un expresidiario, su romance con una expunk, su romance con dos esquimales adictos a la New Age, su romance con un equipo de fútbol, su trágico romance con los músicos de la Orquesta Sinfónica de Magdeburgo, desdichadamente finalizado con el suicidio masivo de los mismos). Fue estrella de varias películas, como por ejemplo La Amenaza del Cíclope Neurótico IV parte, con un memorable Dustin Hoffman como el Chico del Shopping, dirigida por Ingmar Bergman, Los Maridos las prefieren Lejos, comedia ligera de enredos, sin Dustin Hoffman, y varios capítulos de la telenovela El Derecho de Noverte, de cuidada producción aunque un poco falta de ritmo.
Pero claro, todo pasa en esta vida, y a los 32 años, de novia con un poderoso industrial de 87 años, cansada de sus permanentes infidelidades, se retiró un par de meses a un conocido Seminario Espiritual, en California.
Y al salir de allí convocó a una conferencia de Prensa.
La bellísima Karina Frizzarin había decidido convertirse, en manos del prestigioso Dr. Richeton, de Boston, en una mujer nueva. Sí, nueva.
El día del alta en el Sanatorio Richeton, estaba toda la Prensa del mundo. Todos. Y de pronto vieron aparecer a la nueva Karina Frizzarin: VIEJA, FEA, ENFERMA, SUCIA Y ANDRAJOSA. Al principio, toda la Prensa mundial reía a mandíbula batiente, creyendo ser aquello una chanza, pero pronto cayeron en la cuenta de que la transformación era real: el Dr. Richeton había actuado, como siempre, con insuperable eficiencia. Karina Frizzarin vestía una especie de capa de material sintético amarillo, natural e inimitablemente desleído y mugriento, y portaba en su mano una bolsa rota y llena de porquerías. Pero eso era accesorio: lo más impresionante de su transformación era ella, su rostro horrible surcado de arrugas, marcas y verrugas, irrecuperable aunque estuviese limpio, su andar pesado y torpe, su mirada velada y aviesa. Y algo más, algo indefiniblemente asqueroso, inolvidablemente repulsivo, en toda ella.
Decidió Karina establecer su residencia en un ranchito de chapas de cartón, en la periferia de cierta ciudad latinoamericana. Por unos días, la Prensa se ocupó de ella con buena voluntad, pero después de sufrir el hurto de varias cámaras y periodistas, desistió. Para mejor, la nueva Karina era egoísta, cruel, áspera, malediciente e incapaz de conmoverse ante nada, y así lo demostró, sembrando el descontento y el rencor entre sus vecinos, hasta el punto en que la llamaban La Plaga, cuando se les ocurría hablar bien de ella, casi nunca, vale. Nada se puede decir, empero, de su verdadero talante moral, el cual nadie supo bien cuál era, por otra parte.
Sus familiares se avergonzaron de ella por toda la eternidad, ni siquiera iban a verla cuando estaba enferma, o sea casi siempre, y cuando fue citada para filmar La Monstrua, no lograba hilar dos palabras con sentido porque estaba perpetuamente ebria, por lo cual fue sustituida por Dustin Hoffman, en actuación memorable que le mereció un Oscar.
Arístides Muñoz, habitante de la misma periferia, cien metros a la derecha, abrigaba desde hacía años un amor imposible por Karina Frizzarin. Al saberla vecina suya, el corazón le galopaba en el pecho, descontrolado. Esperó pacientemente hasta que la Prensa se distrajo con otros chimentos y esa misma noche, con una Luna de Sueños brillando allá alto-el-cielo, decidió perpetrar el acto pasional tan anhelado.
Penetró en la acartonada casita por una abertura parecida a una ventana. Se produjo un silencio larguísimo.Claro. Arístides pensaba que la transformación era superficial. Claro, del cuello para arriba, siempre lo hacen así,pero… y además de cerca, sin las luces, sin la capa andrajosa, era otro cantar.
Un grito de pavor infinito estremeció la ciudad.
Arístides salió de la casita por otra abertura realizada improvisadamente por él mismo.
Y sollozaba incontrolablemente… pero claro, pasaron unos cuantos días. Arístides lo pensó mejor. A pesar de los tormentos morales y físicos vividos en esos escasos minutos, le dieron ganas de volver. Igual, nadie se iba a enterar.
Con el tiempo, como que se encariñó con Karina, se acostumbró a sus indescriptibles torturas y desprecios filosóficos, económicos y morales, una actitud que él denominaba bondad severa, porque a todo se acostumbra uno. Por lo menos uno que se llamaba Arístides.
Sin embargo, como bien sabéis, las obras de la Ciencia no pueden ser eternas, por lo cual, cuando Karina y Arístides llevaban tres años de (In)feliz convivencia, un día cualquiera, sin previo aviso, despertóse Karina con signos indudables del retorno irreversible a su antigua belleza, y mucho mejor de carácter. Para regocijo del público latino, este proceso se completó tan bien que Karina vino a ser mucho más bella que antes.
Arístides? inconsolable, mirando la foto de su adorada, y recordando buenos tiempos. En FIN.
Dejemos a Arístides, pobrecito, y VOLVAMOS A LA PÁGINA PRINCIPAL.