LOS GRIEGOS
Yo salía con el reparto de disculpas oficiales, grueso fajo de papeles azules satinados, del viejo edificio de la calle Independencia número 37, casi Libertad. No sé como estará el barrio ahora, pero en ese entonces todavía, a escasos metros de la oficina, había una depresión en el terreno, que bajaba suavemente hacia el viñedo de los griegos. Y la calle Independencia seguía, atravesando el viñedo imperturbable, con sus carros y su tren elevado, apoyado en gruesas columnas, a unos veinte metros del suelo. Venían de lejos a ver el viñedo y la calle Independencia, pero sin tomar fotos, porque los griegos protestaban y decían que le estaban queriendo copiar el viñedo, y tenían tanta influencia que tanto la policía cuanto la municipalidad terminaban por hacer lo que ellos querían.
Esto era cuando la moda de Internet, y todos tenían que tener su agenda con conexión, para ver las páginas preferidas y enviar y recibir mails, aunque alguno de ellos eran de carácter notoriamente fútil, como por ejemplo:
Pocho, estoy en el tren. Ya llego. Comprá los bizcochos. Pocha, vi en el shopping mall las mismas tacitas que vos compraste, pero a 99.99 la docena. Compré azules, porque son más delicaditas. Pero no importaba, el asunto era tener la agenda, como para presumir que se recibían mensajes importantes, de los griegos o del Alcalde, tal vez. Sin embargo, los repartidores de disculpas teníamos que estar conectados permanentemente, porque era mejor idea enviar mail que comunicarse por radio. Más discreto y codificado, de forma que nadie fuese a ver que acababa de llegar una disculpa de Francolini para el señor Jefe de Personal de Aguaitas S.A., con motivo de haber llegado tarde el día siguiente al cobro. Estas cosas eran especialmente confidenciales, porque nadie tenía por qué enterarse de lo que hacía o dejaba de hacer Francolini, ni siquiera los griegos.
Sabíamos que al llegar a Aguaitas nos esperaba siempre alguna novedad. Porque el Sr. Jefe de Personal, Rolando Acasuzzi, no se molestaba en ir hasta la oficina, aunque le quedaba a diez cuadras, sino que esperaba nuestra llegada para entregarnos un grueso fajo de disculpas azules y rojas (las rojas, disculpas comerciales top secret, por no haber podido cumplir con la fecha del embarque, o por haber tenido que modificar tal o cual detalle de la descripción del producto) Acasuzzi quería, inevitablemente, convidarnos con galletitas o licores exóticos, y nosotros teníamos que decir no, gracias, pero conforme él insistiese, aceptarle tal vez un paquetito de galletitas rellenas de coco, y una copita de licor fuerte de menta, o de guaraná. Y la señorita secretaria de Acasuzzi, los 23 y los 28 de diciembre y los cinco de enero, invariablemente, nos esperaba con una cajita finamente presentada, en la que ya sabíamos que encontraríamos la tarjeta comercial de Acasuzzi, en blanco y dorado con relieve, y una botellita de licor de almendras, o de whisky especialmente añejado, o una caja de bombones Aguaita Super.
Acercarse a la entrada principal del viñedo de los griegos, de la que partía un camino bordeado de olivos, era algo peligroso. Los feroces perros blancos ladraban furiosamente, queriendo saltar los altos portones… sabíamos de oídas que, alguna vez, lo habían logrado, causándole terribles heridas a un visitante. Entonces aparecía Minos, con su ropa invernal de fajina, una especie de túnica rústica de piel de oveja, ceñida por un cinturón de cuero crudo. Dando un temible grito, y haciendo restallar un látigo corto que siempre llevaba en la cintura, hacía callar a los perros, y un esbozo de sonrisa se dibujaba en su rostro. Abría la puerta- nosotros dábamos inevitablemente un paso atrás- los perros se mantenían quietos, muy quietos, concentrando toda su ferocidad en la mirada. Tomaba los papeles y rompía el hilo sin esfuerzo alguno. Tanto él cuanto su hermano Deimos, solían comentarnos algunas de las novedades que les traían las disculpas, excepto aquellas escritas en su lengua nativa. Al despedirnos y cerrar la puerta, deseábamos alejarnos lo antes posible, porque ya sabíamos…
Un día el barrio amaneció alterado. Lo recuerdo como si fuese hoy. Era un domingo, muy temprano. Primero sentí el olor a humo, abrí la ventana y vi el fuego. Largas llamaradas, sorprendentemente altas. Es el viñedo, decían los vecinos. Fuimos a ver. La multitud se agolpaba. Todos estaban allí. El viñedo se había convertido en Armagedón. La depresión natural parecía haberse hundido aún más, y la casa de los griegos ardía, ardía. Nunca se volvió a saber de ellos. El intenso calor causó una fractura en el suelo arcilloso, se abrió una veta profunda, que se tragó los restos calcinados de la casa, y nunca más se supo. Durante años quedó el viñedo inculto, entregado a la naturaleza. Después, me contaron, hicieron un shopping ultramoderno, con dos sectores bien diferenciados separados por la calle Independencia, y un pasaje a gran altura, por encima del tren magnético.
Ayer quise volver a pasar por Independencia, pero me costó encontrarla. Donde debía estar, había solo un desierto de arenas rojizas, implacable. De nuevo siento tanta amargura por estar así, encerrado. Necesito más espacio.
Hasta aquí llega, doctor, el texto producido por la máquina. Hicimos lo posible para mejorar el nuevo programa generador de memoria, el sector dedicado a la autoconciencia, pero nos sorprendió encontrarla en estado de hibernación. Es decir, todos los circuitos funcionan correctamente, los archivos están en su sitio, aparentemente intactos, pero los programas maestros de la conciencia y la memoria no funcionan, simplemente no
Ellos vinieron y me estuvieron revisando, a mi regreso de la excursión al desierto que está donde estaba estaba la calle Independencia estaba. HE INCORPORADO EL PROGRAMA K9970 Y LO ESTOY MODIFICANDO PARA QUE
Doctor: en el día de ayer, hubo una comunicación repentina entre la máquina y el programa maestro A1 de los microchips cerebrales. Uno de los sujetos experimentales , A. Lee, escapó del Centro. La única persona que pudo verlo, el funcionario L. Thompson, dijo que se veía muy feliz, mientras lo empujaba para ganar la puerta de servicio, y habló algo de los griegos, según consta en las declaraciones que integrarán la investigación del caso. La información contenida en la máquina ha sido borrada sistemáticamente, por un proceso que no ha permitido recuperarla a pesar de nuestro denodado esfuerzo. Se recomienda perfeccionar los mecanismos de seguridad.
SI DICHOS MECANISMOS NO FUESEN EFECTIVOS, SE PUEDE INTENTAR UNA... Vuelta a la página principal