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Un ancho espacio desierto

(Por tierras de La Mancha, mayo de 2000)

 

 

 

 

“Un desierto es un espacio, y un espacio siempre se cruza”

 

(Gregory Peck en Cielo amarillo)

 

 

 

Empieza a llover sobre el bosque ya húmedo. Las hojas se echan a tiritar.

 

 

 

Lo que de lejos parecía una cabaña semiderruida,

resulta ser una pila de heno aún sin terminar.

 

 

 

El frufrú de mis pasos en la hojarasca se lo ha tragado el chisporroteo incipiente del agua.

 

 

 

Río turbio: tus intenciones me son traslúcidas.

 

 

 

Campo de Castilla, verde al comienzo.

 

 

 

Chopera amiga, ¿por qué me arrojas, en la noche,

tus frutos aún sin madurar?

Araña peluda, ¿de dónde, ese encono

por inflitrarte entre mi ropa falaz?

 

 

 

El desánimo guarda un contacto muy estrecho

con la materialidad de las cosas, pesos y medidas;

el entusiasmo, en cambio, de tan evanescente

linda con lo inventado.

 

 

 

Yo fui otro¾mañana.

¿Qué será de lo que ahora soy,

si aún no he acabado de percibir

lo que estoy siendo?

 

 

 

Aleteos confusos en el exterior (animal o cosa).

 

 

 

Sólo echa a caminar el andariego

cuando las botas se le han preñado de barro, es decir:

cuando ha desplazado todo su peso afuera.

 

 

 

He de dormir con cierto estilo: en un saco, sí, pero ceremonialmente.

 

 

 

A la brava, uno acaba por perder el sentido de sus límites y se despeña por su yo abajo.

 

 

 

El aguijón únicamente se deja notar cuando te mueves.

 

 

 

Sigo estando aquí: eso no cambia jamás, ni ha de hacerlo.

 

 

 

Con la casa a cuestas sólo se puede ir a paso de tortuga (o de caracol).

 

 

 

Llanuras cercadas: campo de concentración de quién.

 

 

 

En qué punto la hierba pisada puede llamarse camino en propiedad, y en cuál simple intento.

 

 

 

Este deambular sin rumbo es la condición sine qua non del sentido del don.

 

 

 

En realidad, yo no he renunciado a la casa, a su función y a su concepto: simplemente, me la he echado al hombro para recobrar su valor cósmico y elemental.

 

 

 

Quien carece de planes pierde en certezas lo que gana en serenidad.

 

 

 

Mi reino (que todavía ignoro) por un campamento-base (que aún no he logrado instalar).

 

 

 

El iglú ambulante donde me guarezco del sol

y  los chubascos constituye la capa interior

de mi exterior más vulnerable

¾y la membrana exterior de mi interior menos visible:

ambos uno solo. 

 

 

 

Sigo el eje móvil, el centro itinerante: no su ausencia, la cual me abocaría a la completa dispersión, a la ceguera.

 

 

 

Brumas matinales: augurios de claridad.

 

 

 

El agua en suspensión oculta al infractor llegado de tierra firme.

 

 

 

Ni una queja, el río a la chopera.

 

 

 

Ese que insiste tanto en entrar, lo único que pretende es salir cuanto antes / una vez se encuentre dentro.

 

 

 

Dos flechas, con una misma cola y la punta bicéfala.

 

 

 

Si aspiras a la permanencia,  empieza por dejar de pensar en el futuro.

 

 

 

Procesión de nubes, ordenadas hacia dónde.

 

 

 

Utilidad de lo perfectamente inútil: lujo del que no puedo prescindir.

 

 

 

Un exceso de desenvoltura conduce al desmañamiento, a la afectación.

 

 

 

Desde el puente no diviso el puente, sino el río (claro).

 

 

 

Roba ahora el cielo todo el protagonismo que a él antes le birló la tierra ¾y así añade cien años más a su dominio secular, y tan sólo artificialmente interrumpido.

 

 

 

Quien construye iconos de dioses no construye dioses.

 

 

 

Para seguir en el mismo lugar, lo más sensato es mudar de sitio.

 

 

 

Llega un momento en la vida de cada cual en que ha de decidir

si el estómago es su criado o su criador.

 

 

 

El vínculo: con aquéllos o con Éste.

 

 

 

Las nubes son el aspirador visual del cielo:

debe ser por eso que se me va el santo

siempre al mismo sitio, succionado.

 

 

 

Toda luz brilla a intermitencias: lo que yo pretendo es abreviar

la espera entre parpadeo y parpadeo, hasta el día (ah)

en que al ojo devenga continua.

 

 

 

La tranquilidad que confiere el poder asegurar ¾con un margen de error próximo a cero¾  que el próximo ruido que rasgará el silencio no será de origen humano.

 

 

 

Placer al extender en la pinaza todas mis pertenencias y poder abarcarlas de un vistazo.

 

 

 

Tras descubrir la Arcadia, lo auténticamente sobrehumano es permanecer aquí y, de tan completa y total, no acabar por aborrecerla.

 

 

No es tan relevante dejar de ganar cuanto perder poco

¾y que sea fruto maduro de la erosión natural.

 

 

 

Reconozco la plenitud porque diría que nada la precedió, y que nada le sigue.

 

 

 

Así como se habla de un tiempo idóneo para toda cosa, hay que postular un lugar adecuado,  lejos del cual el acontecimiento ni siquiera se produciría.

 

 

 

No hay renovación existencial verdadera que no viva cada uno de sus episodios como un hito singular, aromático y resplandeciente.

 

 

 

Frugal hasta pedir más.

 

 

 

Nadie que me socorra ni persona a la que auxiliar:

divinamente desamparado, voy a cobijarme bajo el sol que más calienta

¾omnisciente, poderoso y tutelar.

 

 

 

Se enzarzan las ranas en combates trovadorescos, a ver quién glorifica mejor.

 

 

 

Tenía que ser en La Mancha, precisamente, donde yo consumara mi paso de Quijano soñador a Don Quijote soñado.

 

 

 

Prohibido desvelar el secreto:

este idilio subsistirá en la más suculenta de las clandestinidades.

 

 

 

Empotrado entre los pinos, trato de devenir / uno con las peñas.

 

 

 

“Tan a cubierto se halla el hombre bajo rastrojo como bajo oro” (carta VIII), o mejor aún, pues mientras que un exceso de éste puede aplastarle, uno de aquél a lo sumo le confiere más calor.

 

 

 

¿Es por casualidad que, en estas semanas de errancia, lo único que he extraviado haya sido mi abrelatas?

 

 

 

Caminante, no hay camino: basta con que no olvides de dónde partiste.

 

 

 

Me lancé a la piscina sin saber si hay agua¾y, si es preciso, la llenaré con mi sangre.

 

 

 

Ante el prado florido consumo la obra ingente de no obrar más.

 

 

 

Jerarquizo en el temporal qué expongo a la inundación y qué mantengo a cubierto.

 

 

 

Furtivo: de lo que ya es dado.

 

 

 

Las mapas sólo sirven para perderse con conocimiento de causa.

 

 

 

Se sutilizan las puntas hincándose adentro.

 

 

 

En la indistinción verde, una señal se clava.

 

 

 

Nada más odioso que dejar / huellas en el bosque intacto.

Ni rastro de rastros / han de quedar.

 

 

 

Pies de plomo / con alas en los tobillos.

 

 

 

Las restricciones impuestas desde fuera espolean el deseo de nuevas imposiciones,

esta vez, completamente voluntarias.

 

 

 

¿Pues a dónde voy a ir, señora mía, que no acudamos, al final, todos juntos?

 

 

 

 La irresolución genuina, y no meramente formal, exige descartarlo

 todo para entregarse al acopio simbólico ¾en el otro extremo:

donde nada cuente, excepto lo que aquí se da por descontado.

 

 

 

Reventó el caballo / justo al descabalgar el jinete.

 

 

 

Este caballero andante profetizará lo ya dicho (y, por ello mismo, inédito aún).

 

 

 

Segregándose de lo usado,

el eremita aspira a reintegrarse en lo inaugural.

 

 

 

Pegado a los riscos ausculto / la vida alrededor.

 

 

 

Sin una regla, no enderezarás las cosas torcidas” (carta XI).

 

 

 

De anfibio ahora quiero mutar en pez, para volar a lo más hondo

¾allí donde el suelo es firme, y no sólo horizontal.

 

 

 

Nos engañan las hipótesis que sitúan al reptil en el inicio de la cadena evolutiva: en realidad (gracias a su inmovilidad extrema y a esa parsimonia que le es inherente), se encuentra en el grado más alto del reino animal.

 

 

 

 La escritura es la única actividad del espíritu completamente pasiva, es decir: receptora.

 

 

 

Cuando una especie carece de predador (como es el caso de las ranas de esta charca), está condenada a morir de inanición: al no ser comida, fallece por no hallar qué comer.

 

 

 

El cielo cubierto de nubes impide ver a las nubes cubriendo el cielo.

 

 

 

En esta charca pútrida, oculta entre la vegetación,

sólo un Narciso irreal se asomaría a contemplarse.

 

 

 

Me redimen esas largas demoras en las que no hago nada ¾ni siquiera no hacer nada.

 

 

 

Zumbado.- Dícese del ser que, para buscarse el sustento,

emite un molesto sonido similar a un ronquido amordazado.

 

 

 

Quien se mueve sí que sale en la foto, sólo que movido: en plena transformación.

 

 

 

Para el eremita, oír en su bosque voces ¾por no hablar de motores¾

es como para el filántropo hallar una cucaracha en su propia cama.

 

 

 

Creced o multiplicaos (traducido: de un lado, la iluminación; del otro, la reproducción).

 

 

 

El ensueño constituye la realidad propia de la conciencia, y la conciencia, el ensueño característico de la realidad, su vocación más íntima.

 

 

 

La primera fase (sencilla, dentro de lo que cabe) en la fenomenología del ermitaño es

no ver a nadie; la segunda (esencial y tal vez inviable hoy en día) es lograr que nadie te vea.

 

 

 

Pareciendo a simple vista la nutrida, es la escritura quien me nutre en puridad.

 

 

 

¿Ningún sitio en ningún sitio?

 

 

 

“El hambre sale barata; la desgana, muy cara” (carta XVII).

 

 

 

Cualquier predicado se le hace un yugo al hombre intransitivo.

 

 

 

Como esas ranitas ya soy: confundiendo su metro cuadrado

con el universo entero, siempre sumergidas en su elemento natural,

con el sustento al alcance de la boca y cantando

todo el día al creador.

 

 

 

En el hábito, el éxito se museifica a sí mismo.

 

 

 

Más adentro, más todavía ¾donde nada ni nadie puedan prorrumpir.

 

 

 

Mantillo vegetal:

cobertura del núcleo que duerme.

 

 

 

“Redúcete al nivel más humilde, un nivel del cual ya no puedas caer” (carta XX).

 

 

 

 Soy una roca metamórfica: ora cristalización, ora fractura.

 

 

 

 Los rincones / como vórtices me aspiran.

 

 

 

 A-islado: rodeado de aguas por todas partes.

 

 

 

 Todo fue  sentarse,

cruzar las piernas,

no apoyar la espalda y saber

qué había acabado

 

 

 

Lejos de los caminos

por los caminos se llega

al ancho espacio abierto, desierto...

 

 

 

“Se mantiene el poeta vacío, en disponibilidad siempre.

Su alma viene a parecer un ancho espacio abierto, desierto”

 

 (María Zambrano)