(Gregory Peck en Cielo amarillo)
Empieza a llover sobre el bosque ya
húmedo. Las hojas se echan a tiritar.
Lo que de lejos parecía una cabaña
semiderruida,
resulta ser una pila de heno aún sin
terminar.
El frufrú de mis pasos en la hojarasca se
lo ha tragado el chisporroteo incipiente del agua.
Río turbio: tus intenciones me son
traslúcidas.
Campo de Castilla, verde al comienzo.
Chopera amiga, ¿por qué me arrojas, en la
noche,
tus frutos aún sin madurar?
Araña peluda, ¿de dónde, ese encono
por inflitrarte entre mi ropa falaz?
El desánimo guarda un contacto muy
estrecho
con la materialidad de las cosas, pesos y
medidas;
el entusiasmo, en cambio, de tan
evanescente
linda con lo inventado.
Yo fui otro¾mañana.
¿Qué será de lo que ahora soy,
si aún no he acabado de percibir
lo que estoy siendo?
Aleteos confusos en el exterior (animal o
cosa).
Sólo echa a caminar el andariego
cuando las botas se le han preñado de
barro, es decir:
cuando ha desplazado todo su peso afuera.
He de dormir con cierto estilo: en un saco, sí, pero
ceremonialmente.
A la brava, uno acaba por perder el
sentido de sus límites y se despeña por su yo abajo.
El aguijón únicamente se deja notar
cuando te mueves.
Sigo estando aquí: eso no cambia jamás, ni ha de hacerlo.
Con la casa a cuestas sólo se puede ir a
paso de tortuga (o de caracol).
Llanuras cercadas: campo de concentración
de quién.
En qué punto la hierba pisada puede
llamarse camino en propiedad, y en cuál simple intento.
Este deambular sin rumbo es la condición sine qua non del sentido del don.
En realidad, yo no he renunciado a la
casa, a su función y a su concepto: simplemente, me la he echado al hombro para
recobrar su valor cósmico y elemental.
Quien carece de planes pierde en certezas
lo que gana en serenidad.
Mi reino (que todavía ignoro) por un
campamento-base (que aún no he logrado instalar).
El iglú ambulante donde me guarezco del
sol
y
los chubascos constituye la capa interior
de mi exterior más vulnerable
¾y la membrana exterior de mi interior
menos visible:
ambos uno solo.
Sigo el eje móvil, el centro itinerante:
no su ausencia, la cual me abocaría a la completa dispersión, a la ceguera.
Brumas matinales: augurios de claridad.
El agua en suspensión oculta al infractor
llegado de tierra firme.
Ni una queja, el río a la chopera.
Ese que insiste tanto en entrar, lo único
que pretende es salir cuanto antes / una vez se encuentre dentro.
Dos flechas, con una misma cola y la
punta bicéfala.
Si aspiras a la permanencia, empieza por dejar de pensar en el futuro.
Procesión de nubes, ordenadas hacia
dónde.
Utilidad de lo perfectamente inútil: lujo
del que no puedo prescindir.
Un exceso de desenvoltura conduce al
desmañamiento, a la afectación.
Desde el puente no diviso el puente, sino
el río (claro).
Roba ahora el cielo todo el protagonismo
que a él antes le birló la tierra ¾y así añade cien años más a su dominio
secular, y tan sólo artificialmente interrumpido.
Quien construye iconos de dioses no
construye dioses.
Para seguir en el mismo lugar, lo más
sensato es mudar de sitio.
Llega un momento en la vida de cada cual
en que ha de decidir
si el estómago es su criado o su criador.
El vínculo: con aquéllos o con Éste.
Las nubes son el aspirador visual del
cielo:
debe ser por eso que se me va el santo
siempre al mismo sitio, succionado.
Toda luz brilla a intermitencias: lo que
yo pretendo es abreviar
la espera entre parpadeo y parpadeo,
hasta el día (ah)
en que al ojo devenga continua.
La tranquilidad que confiere el poder
asegurar ¾con un margen de error próximo a cero¾ que el próximo ruido que rasgará el silencio no será de origen humano.
Placer al extender en la pinaza todas mis
pertenencias y poder abarcarlas de un vistazo.
Tras descubrir la Arcadia, lo
auténticamente sobrehumano es permanecer aquí y, de tan completa y total, no
acabar por aborrecerla.
No es tan relevante dejar de ganar cuanto
perder poco
¾y que sea fruto maduro de la erosión
natural.
Reconozco la plenitud porque diría que
nada la precedió, y que nada le sigue.
Así como se habla de un tiempo idóneo
para toda cosa, hay que postular un lugar adecuado, lejos del cual el acontecimiento ni siquiera se produciría.
No hay renovación existencial verdadera
que no viva cada uno de sus episodios como un hito singular, aromático y
resplandeciente.
Frugal hasta pedir más.
Nadie que me socorra ni persona a la que
auxiliar:
divinamente desamparado, voy a cobijarme
bajo el sol que más calienta
¾omnisciente, poderoso y tutelar.
Se enzarzan las ranas en combates
trovadorescos, a ver quién glorifica mejor.
Tenía que ser en La Mancha, precisamente,
donde yo consumara mi paso de Quijano soñador a Don Quijote soñado.
Prohibido desvelar el secreto:
este idilio subsistirá en la más
suculenta de las clandestinidades.
Empotrado entre los pinos, trato de
devenir / uno con las peñas.
“Tan a cubierto se halla el hombre bajo
rastrojo como bajo oro” (carta VIII), o mejor aún, pues mientras que un exceso
de éste puede aplastarle, uno de aquél a lo sumo le confiere más calor.
¿Es por casualidad que, en estas semanas
de errancia, lo único que he extraviado haya sido mi abrelatas?
Caminante, no hay camino: basta con que
no olvides de dónde partiste.
Me lancé a la piscina sin saber si hay
agua¾y, si es preciso, la llenaré con mi sangre.
Ante el prado florido consumo la obra
ingente de no obrar más.
Jerarquizo en el temporal qué expongo a
la inundación y qué mantengo a cubierto.
Furtivo: de lo que ya es dado.
Las mapas sólo sirven para perderse con conocimiento de causa.
Se sutilizan las puntas hincándose
adentro.
En la indistinción verde, una señal se
clava.
Nada más odioso que dejar / huellas en el
bosque intacto.
Ni rastro de rastros / han de quedar.
Pies de plomo / con alas en los tobillos.
Las restricciones impuestas desde fuera
espolean el deseo de nuevas imposiciones,
esta vez, completamente voluntarias.
¿Pues a dónde voy a ir, señora mía, que
no acudamos, al final, todos juntos?
La irresolución genuina, y no meramente formal, exige descartarlo
todo para entregarse al acopio simbólico ¾en el otro extremo:
donde nada cuente, excepto lo que aquí se
da por descontado.
Reventó el caballo / justo al descabalgar
el jinete.
Este caballero andante profetizará lo ya
dicho (y, por ello mismo, inédito aún).
Segregándose de lo usado,
el eremita aspira a reintegrarse en lo
inaugural.
Pegado a los riscos ausculto / la vida
alrededor.
Sin una regla, no enderezarás las cosas
torcidas” (carta XI).
De anfibio ahora quiero mutar en pez,
para volar a lo más hondo
¾allí donde el suelo es firme, y no sólo
horizontal.
Nos engañan las hipótesis que sitúan al
reptil en el inicio de la cadena evolutiva: en realidad (gracias a su
inmovilidad extrema y a esa parsimonia que le es inherente), se encuentra en el
grado más alto del reino animal.
La escritura es la única actividad del espíritu completamente
pasiva, es decir: receptora.
Cuando una especie carece de predador
(como es el caso de las ranas de esta charca), está condenada a morir de
inanición: al no ser comida, fallece por no hallar qué comer.
El cielo cubierto de nubes impide ver a
las nubes cubriendo el cielo.
En esta charca pútrida, oculta entre la
vegetación,
sólo un Narciso irreal se asomaría a
contemplarse.
Me redimen esas largas demoras en las que
no hago nada ¾ni siquiera no hacer nada.
Zumbado.- Dícese del ser que, para buscarse el
sustento,
emite un molesto sonido similar a un
ronquido amordazado.
Quien se mueve sí que sale en la foto,
sólo que movido: en plena transformación.
Para el eremita, oír en su bosque voces ¾por no hablar de motores¾
es como para el filántropo hallar una
cucaracha en su propia cama.
Creced o multiplicaos (traducido: de un lado, la iluminación; del otro, la
reproducción).
El ensueño constituye la realidad propia
de la conciencia, y la conciencia, el ensueño característico de la realidad, su
vocación más íntima.
La primera fase (sencilla, dentro de lo
que cabe) en la fenomenología del ermitaño es
no
ver a nadie; la segunda
(esencial y tal vez inviable hoy en día) es lograr
que nadie te vea.
Pareciendo a simple vista la nutrida, es
la escritura quien me nutre en puridad.
¿Ningún sitio en ningún sitio?
“El hambre sale barata; la desgana, muy
cara” (carta XVII).
Cualquier predicado se le hace un yugo al
hombre intransitivo.
Como esas ranitas ya soy: confundiendo su
metro cuadrado
con el universo entero, siempre
sumergidas en su elemento natural,
con el sustento al alcance de la boca y
cantando
todo el día al creador.
En el hábito, el éxito se museifica a sí
mismo.
Más adentro, más todavía ¾donde nada ni nadie puedan prorrumpir.
Mantillo vegetal:
cobertura del núcleo que duerme.
“Redúcete al nivel más humilde, un nivel
del cual ya no puedas caer” (carta XX).
Soy una roca metamórfica: ora cristalización, ora fractura.
Los rincones / como vórtices me aspiran.
A-islado: rodeado de aguas por todas partes.
Todo fue sentarse,
cruzar las piernas,
no apoyar la espalda y saber
qué había acabado
Lejos de los caminos
por los caminos se llega
al ancho espacio abierto, desierto...
“Se
mantiene el poeta vacío, en disponibilidad siempre.
Su
alma viene a parecer un ancho espacio abierto, desierto”
(María Zambrano)