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Ha
venido a verme mi hermano y me ha recordado la ocasión en que por
primera vez pensé seriamente en el suicidio. Yo debía tener unos siete
años y él nueve cuando la policía municipal se presentó con él en casa por
tercera vez en una semana. Estaba totalmente borracho y se había paseado por la
playa desabrochando los bikinis de las chicas que encontraba en su camino. Me
sentí tan humillado que pensé que la única solución era dejar de ser hermano
suyo. No tuve valor y aquí me quedé hasta hoy.
Yo
era un niño serio, formal, trabajador y buen estudiante; era casi el hijo
perfecto que todos los padres hubieran querido tener. Jugaba al ajedrez y leía
“Platero y yo” mientras el reptil de mi hermano se apostaba el chocolate de
la merienda a ver quién llegaba más lejos haciendo pis. Aún recuerdo la cara
de sorpresa que puso una tarde en la que llevaba todas las de ganar si no
hubiera sido porque salpicó los zapatos de mi padre que pasaba por allí. Que
mi padre era muy exigente para eso de los zapatos bien limpios.
Toda
la vida discurría para mí por derroteros académicos y sociales gozosamente
programados por mis padres, sin que la vida me deparase ninguna sorpresa,
excepto cuando él se cruzaba en mi camino, cosa que ocurría raramente, he de
reconocer. Con el tiempo tuve ocasión de admirar su ingenio e incluso durante
algún corto periodo de tiempo tuve envidia de su libertad y de su falta de
respeto a las convenciones sociales, crisis tontas que pasa uno. Sólo cuando el
contraste entre nosotros era demasiado evidente, bien porque llegaban las notas
del colegio, bien porque alguna vecina se quejaba de que él se escondía debajo
de las escaleras para espiar su paso, yo tomaba la precaución de no quedarme a
solas con él.
Incluso
creo recordar que en una ocasión mi padre le tiró a la cabeza un pisapapeles sólo
unos segundos después de felicitarme por la medalla al mérito en el estudio
que me habían dado las monjas. Eso fue cuando doña Alberta, la vecina del piso
bajo, se quejó de que alguien le había robado un par de prendas íntimas que
había colgado a secar. Siempre estuve seguro de que tuvo la tentación de
colocar en mi cama las prendas sustraídas, pero me anticipé y no abandoné mi
cuarto en todo el día.
El
mismo día que cumplí los dieciséis años fui consciente de que alguna catástrofe
de proporciones considerables se avecinaba. Le sorprendí varias veces mirándome
con aire pensativo y tratando de ocultarse detrás de una beatífica sonrisa. El
hecho de que la dulce prima Neus llevase con nosotros unos días me hizo bajar
la guardia. La prima Neus compartía conmigo la misma afición por el estudio,
las cosas bien hechas y las actitudes prematuramente adultas. No nos conocíamos
mucho, pero desde su llegada hubo entre nosotros miradas de complicidad y
sonrisas cálidas. Enseguida estuvo claro que a mí me gustaba la primita y que
yo le gustaba a ella.
Tras
los postres mis padres me entregaron un magnífico microscopio y Neus me besó
cariñosamente. Mi hermano sacó el mando a distancia de mi equipo de música,
apuntó a mi habitación y la voz de Georges Moustaki llenó la casa. ¡Mi
hermano me había comprado la cinta que tanto había buscado! ¿Habría madurado
de golpe sin que nadie se diese cuenta? De pronto el aparato exhaló un extraño
ruido mecánico y “Le meteque”
se quedó a medio camino. Todos corrimos a ver qué había pasado. La
sorpresa hizo que todos contuviéramos la respiración. Bajo la cama, semioculta
por la colcha, sobresalía una pierna femenina que terminaba en un
puntiagudo tacón. Mi madre reaccionó la primera, retiró las ropas y
tiró del pie. A continuación del pie apareció una horrenda muñeca hinchable,
con una enorme boca orlada de rojo intenso y una mínima ropa interior. Todas
las miradas se clavaron en mí. Tras la sorpresa inicial la primita Neus se dio
media vuelta, me miró con un odio primitivo, pasó a mi lado empujándome y se
puso a hacer la maleta. Mi hermano me miraba sonriendo sin dejar de masticar.
Cuando se le escapó la carcajada algunas migas de pastel cruzaron el aire.
Que
nadie crea que con el paso de los años las cosas cambiaron. Ni mi hermano se
reformó ni terminó convertido en un delincuente, no. Cierto que una vez
perdida la adolescencia se emborrachaba regularmente en los tugurios de peor
nota, pero debo decir en su defensa que gastaba de lo que honradamente ganaba y
nunca se metió con nadie. Si alguna vez se peleó en la vía pública debe
achacarse más a la sangre demasiado caliente de algún padre ofendido que a su
afición por la bebida.
Salió
con cuatro o cinco chicas mientras hacía su debut en otras tantas carreras
universitarias y siguió viviendo a su personalísimo ritmo hasta que mi padre
se cansó de aquella sangría económica. Siempre se le dieron bien las mujeres.
A las guapas les alababa su inteligencia; a las feas, su belleza; a las ricas,
sus méritos indiscutibles; a las pobres las paseaba en descapotable mientras
comentaba lo injusta que es la vida. Sin embargo no puedo entender qué encontró
mi mujer en él, pues siempre decía que era un fresco al que se veía venir.
Hoy
ha venido a verme y me ha recordado que aquella vez que iba por la playa
desabrochando los bikinis lo hizo porque se había apostado diez cromos de
futbolistas a que podía beberse un vaso de güisqui sin respirar. Cuando la
policía municipal le detuvo yo sentí tanta vergüenza de ser su hermano que
quise suicidarme. La verdad es que, al contrario que ayer, fui bastante cagueta
y no me atreví a hacerlo por miedo al dolor. Ayer en cambio no me costó nada
reunir el valor suficiente para intentarlo por segunda vez.