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Un conocido   
Por, Rob. Whiteglove   

 

 

R. Era un hombre al que podía confiar todo menos el dinero. Él actuaba como mi intermediario a comisión. Bebía como un cosaco. Siempre que lo encontraba estaba de buen humor, triste y de buen humor. Además me miraba con buenos ojos, como a mi me gustaba que me miraran. Era feo y gustaba a las mujeres, sabía mirarlas. Para R. lo femenino era parte de un pasado, un bonito recuerdo, un recuerdo idealizado. Sus relaciones se limitaban a una amistad fríamente afectuosa. Pagaba por el sexo y aceptaba gratis el afecto. R. Tenia un balance de deudas francamente negativo. Últimamente andaba dedicado a su nuevo negocio. Según me dijo lo tenía todo controlado. Arte y antigüedades. Lo tenía todo controlado, incluso había comprado un sombrero de paja y unas borriquetas sobre las que apoyaba una puerta. Encima desplegaba un mantel y sobre este toda la quincalla que compraba a los vagabundos y que éstos encontraban en las basuras. La red de abastecimiento era muy compleja y a ello debía R. Una nueva cicatriz que se unía a las muchas que tenía en su rostro. Le encontré pensativo y le dije: <<¿Por qué no te buscas una mujer R., de esas que se casan y que te obedecen en todo?>> R. Me dijo: <<Ya quise hacerlo una vez>>,<<¿Y qué pasó?>>, <<Tenía cinco años entonces>>. El negocio de los mercadillos parecía irle bien a pesar de todo, e incluso había hecho nuevos contactos, uno especialmente para mí.