Lo has conseguido, eres un triunfador, tienes todo
lo que te propusiste hace treinta años cuando contabas veinte de edad.
Acabaste tu carrera de Ingeniero con un mas que satisfactorio
‘notable’. Pusiste tus ojitos sobre aquella frágil niña bien
y un año después estabais casados. Las cosas te iban bien, te sonreía
la fortuna. Tu primer trabajo en la empresa de su ‘papa’ te hizo
sentir importante, eras alguien respetado. Empezó a crecer la familia,
primero una hermosa niña y dos años más tarde la segunda. Comprasteis
una gran casa en uno de los mejores barrios de la ciudad. Convertiste el
jardín en uno de los más admirados de la zona. Eras un buen vecino.
Nunca faltabais a la cita dominical en la Iglesia. Por fin llegó el niño,
¡qué alegría! Hubo fiesta por todo lo alto. Asistieron todos: papa,
mama, los suegros y decenas de invitados más. Pasaron los años y tu
encantadora mujercita se convirtió en una mujer insoportable y
depresiva. Pero tú seguías a lo tuyo, tu trabajo y tus
responsabilidades en la empresa. Pasaron mas años y llegó la tragedia;
tus dos hijas y tu mujer murieron en un terrible accidente de tráfico.
No te hundiste a pesar del dolor, seguiste acudiendo puntualmente a tu
trabajo. Tu hijo no pudo superarlo y se hundió en el sórdido y trágico
mundo de las drogas. No hay salida para él.
Papá se retira del negocio y te ha nombrado Director General.
Si, los has conseguido, eres un triunfador. Coges la pistola que
hay encima de la mesa y te introduces el cañón en la boca. Un último
pensamiento te lleva a cuando tenías veinte años y te propusiste
triunfar. Aprietas el gatillo.