La estoy mirando en el tren. Lleva el pelo perfectamente teñido. El color es tan uniforme que se ve perfectamente que es teñido. Igual q la moto de mi profesor de matemáticas, pintada a brocha. Ese grano en la comisura del labio, ese grano que le sale a todas las mujeres que para mi se parecen a ésta. Ese grano es la única mancha en un diseño perfectamente uniforme, la única huella que demuestra que aquella, aquella boca quizá pudiera haber pecado, besado a un cualquiera o lamido un cuerpo feo y lascivo como el mío. Sé que le preocupa ese grano, porque de tanto mirarlo ha cambiado su actitud hacia mí. Bajo la vista y veo esos zapatos. En mi vida había visto unos zapatos tan perfectamente armonizados con calcetines, pantalones, chaqueta y maquillaje. No hay manera de que me guste esa mujer. La miré porque ella me miraba seducida como si yo fuera todo un hombre, o sea, con miedo. Al sentir que ella se aflige, quizá por mi causa, la miro de nuevo. Se me va la vista directa al grano.