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Tragos del Chicho   
Por, Yuppi    

yupiratta@hotmail.com

 

No viene al caso contar como consiguió a esa rubia despampanante ni como se las había ingeniado para meterla en el departamento. Lo importante es que ella estaba allí, un metro setenta y cinco de belleza femenina, la mujer ideal de todo hombre, ese angelito mortal, esa damisela cachonda de gruesos labios, curvas vertiginosas y rostro de niña sensualmente inocente. Carola sonreía y no fingió enojo cuando él sin preámbulos comenzó a desprenderle los botones de su ceñido vestido celeste que se deslizó hacia el piso con el sonido de un suspiro. Como las manos le temblaban como a un chiquilín, Aníbal optó por abrazarla, por besarla profundamente, sintiendo en los labios el palpitar de su corazón desbocado. Unidos en un abrazo erótico cayeron sobre la cama en una vorágine de éxtasis y sus cuerpos fundidos transpiraban y jadeaban acompasados, creando un mundo dentro del mundo, un planeta de dos habitantes borrachos de placer.

 

   Aníbal tendría relaciones.

 

   Despierto lentamente acariciado por los haces de luz filtrados por la persiana y compruebo su ausencia. Por suerte mi billetera aún está intacta.

Sobre la mesa una nota: "Aníbal: Lo de anoche fue como una buena comida. Si me llamás repetimos. Carola".

   Parece que mi futuro por fin se aclara, que voy a poder doblegar esta racha intolerable de mala suerte. Ahora a prepararme para el esperado almuerzo.

   Cubro mi desnudez vistiéndome con ceremonia para la ocasión, con mi camisa de seda azul de los grandes eventos y mis zapatos negros domingueros cepillados, lustrados y brillantes. Soy un ganador porque me siento ganador. Feliz, con el vigor de los buenos augurios, abro de par en par de un fuerte tirón la deslustrada puerta de entrada y aspiro una generosa bocanada aire, llenándome la garganta con la tierra y la mugre levantada por el Zonda cordillerano. El sol de medio día abrasaba levantando aire caliente en complot con los vientos recios del oeste que no hacían mas que empeorar un tiempo de por sí lamentable.

   Es mi deber caminar como peregrino la distancia nada despreciable de dos kilómetros y medio para llegar al asado y al vino, la divina comida y bebida gratis. Y es que el Chicho, el glorioso Chicho del archiconocido miembro imponente, la tercera pierna, ha logrado recibirse de arquitecto después de tantos años y traspiés, un ser astuto y vigoroso pese a su diminuta figura y su apariencia jocosamente distraída. En algún momento un puñado de malintencionados pretendieron difundir un rumor sobre cierto episodio homosexual en el que habría intervenido. La envidia, medité en ese instante, hace a la gente inventar los más descabellados disparates.

   Salgo protegido con un pañuelo a cumplir mi deber. En mi caminar a través de la modesta plaza esquivo excrementos y alzo la cabeza apreciando la iglesia y el campanil con ese tiempo empotrado en una de sus caras, un reloj acusador de mi eterno retraso y mis constantes apuros. Un par de cuadras después se abre ante mí un campo de fútbol tapizado con hierbas amarillentas, quemadas por el fuego del ambiente. En el costado un parrillero rodeado de personas. Demasiadas caras desconocidas, ojos irritados, shorts y camisetas de equipos locales de ese deporte que maltrata un cuero a patadas.

   ¿Quiénes son?

   Obtengo la respuesta indagando superficialmente. Hay partido contra los de una villa miseria vecina, ellos son el equipo. Pero primero el almuerzo.

   La orgía comienza con chorizos picantes, con ensaladas aceitosas y verduras maceradas, asadas y sumergidas en mayonesa de ajo. El vino desborda los vasos incansablemente, litros y más litros son consumidos hasta que las costillas llegan y se distribuyen en los platos para introducirse en bocas voraces, grasientas.

   Con las tripas a punto de estallar nos repartimos en grupos de a dos pares para las partidas de truco. Habano en boca, no tomo respiro entre victoria y victoria.

   Promedia la siesta cuando los jugadores se disponen en la cancha, realizando calentamientos, elongando, probando a los arqueros con disparos flojos de media distancia. El Chicho y Daniel no van a jugar, pero prometen vitorear si mi coraje acepta el desafío. Los del equipo rival son chicos malos y habrá problemas, además no dispongo de la vestimenta adecuada para la ocasión, con mis zapatos lustrados y mi camisa y pantalón de salir. Tengo temple de acero, acepto, y ya veremos quien termina ganando.

   Empieza la cosa. No demoro en tomar el control del equipo dada mi habilidad natural y mi picaresca agilidad. Completo un pase cruzado, inteligente, habilitando a un compañero que solo tiene que soplar el balón para convertir el primer gol. Desde afuera llegan gritos de "Aníbal, sos el mejor", o "Aníbal, ídolo, te queremos".

   Los rivales comienzan sin disimulo a observarme con rencor mientras tiro caños y desparramo jugadores con veloces gambetas. "El lechuzo" desborda por el costado derecho y envía un centro a media altura, el ideal para empalmar de taco después de una finta de palomita en mi estupenda maniobra patentada como "el escorpión". Fallo en el intento de hazaña y voy a dar de boca contra el suelo, sintiendo el balón manso al lado de la cabeza. Con la poca energía que conservo intento empujar la pelota y entonces  dos defensores me caen sin disimulo a patadas. No se detienen, continúan golpeando. Siento que voy a desvanecerme. No puedo levantar un dedo.

   Alguien grita que me lleven a las duchas, que un poco de agua fría va a despertarme.  Las tinieblas invaden mis ojos.

 

   El núbil arquitecto conocido como "el Chicho" se debatía apoyado contra la pared de azulejos blancos evaluando la situación. Tendido en el piso del baño Aníbal yacía inerte, y semidesnudo bajo la ducha fría deliraba entre estertores cansinos. A veces susurraba frases como "no puedo moverme, no tengo fuerzas", y sin abrir los ojos volvía a sumirse en su semivigilia.

   Los ojos de Chicho brillaron con decisión y en su boca pecosa y poblada de granos se dibujó una mueca obscena antes de cerrar la puerta con llave y bajarse los pantalones lentamente.

 

   Aníbal tendría relaciones.