No
viene al caso contar como consiguió a esa rubia despampanante ni como
se las había ingeniado para meterla en el departamento. Lo importante
es que ella estaba allí, un metro setenta y cinco de belleza femenina,
la mujer ideal de todo hombre, ese angelito mortal, esa damisela
cachonda de gruesos labios, curvas vertiginosas y rostro de niña
sensualmente inocente. Carola sonreía y no fingió enojo cuando él sin
preámbulos comenzó a desprenderle los botones de su ceñido vestido
celeste que se deslizó hacia el piso con el sonido de un suspiro. Como
las manos le temblaban como a un chiquilín, Aníbal optó por
abrazarla, por besarla profundamente, sintiendo en los labios el
palpitar de su corazón desbocado. Unidos en un abrazo erótico cayeron
sobre la cama en una vorágine de éxtasis y sus cuerpos fundidos
transpiraban y jadeaban acompasados, creando un mundo dentro del mundo,
un planeta de dos habitantes borrachos de placer.
Aníbal tendría relaciones.
Despierto lentamente acariciado por los haces de luz filtrados
por la persiana y compruebo su ausencia. Por suerte mi billetera aún
está intacta.
Sobre
la mesa una nota: "Aníbal: Lo de anoche fue como una buena comida.
Si me llamás repetimos. Carola".
Parece
que mi futuro por fin se aclara, que voy a poder doblegar esta racha
intolerable de mala suerte. Ahora a prepararme para el esperado
almuerzo.
Cubro
mi desnudez vistiéndome con ceremonia para la ocasión, con mi camisa
de seda azul de los grandes eventos y mis zapatos negros domingueros
cepillados, lustrados y brillantes. Soy un ganador porque me siento
ganador. Feliz, con el vigor de los buenos augurios, abro de par en par
de un fuerte tirón la deslustrada puerta de entrada y aspiro una
generosa bocanada aire, llenándome la garganta con la tierra y la mugre
levantada por el Zonda cordillerano. El sol de medio día abrasaba
levantando aire caliente en complot con los vientos recios del oeste que
no hacían mas que empeorar un tiempo de por sí lamentable.
Es
mi deber caminar como peregrino la distancia nada despreciable de dos
kilómetros y medio para llegar al asado y al vino, la divina comida y
bebida gratis. Y es que el Chicho, el glorioso Chicho del archiconocido
miembro imponente, la tercera pierna, ha logrado recibirse de arquitecto
después de tantos años y traspiés, un ser astuto y vigoroso pese a su
diminuta figura y su apariencia jocosamente distraída. En algún
momento un puñado de malintencionados pretendieron difundir un rumor
sobre cierto episodio homosexual en el que habría intervenido. La
envidia, medité en ese instante, hace a la gente inventar los más
descabellados disparates.
Salgo
protegido con un pañuelo a cumplir mi deber. En mi caminar a través de
la modesta plaza esquivo excrementos y alzo la cabeza apreciando la
iglesia y el campanil con ese tiempo empotrado en una de sus caras, un
reloj acusador de mi eterno retraso y mis constantes apuros. Un par de
cuadras después se abre ante mí un campo de fútbol tapizado con
hierbas amarillentas, quemadas por el fuego del ambiente. En el costado
un parrillero rodeado de personas. Demasiadas caras desconocidas, ojos
irritados, shorts y camisetas de equipos locales de ese deporte que
maltrata un cuero a patadas.
¿Quiénes
son?
Obtengo
la respuesta indagando superficialmente. Hay partido contra los de una
villa miseria vecina, ellos son el equipo. Pero primero el almuerzo.
La
orgía comienza con chorizos picantes, con ensaladas aceitosas y
verduras maceradas, asadas y sumergidas en mayonesa de ajo. El vino
desborda los vasos incansablemente, litros y más litros son consumidos
hasta que las costillas llegan y se distribuyen en los platos para
introducirse en bocas voraces, grasientas.
Con
las tripas a punto de estallar nos repartimos en grupos de a dos pares
para las partidas de truco. Habano en boca, no tomo respiro entre
victoria y victoria.
Promedia
la siesta cuando los jugadores se disponen en la cancha, realizando
calentamientos, elongando, probando a los arqueros con disparos flojos
de media distancia. El Chicho y Daniel no van a jugar, pero prometen
vitorear si mi coraje acepta el desafío. Los del equipo rival son
chicos malos y habrá problemas, además no dispongo de la vestimenta
adecuada para la ocasión, con mis zapatos lustrados y mi camisa y
pantalón de salir. Tengo temple de acero, acepto, y ya veremos quien
termina ganando.
Empieza
la cosa. No demoro en tomar el control del equipo dada mi habilidad
natural y mi picaresca agilidad. Completo un pase cruzado, inteligente,
habilitando a un compañero que solo tiene que soplar el balón para
convertir el primer gol. Desde afuera llegan gritos de "Aníbal,
sos el mejor", o "Aníbal, ídolo, te queremos".
Los
rivales comienzan sin disimulo a observarme con rencor mientras tiro caños
y desparramo jugadores con veloces gambetas. "El lechuzo"
desborda por el costado derecho y envía un centro a media altura, el
ideal para empalmar de taco después de una finta de palomita en mi
estupenda maniobra patentada como "el escorpión". Fallo en el
intento de hazaña y voy a dar de boca contra el suelo, sintiendo el balón
manso al lado de la cabeza. Con la poca energía que conservo intento
empujar la pelota y entonces
dos defensores me caen sin disimulo a patadas. No se detienen,
continúan golpeando. Siento que voy a desvanecerme. No puedo levantar
un dedo.
Alguien
grita que me lleven a las duchas, que un poco de agua fría va a
despertarme.
Las tinieblas invaden mis ojos.
El núbil arquitecto conocido como "el Chicho" se debatía
apoyado contra la pared de azulejos blancos evaluando la situación.
Tendido en el piso del baño Aníbal yacía inerte, y semidesnudo bajo
la ducha fría deliraba entre estertores cansinos. A veces susurraba
frases como "no puedo moverme, no tengo fuerzas", y sin abrir
los ojos volvía a sumirse en su semivigilia.
Los
ojos de Chicho brillaron con decisión y en su boca pecosa y poblada de
granos se dibujó una mueca obscena antes de cerrar la puerta con llave
y bajarse los pantalones lentamente.