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Yo
había escogido libre y muy conscientemente mi pertinaz soltería y a ella me
consagraba en vida y alma los ratos que los negocios me permitían. Pero cuando
la señora Matilde dejó de limpiar mi casa para acompañar a una persona mayor
tuve que buscar rápidamente a alguien que la sustituyera. Ella misma me sugirió
que escogiera a su vecina, buena gente de toda la vida, trabajadora y capaz, por
lo que fiándome de ella y sin ganas de preocupaciones, tras un rápido vistazo,
accedí. Tenía una sonrisa fácil y aparentemente ganas y necesidad de
trabajar. Medio año tardaría yo en empezar a pagar mi ingenuidad.
Al
principio no fueron más que torpes comentarios del tipo "se nota que ayer
le pilló el chaparrón, ha dejado to'l barro en la entrada, ponga más cuidao
que no estoy yo aquí pa eso". Más tarde, "Uf, hubo partida anoche ¿eh?
Cómo huele a tabaco. Y tendré que poner dos veces el lavavajillas". Al
principio no le di ninguna importancia, apenas nos veíamos media hora todos los
días, antes de irme al trabajo. Pero poco a poco sus insolencias fueron
subiendo de tono, empezó a criticar el traje o la corbata que me ponía y siguió
por dejarme ya preparado lo que debía ponerme al día siguiente. Quizá debí
despedirla el día que me dijo: "Era bonito ese camisón que se olvidaron
aquí anoche"
Pero no lo hice porque la consideré poco importante en mi vida y decidí que si
fuera necesario en cualquier momento podía llamarla al orden y todo volvería a
ser como es debido. Cuando quise darme cuenta me tenía el terreno comido y se
había hecho la dueña de mi vida y mi casa, se bebía mi güisqui, se comía
mis quesos franceses y ponía conferencias desde mi teléfono. Un buen día
descubrí que la decoración del salón había cambiado completamente. El mueble
bar ya no estaba donde solía y la tele aparecía en otro lado. La acuarela que
tan cara me había costado había quedado encajada entre la librería y el
aparador, la lámpara de pie ya no estaba junto al sillón y había puesto el
jarrón chino encima del televisor.