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Soltería   
Por, Pedro de Hoyos   

pisuerga@hotmail.com      http://www.conpermiso.turincon.com/

 

Yo había escogido libre y muy conscientemente mi pertinaz soltería y a ella me consagraba en vida y alma los ratos que los negocios me permitían. Pero cuando la señora Matilde dejó de limpiar mi casa para acompañar a una persona mayor tuve que buscar rápidamente a alguien que la sustituyera. Ella misma me sugirió que escogiera a su vecina, buena gente de toda la vida, trabajadora y capaz, por lo que fiándome de ella y sin ganas de preocupaciones, tras un rápido vistazo, accedí. Tenía una sonrisa fácil y aparentemente ganas y necesidad de trabajar. Medio año tardaría yo en empezar a pagar mi ingenuidad.

Al principio no fueron más que torpes comentarios del tipo "se nota que ayer le pilló el chaparrón, ha dejado to'l barro en la entrada, ponga más cuidao que no estoy yo aquí pa eso". Más tarde, "Uf, hubo partida anoche ¿eh? Cómo huele a tabaco. Y tendré que poner dos veces el lavavajillas". Al principio no le di ninguna importancia, apenas nos veíamos media hora todos los días, antes de irme al trabajo. Pero poco a poco sus insolencias fueron subiendo de tono, empezó a criticar el traje o la corbata que me ponía y siguió por dejarme ya preparado lo que debía ponerme al día siguiente. Quizá debí despedirla el día que me dijo: "Era bonito ese camisón que se olvidaron aquí anoche"
Pero no lo hice porque la consideré poco importante en mi vida y decidí que si fuera necesario en cualquier momento podía llamarla al orden y todo volvería a ser como es debido. Cuando quise darme cuenta me tenía el terreno comido y se había hecho la dueña de mi vida y mi casa, se bebía mi güisqui, se comía mis quesos franceses y ponía conferencias desde mi teléfono. Un buen día descubrí que la decoración del salón había cambiado completamente. El mueble bar ya no estaba donde solía y la tele aparecía en otro lado. La acuarela que tan cara me había costado había quedado encajada entre la librería y el aparador, la lámpara de pie ya no estaba junto al sillón y había puesto el jarrón chino encima del televisor.

Con paciencia volví a colocar cada cosa en su sitio y al día siguiente se lo dije en el tono más duro y acusador que pude. Me miró desde cierta distancia y con los brazos en jarras. "¿Pero es que me lo ha vuelto a cambiar?" fue su único comentario. Ya había decidido enfrentarme a ella cuando de pronto las cosas cambiaron radicalmente. Desde un misterioso día no volvió a haber ningún incidente, la casa aparecía más limpia y reluciente que nunca, las comidas eran sencillamente exquisitas y a mi gusto, y ella, en nuestros breves encuentros, se mostraba absolutamente sumisa, correcta y atenta a mis deseos.
Estaba convencido de que había hecho bien en tener tanta paciencia, pues al final los resultados eran los apetecidos y aunque tuvo motivos suficientes jamás volvió a hacer comentarios sobre las partidas con mis amigos o mis compañías nocturnas. Todo iba sobre ruedas, podía dedicarme por completo a mi trabajo y a vivir mi independencia a mi libre albedrío.
Llovió sin cesar durante los tres meses siguientes. Aquel tiempo infernal acabó con parte de mi salud y un día tuve que volver a casa a media mañana. Al llegar me encontré con una desconocida que se afanaba en la limpieza del cuarto de baño. Cuando me sobrepuse de la sorpresa vinieron las explicaciones. Ella era la criada que mi supuesta esposa había contratado unos tres meses atrás por un mísero sueldo, infinitamente menor que el que yo pagaba. Mientras tanto, "la señora" había salido de paseo por las cafeterías de la ciudad y no regresaría hasta un cuarto de hora antes de la hora habitual de mi vuelta.
Lógicamente me quedé con la nueva chica y su sueldo y despedí para siempre a mi "esposa"...