Erase una vez un jovencito de 15 años
que como cada año pasaba sus vacaciones de verano en el pueblo de su
madre, en casa de sus abuelos. Allí se juntaba con otros jóvenes del
lugar y con otros chicos y chicas que al igual que él, venían a pasar
sus vacaciones al pueblo desde lugares como
Madrid, Valencia, Zaragoza o Barcelona. Era un grupo muy heterogéneo y
bien avenido.
A los pocos días de su llegada, el muchacho de nuestra historia conoció
a una chica que era nueva en el grupo y de la cual se enamoró
perdidamente. Afortunadamente el muchacho se vio correspondido por ella
como descubrió pocos días mas tarde cuando en una de las habituales
reuniones del grupo para escuchar música y charlar animadamente se
encontró sentado junto a ella y sin saber como, sus dedos se
entrelazaron con los de ella sintiendo una corriente de energía moviéndose
en todas direcciones por todo su cuerpo, llenándole de gozo y felicidad
al mismo tiempo que se apoderaba de él una gran debilidad -le temblaban
las piernas- Nunca antes había sentido nada semejante, no entendía muy
bien que le ocurría. A partir de ese momento fueron inseparables,
cuando estaban juntos caminaban cogidos de la mano, prodigándose en
cariñosos besos y tiernas caricias, dedicándose amorosas miradas y
repitiéndose hasta la saciedad lo mucho que se querían, cuando estaban
separados no dejaban de pensar el uno en el otro.
Y así transcurrió aquel verano feliz hasta que llegó el momento más
difícil y duro de aquel incipiente amor de adolescentes. Llegó el
momento de la separación. Finales de agosto, era el momento de volver a
casa. Nuestra joven pareja supo en aquel momento lo doloroso que puede
llegar a ser alejarse y separarse del ser amado. Besos, abrazos y lágrimas
se sucedieron al pie del autocar que había de llevarle de vuelta a
casa.
- Te escribiré todos los días decía él
- Yo también, contestaba ella
- ¡TE QUIERO, TE QUIERO! decía él
- ¡TE QUIERO! contestaba ella
El viaje de seis horas a casa fue un verdadero tormento para nuestro
joven amigo. No volvería a verla hasta Navidad...¡¡¡CUATRO MESES!!!!
¿Porqué porqué porqué? repetía el muchacho mientras las lágrimas
corrían por sus mejillas y el recuerdo de su amada aún lo desconsolaba
mas si cabe.
El tiempo transcurrían lentamente para nuestro joven enamorado que
contaba los días que faltaban para volver a ver a su amada como si de
un preso se tratara a la espera del ansiado día de su libertad. Sólo
encontraba consuelo en las cartas de amor que ella le enviaba casi a
diario y que a su vez también él contestaba casi a diario. Cada noche
sacaba la foto de ella que llevaba en la cartera y la miraba en
silencio, ensimismado. Fueron cuatro meses intensos de ir y venir de
cartas y alguna que otra llamada de teléfono.
Nuestro amigo, mucho más sereno que los primeros días pero igual de
enamorado preparó su equipaje para el viaje que al día siguiente
emprendería para reencontrarse con lo que más amaba en su vida.
El autocar enfiló la calle mayor del pueblo en dirección a la cochera.
El joven sabía que ella le estaría esperando y sentía que su corazón
estaba a punto de estallar. Ambos se buscaban con la mirada y finalmente
se vieron, él la saludaba desde el vehículo agitando los brazos y ella
le contestaba igualmente emocionada. Cuando él descendió del autocar
se fundieron en un estrecho abrazo y sus labios se encontraron de nuevo
tras tantos meses de añoranza. La encontró igual que cuando la había
dejado aunque mucho más guapa. La joven pareja no cabía en sí de
gozo, su amor seguía vivo y no había decaído ni un ápice.
De nuevo los días maravillosos se sucedieron, los paseos cogidos de la
mano y las miradas tiernas se repitieron. Y también de nuevo las
vacaciones llegaron a su fin, pero esta vez, la pareja afrontó la
situación con mas entereza, mucho mas seguros de su amor. Digamos también
que nuestros jóvenes protagonistas habían madurado, algo en ellos había
cambiado, ambos eran conscientes de que entre ellos había algo
importante, algo más importante y sólido que un simple amor de verano
entre dos adolescentes.