ANDRÉS
DE POCACOSA Y SU MADRE CUEVASCOSA,
Por
Briduende

Andrés de Pocacosa vivía entonces en casa de su madre Cuevascosa, con dos perros que llamaban de Verso y Prosa.
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Perros eran grandes, y sobresalientes de cuantos perros existen. De colores varios por orejas y rabos, siempre amigos, siempre sanos, aunque, bien verdad que ahora viene, poco atendidos por los de su progenie o inclusive por los que ya encargados de cuidarlos allí los admiraban, desde lejos, claro. |
| Mas no parecía en ello importarles cosa alguna tal, y
disfrutaban, parecía, consigo mismos, como si hablaran y comentaran entre sí
las filosofías de la vida, del mundo... |
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Andrés de Pocacosa no usaba rifles, ni armas, en sus cazas, siquiera
cazaba o poseía para tal fin herramientas; no era hombre fuerte y veloz
pensante para empresas necesarias en el oficio de atrapería. Sí, de verdad;
las ideas siempre se le escapaban, y no cuidaba en cogerlas del suelo cuando caían
de lo alto. Fijábase en esto su madre, y entonces, decidida, parlaba alto y
claro, pues que la oyese, diciendo ¡Cómo, hijastro (pues así era), están
incluidos en los libros, ciertos hombres y mujeres, todos ellos afines a las
ideas!...¡¿Qué hace la naturaleza en ellos, que cuidan siempre en coger de lo
alto los pensamientos más filigranas, no dejándolos arribar en el suelo, tal tú,
delgado (pues así era) haces?!.

Andrés de Pocacosa poco caso hacía siquiera de su hablante progenitora
(dejémoslo estar), menos aún del rastro tras de sí, de grandes pensamientos,
todos caidos, como esparcidos para ser cebados. Cuevascosa, raras veces hacía
el movimiento del barrer para un poco de sitio hacer en tal pequeño lugar, que
era en donde vivían; parecía, si vemos el hecho desde lo externo, que bien
ordenada Cuevascosa era, tratando de hacer del tiempo una armonía para el bien
barrer, y el mejor recordar, tal que si una periodicidad en tal acto hubiera
acordado con el señor tiempo, en alguna de las pequeñas...minúsculas
ocasiones en que aparecería éste por la puerta. Dignos de elogios desde los
mesurosos y organizados, si tal mi observación fuera en verdad un hecho de la
realidad, pero no; el señor ya tratado en palabras no volvió a la su casa, ya
desde otrora tiempo. Cuevascosa barría, o se hacía que lo hacía, por placer,
sentimiento de un movimiento de sus ágiles brazos y piernas. Pero, entre su
sucio amarillo pelo y la encorvada figura de su cuerpo, unos ojos y lo que los
rodea, trataban, mientras durante escobaba, de leer o siquiera confeccionar
valentía en adivinar qué aquellos pensamientos caídos le decían (pues, como
bien habían filosofado Verso y Prosa, las ideas recién huérfanas del gran árbol
no aparecen escritas, ni de ningún modo tratadas, sino que por sí mismas
llegan a quién se acerca a ellas, de una manera extraña, que tema era ya de
las discusiones en Verso y Prosa).
¿Qué gran dichoso paso afortunó a tal señora?. Las lecturas
insistentes de Cuevascosa torcían en manía, y hacían de la señora una
adicta. Guardaba en sí cuanto barría, sin paradoja alguna en su acto, de modo
que, cuando el deseo palmada a espalda dábale, no sin titubeo, arremangaba del
recuerdo el brazo y extraía pequeños pensamientos, e incluso fragmentos, pues
saciaba a Cuevascosa cualquiera de tales. Sucedía esto en ratos libres, ociosos
para hombres de talento, que eternos se hacía para Cuevascosa. Rompía, como
olas, el silencio de allí con risas, que Pocacosa concluyó originadas en
locuras, por el tanto escobar, pero bien sabemos eran de su hijo las
descendientes de la hilaridad; y entre llantos abrazaba, en recompensa, a su
decidida madre: ¿Hacemos, madre, el futuro del mundo?, respondiendo ella,
Hacemos.

Grandes Prosa y Verso en esto que caen y dan de golpe al suelo. Gran
infortunio, Pocacosa. Tratándose en levantarse deciden pedir lastimero auxilio,
y abriendo fauces, llenando ombligo, deciden decirle a una 'guau'. Asustando,
apabullado del peligro, del entusiasmo, Andrés de Pocacosa recibe en sus pies
el caminar y aproxímase rauda al lugar de los canes; investiga la procedencia
de aquellos sones guaureros y coincide consigo mismo en que parten de los
propios perros, que ahí yacen. Salta de su posición a la siguiente, y así
sucesivamente para conseguir lo imprescindible conque curar a los pobres Verso y
Prosa. Aplícalos con suavidad, cuidando no tocarles que, ya sabía Pocacosa, más
lástima dan a un can, que cienmilcaídas sin espacios. Una vez tratados, decide
en llevarlos a cocina, donde comienza dialogante, con Cuevascosa parlante,
comentarios y vituperios sobre el suceso: ¿Qué mal habrían de haber hecho
tales Prosa y Verso, que de una mesa, fuertes y sanos, caen al suelo, y ya casi
dejan sus patas tiesas?...pues más mal he hecho yo en recibir de tí la vida,
Cuevascosa.
Sintiose entonces como retraído y como asustado, mas más como algo de
si quisiera el miedo decirle algo, pero de cual suyo lenguaje no trae al mundo
ninguna idea concreta, ningún auxilio a lo inaudito de la situación.
Entonces, haciendo de la ayuda que sus dedos insistían posición
adecuada, para ello púsolas en cántaro o dicho cuenco su forma, dejó en
llorar las piezas su ilusión de un algo hallar de lo perdido, callaba. Quiso de
por qué no a él; y rumiando sus pies un paseo de estancia pedía auxilio
atronador, alto y fuerte, que no más viéramoslo tal. Avanzó en declinar su
rostro, en lugar su cuerpo, alzó para fin de aceptar lo venido cabeza e hizo de
intentar hablar, mas pudo, no, no pudo. No sonidos, no ladridos, la estancia
rodeó silencio entonces, apagando ya pasado que no torna, y rodearlo quiso
Pocacosa, silencio, punto y coma; y de lo alto seguían, en continuo, salían y
llegaban y no nadie interrumpirlas pudo, caían las ideas, de lo alto, hora
ahora saciaban el estar, eran muchas, en las que Pocacosa fijábase en violencia
que su vista se tornaba obligada, mareo y torcimiento del alma, pánico.
Abriendo, se volvió una terrible voz en cabeza de Pocacosa, que
arrullaba en matar a infortunado ser, reclamando en sus oidos el entendimiento,
pero a voces. ¿Qué era, odioso, qué le decía? 'De concha o envoltura formada
por numerosas piezas,... dan varias generaciones por año,... y del montón de
juncos o paja, que solemos hallar entre corales, para cama de los animales...'

¿Es dolor de tal visión? quiso inquirir para ello Pocacosa, al aire, al movimiento... Verso y Prosa débiles ya muertos pendían del suelo, y de sus cuerpos tocados del divino dedo, de sus antes choques entre verdades, alzó desde ellos un vapor espeso, de no, color no traía, caminó dentrellos hacia el alto de la estancia; un vaho preparado de comprensión, un humo, masticado profusamente, que iluminar no pudo, cual última vez, el alma de Pocacosa.

¿Cómo el destino alcanzó gloria contra los ya finados, amigo sin duda de la muerte, calzose el éxito de aquel atentado? ¿El mundo? Gracioso, el de la estancia, ridícula, de Pocacosa, que muerto no pudo ni adios decir, o si quería escribir, lo maldita de su estancia. ¿Y qué del momento de este suceso, y Cuevascosa?. Cuevascosa era, pues ahora es, y más sería, bondades de la sabiduría, Brilladarte.
