Era
de noche y desde mi habitación te oí. Te habías refugiado al lado de
mi casa, y querías ser atendido. Tus maullidos suaves, insistentes, con
intervalos.
Entraste
en casa sin miedo cuando te recogimos. Eras tímido y decidido, y
pasaste ha ser uno más. No era el primer gato que acogíamos.
Tu
peculiaridad era que eras tan pequeño, aunque ya eras capaz de comer
por tu cuenta. Pero te agarrabas a nuestra ropa queriendo buscar a tu
madre de la que fuiste arrebatado seguro que demasiado pronto. T u
instinto de mamar, que se convirtió en un juego nos hacia gracia.
Empezabas a manifestar tu sexualidad agarrándote a nuestra ropa y
chupando y mojándonos la ropa.
Creo
que era tu forma de tratar con lo desconocido.
Y
era un vicio que no podíamos quitarte.
Hasta
que llego el día en que se te pudo considerar ya suficiente mayor para
una esterilización. Y te llevamos al veterinario.
A
mí me sigue pareciendo algo cruel. Pienso que tienes derecho a tu
sexualidad y a buscar tu pareja.
Pero
nuestro mundo de cemento no te admite, y tus hijos hubieran terminado en
alguna perrera o bajo las ruedas de un coche. Quizás en manos de algún
desaprensivo.
Ahora
te veo, soltero y engordando, menos cariñoso con nosotros, haciendo tu
vida de gato recogido.
Siempre
fuiste muy social, y aun ahora me gastas alguna broma, de vez en cuanto,
no sé si feliz con tu suerte, pero tampoco te quejas.
Tus
ojos verdes me hablan de eternidad, de sabiduría mas profunda que la mía.
Eres ese trozo de naturaleza que pudimos robar al cemento y a una
civilización, que sin ti seria vacía y absurda.
Gracias
por acercarte a nosotros y dejarte acoger.
No sé quien te abandonó, y no quiero pensar en ese mundo cruel, que convierte al hombre en enemigo de la humanidad.
A
ese hombre o mujer que la ley no persigue, y hace que el mundo se avergüence.