Ana se despertó en mitad de su sueño y se encontró
en medio de una gran oscuridad. Una oscuridad a la que se había
acostumbrado y en la que había aprendido a desenvolverse con cierta
soltura. Una oscuridad que le había enseñado a ver en su interior y en
el interior de los demás. Una oscuridad que seguía atormentándola. Se
incorporó sobre la cama, tomó un cigarrillo del paquete que dejó la
noche anterior sobre la mesilla, lo encendió y le dio una profunda
calada. Eso tampoco la apaciguó. Siguió fumando nerviosamente mientras
por su mente se sucedían vívidas imágenes de algunos episodios de su
vida.
A su lado, en la cama, su amante durmiente se movió ligeramente lo cual
le hizo pensar en la relación que habían iniciado apenas dos meses atrás.
Era la primera vez en su vida que salía con un invidente. Se conocieron
en la escuela donde ella acudía tres veces por semana para aprender a
leer esos mismos textos que él leía con tanta facilidad y precisión.
Pensó que él solo conocía su rostro a través de sus ágiles y
sensibles dedos, pensó que su concepto de la belleza era distinto al de
los videntes, se preguntó como eran sus pensamientos ¿había imágenes
en ellos? Se preguntó si esa relación entre tinieblas tendría algún
futuro. El no parecía muy afectado por su
propia ceguera, porque es de nacimiento, justificó ella.
Habían transcurrido dos años desde aquella desafortunada intervención
quirúrgica a manos de aquel chapucero que se hacía llamar doctor.
Maldito sea, maldito sea por siempre se repetía mientras aplastaba
furiosamente el cigarrillo en el cenicero. Los médicos habían sido
tajantes en su diagnóstico; nunca recobraría la vista. Repitió
la rutina diaria de asearse y vestirse. Cuando estaba lista tomó su
inseparable bastón, sus gafas oscuras y salió a la calle.