Nos miramos fijamente durante largo rato. Sus ojos
color miel me escrutaban pero no me sentía incómodo. Su rostro me
resultaba familiar y a la vez extraño. Ninguno de los dos desvió la
mirada pero no había desafío en ella. Alargué la mano y toqué su frío
rostro, él ni se inmuto. Lucía una barba de varios días y unas
abultadas bolsas bajo los ojos. Su expresión era triste y cansina.
A través de su mirada lo supe todo; supe que llevaba dos meses sumido
en la desesperación, supe que su mundo se había desintegrado, supe que
le iba a costar mucho salir adelante, supe que ella le había dejado,
supe que estaba solo y con el corazón destrozado.
No sabía que decirle, no encontraba palabras de ánimo para él. Sé
que estas cosas se superan –eso dicen- pero no me hubiera creído, así
que no le dije nada. Ahora me miraba con ansiedad; no pude soportarlo más
y me aparte del espejo.