Se llamaba Mercedes, y escupía tequila cada vez que pronunciaba su nombre. Era su desdicha, heredada durante generaciones en una familia que guardaba su reliquia, su tesoro, su nombre Mercedes, a pesar de los comentarios, risas y sinsabores que habían traído a sus miembros, por lo demás poco ilustres.
Estudiaba catecismo cuando lo conocí, allá en el rancho grande. Se partía los sesos por comprender eso de la trinidad y de los santos oficios. Santo oficio el suyo de sepulturero, se decía. ¿ Hay algo más santo que el adiós a los muertos , que la acogida del dios misericordioso a los pobres pecadores ? Se relacionaba con los curas, monjas y meapilas del lugar. Y se hacía, y hacía, preguntas que nadie podría imaginar, o al menos a mí nunca se me hubieran ocurrido. Pero la más tonta de todas y curiosamente la eterna pregunta sin respuesta no era otra que a qué maldita hora se le ocurrió a su madre ponerle el nombre de Mercedes. ¿ Tanto valía lo que sus antepasados habían hecho, o sus nombres, o la tradición, o sencillamente el pasado ?
Mercedes era un hombre de esos de pelo en pecho donde los haya. Y su reputación de mujeriego corría de boca en boca por los tugurios de la comarca, aunque a él no le hacía ni pizca de gracia. Pensaba que no le hacía bien. Quizás su trabajo, su santo trabajo, y su dios no se lo permitirían. Pero él se excusaba cuando llevaba una copa de más. No es tanto como dicen, decía. Los mártires del santo evangelio, la biblia eterna y verdadera… todo pesaba demasiado en él, tanto como para sentirse abrumado y mártir a su vez.
A las tres de la madrugada se tomaba un café con leche en el bar de la esquina. No estaba muy animado. Miraba por la ventana como si no mirase, por pura rutina quizás, no lo sé. A los ojos de los demás no era otra cosa que Mercedes, la puta de la esquina. No sé nada, porque no es fácil verlo así con esa pinta. No conozco a su dios, y quizás ya no se haga ninguna pregunta, ni tan siquiera porqué se llama Mercedes. Quizás ya sepa la respuesta.
![]()