Menudo par / Rurro / Uno de los muertos / Nos enteramos / Lo recuerdo / La lima
Hacia tiempo que veníamos escuchando historias acerca de lo que sucedía en aquella casa. Sólo eran rumores entre chavales, pero rumores muy atractivos. Aquel lugar nos había hecho derrochar horas de conversación. Al. nos llevó allí. Tenía un vinculo de amistad con una de las chicas. El hermano de ella le dio clases de ingles. Fuera como fuera, bien por Al. A la chica mi amigo le hacia gracia, eso estaba claro. Los tres éramos muy graciosos. Tanto A, como B., como yo, éramos un tanto peculiares para nuestros once años. Nos encaminamos hacia la casa con algunas dudas. Las chicas no vivían solas. R. un moro, vivía con ellas. Por la calle corría el rumor de que el tío se las tiraba a las dos. Llamamos y una de las chicas abrió la puerta. Se trataba de Pa. De algún modo sabía que iríamos a verla y nos saludo con naturalidad, a Al. primero, dos besos para cada uno. ¡Qué pedazo de mujer! pensé yo, y pensamos todos. Para nosotros y para buena parte del barrio aquella chica y su amiga eran objeto de veneración. Estábamos en su casa, nos había besado, y aquello nos hacia grandes. Ella se mostró muy contenta al vernos. Debíamos parecerle tres chilicuatres de mucho cuidado, aparentando ser los tipos mas duros de la ciudad. Ella nos trató como lo que éramos realmente, y así nos sentimos todos más cómodos. Su amiga estaba recostada en el sofá, cómodamente. Estaba en su casa. Ni siquiera nos miró. Nosotros la miramos de arriba abajo y de abajo arriba varias veces. Estaba viendo una corrida de toros en la tele. Nos sentamos al lado. Pa. comenzó a bromear con nosotros. Nos preguntó acerca de las chicas, de nuestras experiencias sexuales, y nosotros le comunicamos nuestros hasta entonces sólo progresos. Después nos pregunto por nuestras correrías, donde realmente sí éramos precoces y nos gustaba explayarnos. Le contamos un par de actos delictivos y nos inventamos muchos más. Eso le divirtió. Pa. estaba realmente muy emocionada con nosotros y decidió sorprendernos. Se marchó hacia su cuarto y volvió con dos sacos de polvo blanco que de no ser por el envoltorio parecerían dos kilos de azúcar. -¿Sabéis lo que es esto?- preguntó. Yo dije que heroína, A. dijo cocaína. Al. acertó. Pa. abrió la bolsita y nos ofreció. Al. se chupo un dedo y se lo llevó a la boca, como seguramente había visto en una película. Yo no había visto tanto cine todavía. Rechacé el ofrecimiento y pedí un cigarro. Estábamos muy impresionados, que duda cabe. Semejante cantidad de cocaína nos pareció algo muy importante, no tanto como realmente era.
Enano, renegrido, con el pelo de puro estropajo. La porquería era para Rurro el pan nuestro de cada día. Su vida era literalmente una mierda, su mundo un desastre y él, eso sí, el rey. Nadie he conocido con la autoridad de Rurro. Tampoco he conocido a nadie más cruel. Había chicos de más edad, 50 cm mas altos, 50 kg mas pesados. Todos hacían lo que Rurro decía. La cosa era bastante sencilla, Rurro ordenaba, Rurro mandaba con sus ojos y cualquier insubordinación, la orientaba a su manera, lenta y pesadamente. Rurro no tenía un gran arranque de ira, cualquiera lo tendría más fuerte que él. Su extrema crueldad residía en el placer de herir sin justificación. Rurro disfrutaba con lo que hacía. Podía emplear un día entero, un mes o un año en joder la vida a quien se interpusiera en su camino. Y lo hacía bien. He visto llorar a hombres como castillos bajo sus manos. Lo que era inexplicable era porque nadie quitaba a Rurro de en medio. Hasta sus más allegados se hubieran alegrado de verle muerto. Intercambié pocas frases con él. Era mejor evitarle. Su misma proximidad era ya una amenaza. En una ocasión le encontré solo, estaba en el parque, atándose unos botes de conserva vacíos a las suelas de los zapatos. Este dispositivo trataba de aumentar su altura. Me vio fumar y me llamó con un gesto. Yo acudí de inmediato. -Un cigarro- me dijo. Saque el paquete y él lo cogió, sacó un cigarrillo y lo colocó en sus labios de barro, el resto los guardó en su bolsillo. Casi inmediatamente apoyo su mano en mi hombro. Me necesitaba para levantarse con esos botes bajo la suela de los zapatos. Me indicó una dirección, y supe lo que tenía que hacer. Caminamos juntos, yo y el enano que ahora parecía un saltimbanqui. A nadie en este mundo se le hubiera ocurrido reírse de él. Me llevó junto a un coche, uno que tenía la ventanilla del conductor rota. Los cristales rotos estaban todavía en el asiento. Rurro abrió el coche, se sentó sobre los cristales sin ningún cuidado y probó la altura de los pedales. -Cojonudo- dijo. Juntó un par de cables y arrancó el coche. Aceleró a fondo para salir pero de repente se interrumpió- -¿Tienes fuego?-. Saqué de mi bolsillo el mechero y se lo ofrecí, sabiendo que no me lo devolvería. Me alegré de hacerlo.
B. Mostraba una gran confianza en si mismo, mucho mas que nosotros, a su lado parecíamos lo que éramos, niños. Él era mucho más alto, más fuerte y no tenía padres. También era más simpático que nosotros. Todo lo suyo podías considerarlo tuyo. B. Tenía una hermana, mucho mayor que nosotros y perfectamente desarrollada. -Tíratela si quieres-, me dijo. Estábamos los tres en su chabola. Yo me acerqué a su hermana y se lo propuse tímidamente. Ella aceptó con una naturalidad que llegó a asustarme. Torpemente procedí a levantarle las faldas. Sin una triste caricia busque el agujero y apreté con fuerza. ¡Mierda! Aquello era como tratar de atravesar un muro con un mondadientes. Ella esperaba pacientemente, mirando de reojo la televisión. Yo empujaba y empujaba, intentando mantenerme en equilibrio sobre mi pene, que se quebraba como un rayo. B. mientras tanto trasteaba en el fogón de la cocina. Yo empujaba y empujaba. ¡IMPOSIBLE! llegado el momento desistí. Jadeaba como un cerdo. La tenía morada por el punto en que se había quebrado con más frecuencia. Le bajé las faldas y me subí los pantalones. Ella rió con fuerza. En la televisión echaban un programa de cámara oculta. B. trató de animarme, sutilmente, sin ofender, como sólo él sabía hacerlo. Poco a poco me sentí re confortado. En corto espacio de tiempo le perdí la pista. Con aquella edad cualquier cambio, una mudanza, el comienzo de las clases o el castigo de un padre, suponía perderse demasiado tiempo, demasiadas cosas.
J. no era ni mucho menos un líder, pero se le respetaba. Era incluso más infantil que el resto de los chicos de su edad, también era más alto y estaba más desarrollado. No se por qué se le respetaba, pero había algo inquietante en él, algo que daba miedo. Se unía al grupo cuando quería, aparecía y desaparecía sin que lo notaras. No era un miembro de peso. Su vida era un misterio para nosotros y tampoco despertaba interés. Nadie sabía que hacia, a que colegio iba o quienes eran sus padres. Su presencia era vacía y lo único que llamaba la atención era su mirada. Nunca te miraba a los ojos, salvo fugazmente, siempre lo hacia al pecho, como si pudiera ver tu corazón. Su temperamento era desconcertante y nunca medido. Se entregaba a los juegos con la pasión de un niño de teta y por lo demás, nada parecía despertar en él ningún interés. Recuerdo que encontramos una caja de cartón, grande, de un frigorífico. Jugamos a meternos todos dentro, los tres de siempre y J. Parecíamos sardinas. Aquello era emocionante para nosotros. Uno de los chicos encendió un cigarrillo y todos lo compartimos, prácticamente boca con boca. J. fumó también, torpemente, apenas sabía tragar el humo. Esto pareció emocionarle más, comenzó a mostrar una euforia desmedida y a reír con gran excitación. Allí tan cerca, todos juntos, aquello empezaba a no tener gracia para mí. Para él parecía ser la cosa mas divertida del mundo. Nunca le habíamos visto así. Animado por movimientos espasmódicos comenzó a moverse como un loco y los demás le siguieron la corriente. Se asió a uno de los bordes de la caja e intentó hacerla girar. Yo traté de impedirlo. La caja giro con todos nosotros dentro y comenzamos a espachurrarnos por nuestro propio peso. De repente quedé atrapado por un brazo y nadie se dio cuenta. Todos siguieron girando y yo quede atrapado, totalmente inmovilizado. Me estaban aplastando el pecho y el poco aire que llegaba a mis pulmones era puro humo. Una mano me tapó la cara a apoyándose completamente, era la mano de J. Reía como un diablo bajo los efectos del LSD. Empecé a sentir su risa como si fuera especialmente dirigida a mí. Nunca su palabra me pareció más directa. Todo parecía parte de un plan premeditado. A. fue quien me liberó. Actuó con rapidez y contundencia asestando un puñetazo en la cara de J. Yo ya me veía muerto de la manera más tonta del mundo. Me imaginé muerto, tratando de explicar a mis padres lo que había pasado. Me imagine enterrado bajo una cruz en la que rezaba la leyenda "gilipollas". Poco tiempo después nos enteramos de que J. dedicaba su tiempo libre a ayudar a las ancianas. Las acompañaba a casa, les llevaba amablemente las bolsas de la compra y allí las violaba. También nos enteramos de quien eran sus padres. Nos enteramos de cual había sido su colegio. Nos enteramos de donde le enviaron y de como terminó.
M. comenzó a tomarme afecto. Yo era de los pocos que no le tenían miedo, y tampoco escrúpulo. M. olía a una mezcla de orín y humo. Eran muchos los que olían así, a causa del orín, y a causa del humo. En aquellos tiempos adoptamos un perro. El perro venía con nosotros a todas partes e incluso nos esperaba en la puerta de nuestras casas cuando bajábamos por las mañanas. Es curioso, pero nunca le dimos de comer. El perro nos quería simplemente por que sí. El perro solía entrar en nuestra chabola. En realidad era más suya que nuestra, muy probablemente la usaba para dormir. Un día recibimos una visita. El perro estaba con nosotros naturalmente. Siempre había algún chico que buscaba nuestra compañía, que necesitaba respeto. El chico entró en la chabola y se mostró simpático. Traía un sobre con dos puros que le había quitado a su padre. M. y yo comenzamos a fumárnoslos. El perro también agradeció la visita y comenzó a comportarse muy cariñosamente, demasiado. Estaba pegajoso y a la vez embrutecido, como si oliera a hembra. -¿Tienes perra?- Pregunté al chico. Me contestó que no. M. mientras tanto miraba y fumaba, lo hacia fijamente y con los ojos entornados, como siempre que planeaba algo. -¡Bájate los pantalones!- Ordenó M. El chico se negó. -¡Bájate los pantalones joder! El perro quiere follar-. El chico dudo. Yo continué fumando en silencio los puros del padre del chico. Era todo un lujo para nosotros. El chico comenzó a bajarse los pantalones y luego los calzoncillos, dejando al aire su blanco culo. El perro no se lo pensó dos veces, apoyó su patas delanteras en la espalda del chico y tanteo el aire con su pene. Me estaban jodiendo el cigarro. Contraje mi pierna y descargue un golpe que acertó mitad en el pene del perro y mitad en el culo del chico. El perro salió huyendo. Era la primera vez que le pegaba y me sentí mal. El chico se marchó en silencio. A M. lo mataron años más tarde. Le pegó dos tiros un policia. Todavía veo a su hermano con frecuencia. Siempre nos saludamos disimuladamente. Nunca hablamos, eso jamás.
Aquello me dio muchos quebraderos de cabeza. Yo estaba muy aburrido, desde luego. Para mí un hecho insignificante suponía una pequeña emoción. Mi vida se había tornado tan vacía que no me resultaba difícil magnificar cualquier suceso. Encontré la lima de uñas sobre un montón de arena, en una escombrera por la que solía pasear en mis largas mañanas de asueto. Estaba nueva, casi sin usar. La recogí y me propuse averiguar como demonios había llegado hasta allí. La lima estaba nueva, no mostraba huella de oxido ni marca alguna que diese prueba de su uso. No debía llevar allí mucho tiempo, eso estaba claro. La manoseé y observé largamente como si fuera una señal del cielo que me veía incapaz de descifrar. Después, con la calma de un investigador, me propuse rastrear los alrededores por si hubiera algún vestigio que pudiera arrojar luz sobre el asunto. Encontré una muñeca vieja, pero su estado de deterioro era muy superior al de la lima. Encontré periódicos, tubos cables y miles de piezas cuyos mecanismos se me antojaron aun mayores misterios. Finalmente me llamó la atención un lugar donde la tierra estaba removida hacía poco tiempo. Comencé a levantar la arena con un palo y apareció un grueso plástico, tiré fuerte y apareció un pie, un pie de mujer con zapato de tacón, todo cubierto de barro. Así el pie y tiré con fuerza, totalmente desesperado. Estaba duro y frío como el hielo. Tiré y tiré hasta que la cosa cedió y me encontré entre las manos con un miembro, más o menos seccionado desde la rodilla, la rodilla de un maniquí. Estaba horrorizado, hasta el mecanismo de articulación de la rodilla del maniquí se me antojaba macabro. Lo envolví con cuidado en el plástico que lo cubría y lo volví a enterrar, como reliquia de Santo. Ya era casi la hora y mi madre ya tendría preparada la comida. Me guarde la lima y me marché a casa, pensando de dónde podría proceder esa lima, a quién podría haber pertenecido, cómo podría haber terminado allí. En cualquier caso era para mí un objeto totalmente inútil ya que me como las uñas.