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Yo nunca supe muy bien qué había que hacer para ligar y siempre se me había dado muy mal, incluso en el parvulario ninguna niña quería sentarse conmigo. Las chicas siempre fueron un gran misterio para mí; yo me acercaba, les decía “Hola, ¿cómo estás?”, e inmediatamente solían acordarse de que tenían prisa. Nunca entendí por qué hasta que tuve que afeitarme y me miré al espejo más detenidamente. Lo que vi me quitó las ganas para siempre y nunca más había vuelto a caer en la tentación.
Hasta este fin de semana. Llevaba una temporada notando que Lucía me miraba a hurtadillas al levantarme por un informe o cuando iba y venía de la fotocopiadora. Lucía era la releche de divertida, estaba de coge pan y moja y todos mis compañeros se la comían con los ojos. Y por alguna razón, desconocida pero encantadora, me había escogido a mí para mirarme y ruborizarse.
Quedé con ella a las primeras de cambio, claro, era una rara oportunidad y había que aprovecharla. Escogí mi mejor ropa, juvenil, moderna y actual, y procedí con especial cuidado a la hora de elegir los zapatos. En la empresa todos sabíamos cuánto le gustaban y que su juicio sobre los hombres empezaba precisamente ahí, así que dediqué toda una mañana a recorrer detenidamente la calle Mayor de mi ciudad y por fin, en la zapatería más selecta, encontré lo que buscaba.
Los que me gustaron eran magníficos, caros, elaborados a mano por antiguos artesanos y... de un número más pequeño de lo que yo hubiera necesitado. No había mi talla, pero no por ello renuncié a ellos, eran un remate de lujo para esa noche maravillosa con Lucía, al final de la cual yo esperaba sentir uno de los mayores placeres que nos son dados a los humanos, y los compré.
Cuando salí a buscarla noté la primera rozadura en el dedo meñique. A lo largo de la tarde descubrí que los dedos se me encogían de dolor y me enviaban penetrantes mensajes de suplicio. Procuré aparcar cerca del restaurante y caminar despacio y con cuidado. Al sentarnos intenté quitarme cada zapato con el otro pie, pero fue imposible. No obstante me permití elegir el vino más caro y sugerir platos exóticos, el dinero no debía importar, esa noche debía ser la noche que yo llevaba tantos años esperando y que debía hacerme sentir placeres que hasta entonces me habían estado vedados.
Lucía era inteligente, culta y muy apetecible, ella lo sabía y aquella noche se había vestido y maquillado sólo para mí, se había perfumado sólo para mí y se había puesto aquel escote sólo para mí. Bueno, en realidad se había puesto una blusa preciosa pero yo sólo veía el escote, lo profundo que era y lo bien que lo llenaba. Aunque aquellos odiosos zapatos no debían estropear mis planes, después de la cena sugerí distraídamente cambiar la discoteca por la terraza de una cafetería. No pudo ser. ¡¡Lucía quería bailar y bailar sin cesar!! Yo también quería, pero en realidad sólo intentaba flotar para no tener que usar los pies.
La tortura no tenía fin, cuantas más llagas tenía yo más quería bailar ella. Cuando después de una eternidad empezaron a sonar las canciones más delicadas y románticas ella se me colgó de los hombros y se apretó con fuerza contra mí. Yo debía haber sentido un alivio premonitorio, pero el sufrimiento que llevaba acumulado, las horas de tortura que llevaba aguantadas, me impedían disfrutar de la situación. ¡Cuánto deseaba la hora de subir a su casa y que llegase el momento tan esperando!
Mientras conducía descubrí que ni sentado cesaba mi insoportable dolor, pero sus cálidas caricias y su mirada entregada me dieron nuevas energías. Haciendo que bromeaba para poder pisar con el canto de mis zapatos llegué hasta la puerta del edificio. “Tercer piso, sin ascensor, te echo una carrera” dijo ella creyendo que hacía una gracia...
Unos eternos minutos más tarde entrábamos en su habitación y me sentaba en su cama. Ella había empezado a acariciarme cuando por fin me quité, violentamente, mis zapatos. Mis pies se vieron libres de su punzante cárcel, mis dedos se estiraron aliviados, las llagas cesaron en su lacerante amargor, cada uno de mis huesos volvió al lugar para el que había sido creado y una cascada de estrellas descendía en torrente por mis venas para hacerme sentir el placer que llevaba tantas horas esperando: Quitarme los malditos zapatos.