Leyó atentamente la noticia aparecida en el periódico electrónico
de ese día de Abril de 2010 “El Gobierno declara la guerra al Mal del
siglo”, así es como lo habían bautizado “El Mal del Siglo”.
Lejos quedaban los tiempos felices en los que no tenias que esconderte y
el Mal era usado habitualmente por gran parte de la población y apenas
existía el tráfico ilegal. Hoy los precios en el mercado negro eran
desorbitados y mucha gente vivía terribles experiencias por haber caído
en el sórdido y perverso mundo del Mal.
La persecución era implacable y la presión social demoledora. Miles de
familias saltaban por los aires, aquellas donde uno de los cónyuges o
algún hijo era atrapado por esa intransigente vorágine represora.
Siguió leyendo la noticia “El gobierno dedica una partida especial
para la formación de brigadas especiales para la lucha contra el
Mal”. El cerco se estrechaba cada vez más.
A partir de ahora debería ser muy cuidadoso y extremar las
precauciones, no podría confiar en nadie, ni tan siquiera en Aurora. Solo hacía quince
días que la conocía y no sabía si podía fiarse de ella. Todavía no la había
besado ni pensaba hacerlo hasta estar seguro de que no le delataría.
Muchos de sus compañeros en la Hermandad le habían confesado su
angustia y desesperación. Eran los casos más graves, aquellos que sucumbían a la
presión pero no tenían el valor o la voluntad de salir de ese
mundo proscrito del Mal. Otros como él, sin embargo, se enfrentaban
valientemente al acoso, convencidos de su “libertad individual” para decidir su
destino. La Hermandad sostenía que El Mal usado en privado no es dañino para la
sociedad.
Acabó de leer la noticia y con una sensación de hastío apago su
ordenador y se dirigió a la cocina, apartó una baldosa superpuesta de detrás de
la nevera y extrajo el último paquete del Mal que le quedaba. Tomó uno de
los cigarrillos del paquete y lo encendió con gran placer mientras se
preguntaba
si realmente era un delincuente.