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A
esta iglesia vienen cada día más personas. Los de aquí, a misa, y los de
fuera, aunque el párroco rabie, a ver nuestro retablo durante la Liturgia y a
descansar. Unos y otros pasan a mi lado y no me ven. Hablan al entrar y al
salir. De lo que ha dicho el cura o del retablo, de la vecina de banco o de oye,
tú, mira quién está ahí. Salen y entran, se saludan y se sonríen. Los hay
que según lo que el cura vaya diciendo se revuelven incómodos sobre sus
traseros, algunos carraspean sin cesar, otros, los más, se abandonan, muelles,
y se limitan a esperar pacientemente a que el sermón pase.
Desde
la puerta de entrada yo no me pierdo detalle. Los hay que llegan tarde y
haciendo ruido, los hay discretos que se meten en un rincón para pasar
desapercibidos. Otros llegan envueltos en perfumes caros y traje de marca. Son
los mismos que por la tarde tampoco me ven en la Calle Mayor, delante del Café
de la Ciudad o ante la fachada principal del cine. A veces me los encuentro detrás
de un escaparate, escogiendo una corbata de última moda o los zapatos más
caros, acompañados por una dependienta rubia que sonríe bobaliconamente y les
da siempre la razón con excesivo entusiasmo.
Les
observo: Salvo si salen de la última sesión de cine, caminan estúpidamente,
con la mirada perdida en un punto lejano y gesto de preocupación. Con pasos
lentos, seguramente se dirigen a ninguna parte, sin prisa por llegar, a consumir
sosa, aburridamente, sus últimos minutos de libertad. En ese caso, si salen de
la última sesión del cine, digo, salen con una mirada especial, sus pasos son
más precipitados y parece que fugaz y pasajeramente hay algo de ilusión en sus
vidas. A la mañana siguiente, cuando se dan cuenta de que no son los
protagonistas de ninguna película, las cosas vuelven por donde solían, sus
vidas vuelven a ser cansinas, lisiadas y carentes. Si se cruzan conmigo al salir
cinco minutos del negocio o la oficina para tomar un apresurado café, tampoco
me ven.
A
esas horas siempre tienen aire de importancia. Muy seguros de sí mismos esperan
que tarde o temprano alguien acuda a pedirles un favor, que alguien les solicite
una firma o un sello imprescindibles, que alguien les deje unas pesetas a deber.
Entonces ellos tendrán el privilegio de ceder y perdonarles la vida. Simulan
que hacen un trabajoso esfuerzo, parece que reniegan y hacen que regatean, pero
les encanta y se sienten más fuertes y más jóvenes. Hablan alto y nos
castigan a todos con sus gestos ampulosos. A veces sienten tal satisfacción que
muy dentro de ellos algo les obliga a la generosidad. Es ésa la rara ocasión
en que se acuerdan de mí.
Sin
embargo las cosas no suelen ser así. Al mediodía ya han perdido toda
expectativa y al cerrar sus despachos, sus negocios o sus oficinas, caminan con
la espalda ligeramente encorvada, las manos en el fondo de los bolsillos. Sus
pasos son más blandos y más cortos, sus sonrisas se han helado y suelen
avanzar con el ceño fruncido. A duras penas aciertan a saludar con leve gesto a
otro como ellos, con los mismos problemas que ellos, con la misma escasa
esperanza que ellos. A veces pienso que es por el calor, otras veces creo que es
el frío o la lluvia o la niebla... o que el gris es el color que adorna sus
afanes vitales, pero hay ocasiones en que alguno me inquieta. Hay rostros que
denuncian haber perdido toda ilusión. Si sospecho que para llegar a sus casas
tienen que conducir por la carretera de la montaña me preocupa que puedan
sentir deseos de acelerar al llegar al precipicio.
Cuando
el día va concluyendo parecen haber encogido, será la fuerza acumulada de la
gravedad, no sé, o será que los acontecimientos plomizos que protagonizan sus
vidas hacen que escondan la cabeza entre los hombros. A esas horas los observo
ya desde el parque. Los veo tristes y melancólicos, brevemente ilusionados si
están con la novia, pasajeramente emocionados si van con sus hijos, pero sin
por ello dejar de estar intranquilos por el día que amenaza amanecer.