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Durante
mi infancia y primera juventud tuve una predilección muy clara y muy lógica
por el verano. Aquello de que se acabasen las clases y tuviese todo el tiempo
para holgar y bañarme a la acequia con un fardo de tebeos debajo del brazo era
algo grandioso que centraba mi atención desde semanas antes. Además, eso de
irse de vacaciones no era entonces algo tan común como hoy. Uno no se quedaba
nunca sin amigos, siempre estaban ahí listos para perseguir a las chicas hasta
la hora de retar al fútbol a los del barrio de al lado.
Pero
ahora que los años van pasando y las circunstancias de mi vida han cambiado no
tengo yo tan claro esto del ocio estival. Más concretamente en los últimos
tiempos casi prefiero que no llegue. Y la culpa la tiene Juan.
La
cosa empieza porque Marta, su mujer, se va al pueblo de sus padres en cuanto el
mes de julio empieza a mostrar sus intenciones. Y la entiendo, créanme que la
entiendo, que algún tiempo debe liberarse del currutaco de su marido, la pobre.
Y Juan se queda solo, se aburre y me llama por teléfono horas y horas. Todos
los días. Justo diez minutos antes del final de mi siesta. ¿Saben lo mal que
sienta que le roben a uno diez minutos de la siesta? Por ahí empieza a no
gustarme el verano.
Yo
no tendría ningún inconveniente en que Juan me llamara por teléfono si no
fuese el mismo empollón al que hace treinta años casi salvé la vida. Él
cotilleó al hermano Mateo que le habíamos pillado los exámenes de Literatura
y, claro, los matones de la clase querían meterle la cabeza en el váter por
chivato. No es que yo quisiera salvarle la vida, en absoluto, no, no, no. Como
pelota mayor del hermano Mateo se tenía merecido todo lo que le pasase, por
supuesto, pero es que entonces me gustaba Julia, su hermana, y lo que ya
empezaba a apuntar por debajo de su blusa. Especifico que me gustaba, en pasado,
porque hay personas que maduran con los años y otras que envejecen. Y la
hermana de Juan no ha madurado.
Bueno,
pues Juan, que ya digo que se aburre muchísimo todo el verano, se empeña en
llamarme tarde tras tarde para reírse contando aquella insípida anécdota y
recordarme cómo le salvé. La verdad es que no la cuenta mal y me imita muy
bien, pero ya me dirán ustedes si es como para pasarse todas las siestas, una
tras otra, escuchando al memo de Juan. Como si tuviese yo la culpa de que se le
vaya la mujer, que ya bastante tengo con haberme casado con su hermana.
Yo,
el de entonces, no sabía que si empezabas a rondar a una chica te convertías
automáticamente en cuñado de su hermano y tenías que ir con él en el autobús
y aguantarle la gran paliza mientras te explicaba cómo diantres se las
organizaba el ornitorrinco para ser a la vez ovíparo y vivíparo. Yo, que
prefería la Literatura y la Historia a las Ciencias Naturales, le decía que
tal cosa no era posible, pero él insistía una y otra vez en que era verdad y
levantaba su brazo para agarrarse a la barra del autobús. Y entonces yo me
preguntaba si Julia olería igual de mal.
Aquella
duda comenzó a solucionarse dos días más tarde, cuando en un descanso de
Verano Azul entró en mi casa la madre de Juan, toda emocionada porque después
de tantos años creía haber encontrado un amigo para el asocial de su hijo, y
me invitó a ir a Benidorm. Lógicamente yo di la matraca a mis padres sobre lo
conveniente que para mis exámenes de septiembre resultaba la compañía del
chico más trabajador de la clase.
Como
todo el mundo se puede imaginar, a mí el pelota y los exámenes me importaban
tres narices, sinceramente, pero por lo menos podría estar cerca de Julia.
Aquel verano resolví todas mis dudas sobre el olor de la hermana de Juan y
sobre lo que iba creciendo debajo de su blusa. La primera la resolví llevándola
en bici a un cine de verano y la otra, durante la película.