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Holgar   
Por, Pedro de Hoyos   

pisuerga@hotmail.com     http://www.conpermiso.turincon.com

 

Durante mi infancia y primera juventud tuve una predilección muy clara y muy lógica por el verano. Aquello de que se acabasen las clases y tuviese todo el tiempo para holgar y bañarme a la acequia con un fardo de tebeos debajo del brazo era algo grandioso que centraba mi atención desde semanas antes. Además, eso de irse de vacaciones no era entonces algo tan común como hoy. Uno no se quedaba nunca sin amigos, siempre estaban ahí listos para perseguir a las chicas hasta la hora de retar al fútbol a los del barrio de al lado.

Pero ahora que los años van pasando y las circunstancias de mi vida han cambiado no tengo yo tan claro esto del ocio estival. Más concretamente en los últimos tiempos casi prefiero que no llegue. Y la culpa la tiene Juan.

La cosa empieza porque Marta, su mujer, se va al pueblo de sus padres en cuanto el mes de julio empieza a mostrar sus intenciones. Y la entiendo, créanme que la entiendo, que algún tiempo debe liberarse del currutaco de su marido, la pobre. Y Juan se queda solo, se aburre y me llama por teléfono horas y horas. Todos los días. Justo diez minutos antes del final de mi siesta. ¿Saben lo mal que sienta que le roben a uno diez minutos de la siesta? Por ahí empieza a no gustarme el verano.

Yo no tendría ningún inconveniente en que Juan me llamara por teléfono si no fuese el mismo empollón al que hace treinta años casi salvé la vida. Él cotilleó al hermano Mateo que le habíamos pillado los exámenes de Literatura y, claro, los matones de la clase querían meterle la cabeza en el váter por chivato. No es que yo quisiera salvarle la vida, en absoluto, no, no, no. Como pelota mayor del hermano Mateo se tenía merecido todo lo que le pasase, por supuesto, pero es que entonces me gustaba Julia, su hermana, y lo que ya empezaba a apuntar por debajo de su blusa. Especifico que me gustaba, en pasado, porque hay personas que maduran con los años y otras que envejecen. Y la hermana de Juan no ha madurado. 

Bueno, pues Juan, que ya digo que se aburre muchísimo todo el verano, se empeña en llamarme tarde tras tarde para reírse contando aquella insípida anécdota y recordarme cómo le salvé. La verdad es que no la cuenta mal y me imita muy bien, pero ya me dirán ustedes si es como para pasarse todas las siestas, una tras otra, escuchando al memo de Juan. Como si tuviese yo la culpa de que se le vaya la mujer, que ya bastante tengo con haberme casado con su hermana.

Yo, el de entonces, no sabía que si empezabas a rondar a una chica te convertías automáticamente en cuñado de su hermano y tenías que ir con él en el autobús y aguantarle la gran paliza mientras te explicaba cómo diantres se las organizaba el ornitorrinco para ser a la vez ovíparo y vivíparo. Yo, que prefería la Literatura y la Historia a las Ciencias Naturales, le decía que tal cosa no era posible, pero él insistía una y otra vez en que era verdad y levantaba su brazo para agarrarse a la barra del autobús. Y entonces yo me preguntaba si Julia olería igual de mal.

Aquella duda comenzó a solucionarse dos días más tarde, cuando en un descanso de Verano Azul entró en mi casa la madre de Juan, toda emocionada porque después de tantos años creía haber encontrado un amigo para el asocial de su hijo, y me invitó a ir a Benidorm. Lógicamente yo di la matraca a mis padres sobre lo conveniente que para mis exámenes de septiembre resultaba la compañía del chico más trabajador de la clase.

Como todo el mundo se puede imaginar, a mí el pelota y los exámenes me importaban tres narices, sinceramente, pero por lo menos podría estar cerca de Julia. Aquel verano resolví todas mis dudas sobre el olor de la hermana de Juan y sobre lo que iba creciendo debajo de su blusa. La primera la resolví llevándola en bici a un cine de verano y la otra, durante la película.

Aún hoy estoy lamentando aquella osadía, porque aunque me las arreglé muy bien para liar al pobre tonto con Marta y que dejara de darme la tabarra, de nada me sirve el invento si ella le deja todos los veranos para irse a casa de sus padres.