Un día el avión del alimento no vino. Se miraron entre ellos y se supieron abandonados a su suerte. El de la cabeza rapada decidió organizarse. Marcharían en distintas direcciones para ver si encontraban algo de comer. Uno de ellos decidió quedarse. Curiosamente eran todo hombres. No habían mujeres ni niños. Y eran hombres jóvenes.
El que se quedo tenia comida almacenada, pero no había dicho nada a nadie. En su sótano había encontrado latas y bebidas. Alguien lo guardaría esperando el fin del mundo.
Vio como sus compañeros partían. Pensaba esperarlos y no pensar demasiado en el mañana. Su nombre era Iván. Pero tampoco se lo había dicho a sus compañeros.
Pasaron los días y no ocurría nada, hasta que aparecieron.
Eran ocho mujeres que también se habían quedado sin comida. Iván no supo que hacer, pero las distribuyo en los subterráneos que habían abandonado sus compañeros. Iván pensó que si tomaba compañera sus existencias de comida bajarían antes. Y volvió a no decir nada.
Pasaron los días y una de las mujeres lo descubrió. Y se quedo a vivir con el al ver que había comida. El resto decidió marcharse. Iván y su compañera pensaron en ir con ellas, pero decidieron quedarse por si volvían los hombres. Y pensaban en resistir.
Y se quedaron solos como el nuevo Adán y Eva esperando que el cielo terminara por responder a sus necesidades.
Debían de ser pecadores como los antiguos Adán y Eva, pero no tenían conciencia exacta de cual era su pecado.