logotipo

img_google
Grande gorda   
Por, Briduende   

http://www.iespana.es/elbriduende/     picos_sol@hotmail.com

 

Grande gorda, insigne del siglo, que pasea sus pies en modelo de sus piernas, que, por cierto, los envuelven. Y deja en moverse, pero no puede, pues cae a los lados si quiere. De la cabeza digamos prontamente que hueca era, por celos de la llenura mía. No parpadeaba su pensamiento nunca, y sus ojos daban, cierto, a la cavidad de dentro. Quiero repetir que, siendo de entonces jovencita, por cuánto tiempo de gorda y expandida en el espacio eran sus carnes, tiesas al sentarse, las de su culo, que abollaba sin permiso mis sillas de algodón perfumado.

 

Podemos construir, edificar quiero decir, un modelo simiesco del porvenir de los sin cerebro, y tal era el modelo, quiero decir, la dama sentada allí, que miraba espantada a los papeles de arriba, de abajo le salía como un bulto extremado, una especie de archipobreza en el comer, que tanto cae en su bajeza que no podemos, siquiera, ver si tiene tal señora pies o adumentos para poder avanzar por la calle.

 

Pero no precipitemos hasta el final una descripción casual de este personaje adúltero, señores, en el comer. Como previo paso, preludio a lo venido, meditemos en silencio si tiene sentido el hacernos una calcomanía presente de ese pasado monumental que era tal gorda. Bueno, pues, meditemos... Rancio ruído hacía mi puerta al hacerla comenzar su entrada al rostro de mi casa, y espetaba en paredes su egocentrismo. Un rayo era veloz...y ella lenta al caminar, arrastraba y movía el cuerpo, y como que se torcía y, de cierto, tenía por encima no sé qué bolsos y no sé qué libros. Y se sentaba, de tal acción quedó dicho, lo estruendoso del movimiento de sus poses en un simple mueble, tal cual es silla. Y comienza a hablar, que es otro espectáculo dantesco que podrán ustedes ver en toda la experiencia vital.

 

No entraba, quiero comenzar así, comencemos, pues aplicaba sus esfuerzos risibles, provenían y hacían un dolor arduo en el proceso de pasar adentro, de mi lado libre. Estaba sujeta así a tan peligroso trance de pasar a un lado y otro de la puerta, cerrada tras de sí, algo nuevo e inaudito, no natural tal ingenio y novedad a su cabeza enquilosada en normas y programas, y cursos, y procesos, y sehacenasís... Y, por supuesto, habiendo consumado el hacer el paso, dice abirrogonada, hinchándose de estilo, brazos agitados y moviendo el aire y aplaudiendo, sonrisa débil, a sí misma sus comentarios, ¡qué esfuerzo descomunal en tal hacer, también, en este hacer mucho más que en el de entrar!. Y cuando a punto se tercia el hacer tal suceso una risa extrema, al momento se inclina a un lado, cierra sus ojos despacio, parpadeando y simulando un pedanteo arrogante, y dice su boca no muy sonante: “Que sois ciegos, no queréis ver, que debéis mover esta puerta, hasta de mi tamaño ser, pues todos a mi servicio han de estar”. Y dudaron todos, si lo oido era una especie de imperativo tomado al tenderete, o si tal comentario más motivo de risa descollada era, que se me salen las lágrimas del reir al escuchar aquellas palabras.

 

Calló después enrojecida, pues temía, claro pues su ingenio escaso era, que respuesta fuera advertida a sus oídos, que cerraba constantemente si no escuchaba un jolgorio adulador a su persona. ¡Qué timida por tal falta!, y se encogió. Acompañola toda una sinfonía, con sus formas y armonías, de pedos y sonidos parecidos, que eran los únicos dignos de tomar en serio, que salieran de su cuerpo. Sí contaminaban el ambiente tales sonidos, y nunca, riámonos ahora, los que por otros orificios hicieran aparición, jajaja...