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Grande
gorda, insigne del siglo, que pasea sus pies en modelo de sus piernas, que, por
cierto, los envuelven. Y deja en moverse, pero no puede, pues cae a los lados si
quiere. De la cabeza digamos prontamente que hueca era, por celos de la llenura
mía. No parpadeaba su pensamiento nunca, y sus ojos daban, cierto, a la cavidad
de dentro. Quiero repetir que, siendo de entonces jovencita, por cuánto tiempo
de gorda y expandida en el espacio eran sus carnes, tiesas al sentarse, las de
su culo, que abollaba sin permiso mis sillas de algodón perfumado.
Podemos
construir, edificar quiero decir, un modelo simiesco del porvenir de los sin
cerebro, y tal era el modelo, quiero decir, la dama sentada allí, que miraba
espantada a los papeles de arriba, de abajo le salía como un bulto extremado,
una especie de archipobreza en el comer, que tanto cae en su bajeza que no
podemos, siquiera, ver si tiene tal señora pies o adumentos para poder avanzar
por la calle.
Pero
no precipitemos hasta el final una descripción casual de este personaje adúltero,
señores, en el comer. Como previo paso, preludio a lo venido, meditemos en
silencio si tiene sentido el hacernos una calcomanía presente de ese pasado
monumental que era tal gorda. Bueno, pues, meditemos... Rancio ruído hacía mi
puerta al hacerla comenzar su entrada al rostro de mi casa, y espetaba en
paredes su egocentrismo. Un rayo era veloz...y ella lenta al caminar, arrastraba
y movía el cuerpo, y como que se torcía y, de cierto, tenía por encima no sé
qué bolsos y no sé qué libros. Y se sentaba, de tal acción quedó dicho, lo
estruendoso del movimiento de sus poses en un simple mueble, tal cual es silla.
Y comienza a hablar, que es otro espectáculo dantesco que podrán ustedes ver
en toda la experiencia vital.
No
entraba, quiero comenzar así, comencemos, pues aplicaba sus esfuerzos risibles,
provenían y hacían un dolor arduo en el proceso de pasar adentro, de mi lado
libre. Estaba sujeta así a tan peligroso trance de pasar a un lado y otro de la
puerta, cerrada tras de sí, algo nuevo e inaudito, no natural tal ingenio y
novedad a su cabeza enquilosada en normas y programas, y cursos, y procesos, y
sehacenasís... Y, por supuesto, habiendo consumado el hacer el paso, dice
abirrogonada, hinchándose de estilo, brazos agitados y moviendo el aire y
aplaudiendo, sonrisa débil, a sí misma sus comentarios, ¡qué esfuerzo
descomunal en tal hacer, también, en este hacer mucho más que en el de
entrar!. Y cuando a punto se tercia el hacer tal suceso una risa extrema, al
momento se inclina a un lado, cierra sus ojos despacio, parpadeando y simulando
un pedanteo arrogante, y dice su boca no muy sonante: “Que sois ciegos, no
queréis ver, que debéis mover esta puerta, hasta de mi tamaño ser, pues todos
a mi servicio han de estar”. Y dudaron todos, si lo oido era una especie de
imperativo tomado al tenderete, o si tal comentario más motivo de risa
descollada era, que se me salen las lágrimas del reir al escuchar aquellas
palabras.